La Tumba De Cristal

La Avalancha

El automóvil avanzó apenas unos metros antes de que un estruendo ensordecedor sacudiera la montaña.

La tormenta, hasta entonces implacable, mostró toda su crueldad.

Una gigantesca avalancha descendió con una violencia indescriptible. En cuestión de segundos, el mundo entero se volvió blanco. Y el automóvil desapareció bajo toneladas de nieve.

Después del estruendo y de sentir que el cielo entero había caído sobre el automóvil aplastándolo, todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad.

Ciena comenzó a gritar con todas sus fuerzas.

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Su voz se perdía entre toneladas de nieve. Kevin le pidió que se calmara.

—No servirá de nada... No dejes que el miedo te haga perder la razón.

Al parecer, ellos dos eran los únicos que permanecían conscientes. Los demás habían quedado inconscientes tras el brutal impacto. El automóvil estaba completamente destrozado y la nieve seguía avanzando lentamente, reclamando cada vez más espacio en el interior del vehículo, como si intentara devorarlo.

Después de un largo rato, Pedro, Daniel y Carlos comenzaron a despertar poco a poco.

Estaban vivos.

Al menos por el momento.

Pero fue entonces cuando empezó el verdadero horror.

Las horas se transformaron en un suplicio interminable. Habían pasado demasiado tiempo atrapados. Lo habían intentado todo, pero cualquier esfuerzo por salir resultaba inútil. Lo peor era que los primeros síntomas de la hipotermia comenzaban a apoderarse de ellos.

El aire se volvió pesado. El frío atravesaba la ropa y penetraba hasta los huesos.

Primero llegó el silencio.

Después, los murmullos.

Finalmente, los gritos.

La desesperación empezó a corromperlos. La locura avanzaba con rapidez, alimentada por el frío insoportable. No tenían calefacción y permanecían enterrados bajo toneladas de nieve.

—¡Vamos a morir aquí! —gritó Pedro, golpeando desesperadamente el techo del automóvil con los puños.

Daniel intentó calmar a todos, pero la locura colectiva ya había echado raíces.

Entonces, en un impulso desesperado provocado por la adrenalina, el terror y los gritos agonizantes de Pedro, Daniel perdió por completo el control. El frío ya comenzaba a alterar su mente. Con un grito desgarrador, se lanzó contra la ventana trasera. El cristal estalló en mil pedazos. De inmediato, la nieve comenzó a invadir el interior del automóvil con una fuerza aplastante.

Sin importarle nada, Daniel empezó a arrastrarse y a cavar frenéticamente entre la nieve, convencido de que estaba cada vez más cerca de la salida. Ciena lo siguió. También comenzó a cavar con todas sus fuerzas mientras el hielo mordía sus manos y el frío se volvía cada vez más insoportable.

Pero entre la oscuridad y aquella inmensa masa de nieve, el túnel que intentaban abrir parecía imposible de completar. Ciena temblaba sin control. Comenzó a delirar.

—Ya casi salimos... ¡Puedo ver la salida!...

Pero no era cierto. La realidad era exactamente la contraria. Cada movimiento solo los hundía más entre la nieve.

Entonces ocurrió. Ciena dejó de moverse. Su cuerpo comenzó a encogerse lentamente. Sus párpados empezaron a cerrarse. Mientras tanto, Daniel seguía cavando sin descanso, convencido de que avanzaba hacia la libertad, cuando en realidad solo conseguía envolverse cada vez más entre la nieve.

Kevin permanecía consciente, aunque estaba al borde del colapso. No podía soportar aquella escena. Se hizo un ovillo sobre el asiento mientras Carlos intentaba encender el automóvil una y otra vez, inútilmente.

Pero, mientras observaba cómo Ciena parecía morir frente a sus ojos, cómo Daniel se perdía en la locura y Carlos luchaba contra un vehículo completamente inútil, un recuerdo atravesó su mente.

La dinamita.

Recordó que llevaba una vieja mecha de dinamita que había conservado durante años con la intención de vendérsela al dueño de la mina. No sabía si aún funcionaba. Pero aquella idea bastó para devolverle un último impulso de vida.

Con la poca fuerza que le quedaba y una descarga de adrenalina desesperada, comenzó a buscar entre sus pertenencias, removiendo la nieve que cubría el interior del automóvil. Se abrió paso entre los asientos. Intentó sacar a Carlos de su estado de confusión. Pasó junto al cuerpo casi inmóvil de Ciena, cuyo rostro estaba cada vez más pálido. Vio a Daniel desplomarse finalmente, perdiendo el conocimiento.

Entonces encontró su maleta. Comenzó a escarbar frenéticamente. Hasta que la vio.

La dinamita.

Kevin estuvo a punto de llorar de alivio.

Después buscó dentro de su abrigo. Encontró un paquete de cigarrillos. Y, junto a ellos... algunos fósforos.

Sujetando la dinamita con manos temblorosas, se acercó lentamente a la parte delantera del automóvil. Junto al asiento donde permanecía Ciena, descendió apenas unos centímetros la ventana. Introdujo la dinamita lo más profundo que pudo dentro de la nieve, dejando únicamente la mecha en el interior.

Antes de encenderla, levantó la mirada. Observó a cada uno de sus compañeros. Todos estaban a solo unos segundos de morir congelados.

Con el último aliento que aún conservaba, encendió la mecha.

La explosión fue inmediata. Un estruendo brutal sacudió la montaña. Toneladas de nieve salieron despedidas y el automóvil fue arrastrado violentamente por una nueva avalancha provocada por la detonación. El vehículo descendió montaña abajo dando violentos golpes.

Aunque volvió a quedar sepultado, esta vez la nieve ya no era tan profunda. Habían sido expulsados de aquella inmensa tumba helada. Por primera vez... podían sentir el aire del exterior.



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En el texto hay: horror, terror, intriga muertes

Editado: 29.07.2026

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