La Tumba De Cristal

Lo que el Frio Saca

Kevin, completamente golpeado por los violentos movimientos del descenso, comenzó a recuperar la conciencia. Con voz débil intentó despertar a los demás.

—¡Lo logramos!... ¡Salimos!... ¡Despierten!

Nadie respondió. El pánico comenzó a invadirlo. Entonces escuchó una voz.

—¿Dónde... estamos?...

Era Ciena. Kevin respiró con alivio.

Impulsada por la adrenalina, Ciena abrió los ojos y se incorporó de golpe. Sintió el aire helado golpeando su rostro. Levantó la vista. Por primera vez volvió a ver la noche. Volvió a ver el cielo. Una mezcla de alivio y emoción la invadió. Sin pensarlo, abrazó con fuerza a Kevin.

Desde su asiento, Carlos observó la escena. Pero la hipotermia ya había distorsionado por completo su percepción. En su delirio, Ciena ya no era Ciena, sino su propia esposa. Otra cruel alucinación nacida del frío.

Kevin recuperó la razón por un instante. Sabía que, si permanecían allí un minuto más, terminarían perdiendo la cordura. Comenzó a retirar la poca nieve que bloqueaba la salida y consiguió escapar por la ventana trasera que Daniel había roto. Ciena lo vio salir. Sin dudarlo, fue tras él.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó con la voz quebrada por el frío.

—¡A buscar ayuda! —respondió Kevin.

Pero Ciena ya no era la misma. Había algo distinto en su mirada. Algo extraño. Algo perdido. La hipotermia había comenzado a borrar los límites entre el instinto y la razón. En un arrebato que ella misma no supo explicar, se lanzó sobre Kevin. Él quedó inmóvil. Al verla tan cerca, contempló su rostro frágil, cubierto por pequeños cristales de nieve. En medio de aquella oscuridad, le pareció extrañamente hermosa. Entonces, sin pronunciar una sola palabra, Ciena lo besó. No era un beso nacido del amor. Era el último intento desesperado de un ser humano por aferrarse al calor antes de ser devorado por el invierno. Más que un acto sincero, aquello fue la primera señal de que la locura había comenzado a caer sobre todos ellos.

Kevin y Ciena salieron en busca de ayuda, pero se encontraron rodeados por una inmensa y helada noche. A su alrededor solo existía nieve, viento y oscuridad. No tenían la menor idea de dónde estaban. Cada paso parecía alejarlos más de la esperanza y acercarlos a una muerte segura.

Ciena apenas podía mantenerse en pie. En un mal paso estuvo a punto de caer por una pendiente, pero Kevin logró sujetarla antes de que desapareciera entre la nieve. El impacto del susto fue demasiado para ella y terminó desmayándose.

Sin otra alternativa, Kevin la cargó sobre sus hombros con las pocas fuerzas que aún conservaba y decidió regresar al automóvil.

Cuando volvió, Carlos los vio. Sus ojos ardían de celos. La hipotermia había distorsionado por completo su mente. En su delirio, Ciena ya no era Ciena, sino su propia esposa. Antes de que Kevin pudiera decir una sola palabra, Carlos sacó el revólver que ocultaba debajo del asiento.

—¡Nadie la toca! —rugió, apuntándole directamente.

—¿Qué... qué le pasa?... ¿Por qué me apunta?... No entiendo... —Kevin, completamente desconcertado, apenas podía hablar.

Pero el instinto de supervivencia le gritó que Carlos estaba a punto de disparar. El frío había destruido cualquier rastro de razón. Kevin se lanzó sobre él. La pelea fue brutal. Ambos forcejearon mientras intentaban controlar el arma.

De repente... un disparo rompió el silencio.

Carlos cayó al suelo.

En ese instante, Pedro despertó sobresaltado. Lo primero que vio fue a Ciena inconsciente sobre la nieve, a Kevin inclinado sobre Carlos y un oscuro charco de sangre roja y espesa que comenzaba a teñir el blanco del paisaje.

La muerte ya viajaba con ellos



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En el texto hay: horror, terror, intriga muertes

Editado: 29.07.2026

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