La Tumba De Cristal

Las Mascaras Caen

El silencio que siguió fue mucho peor que el disparo.

Solo quedaban cuatro.

Daniel y Pedro habían permanecido inconscientes durante el enfrentamiento y no habían visto lo ocurrido. Kevin, con la lengua entumecida por el frío, intentó explicar lo sucedido mientras ambos lo observaban con desconfianza creciente.

Entonces ocurrió algo más. El suelo comenzó a vibrar. El automóvil tembló. La nieve volvía a ceder.

—¡Salgan del carro! —gritó Kevin—. ¡Si nos quedamos aquí, nos enterrará para siempre!

Con el esfuerzo de los tres, levantaron a Ciena y escaparon por la ventana trasera rota. Apenas se alejaron unos metros, observaron cómo una enorme masa de nieve envolvía el vehículo y lo arrastraba montaña abajo hasta hacerlo desaparecer por completo.

Los cuatro permanecieron inmóviles. Ahora estaban completamente expuestos al frío y al viento de aquella interminable noche.

Kevin volvió a contar lo sucedido. Cuando Ciena recuperó el conocimiento, Daniel y Pedro le preguntaron si aquello era cierto. Ella, aún confundida, confirmó la versión de Kevin.

Pedro rompió el silencio.

—Sea como sea, Carlos ya quedó enterrado junto con su carro. Tenemos que seguir caminando y encontrar ayuda antes de congelarnos.

Aquellas palabras hicieron que Kevin sintiera un escalofrío aún mayor que el provocado por el invierno. Recordó que, cuando había salido del vehículo junto a Ciena, solo unos minutos de exposición casi les habían costado la vida. No sabía cuánto tiempo más podrían resistir.

Caminaron durante horas. La nieve les cortaba el rostro como diminutas cuchillas.

Pero el verdadero peligro caminaba junto a ellos.

Mientras Kevin ayudaba a Ciena a avanzar, Daniel y Pedro se apartaron unos metros para hablar en voz baja.

—No me creo la historia de Kevin —susurró Daniel—. Todo fue demasiado extraño. Estoy seguro de que manipuló a Ciena.

Pedro lo miró fijamente.

—¿Entonces qué hacemos?

Daniel abrió discretamente la mano y dejó ver una navaja que llevaba escondida.

—Está perdiendo la cabeza... y además tiene un arma. Debemos tomar el control antes de que sea demasiado tarde.

Pedro asintió en silencio.

La noche siguió envolviéndolos.

Y, aprovechando la oscuridad... alguien apuñaló a Kevin por la espalda.

Ciena gritó e intentó correr hacia él, pero Daniel y Pedro la sujetaron con fuerza.

—¡Escúchanos! —gritó Daniel—. Kevin estaba fuera de sí. Si no actuábamos primero, él terminaría matándonos.

—¡Están equivocados! —respondió Ciena entre lágrimas—. ¡Fue Kevin quien nos sacó de debajo de la nieve! ¡Fue él quien nos salvó!

Ninguno de ellos comprendía ya la realidad. La hipotermia, el miedo y la oscuridad habían destruido cualquier capacidad de juicio. Las tragedias que aún estaban por ocurrir serían imposibles de detener.

Mientras Daniel y Pedro intentaban inmovilizar a Ciena, Kevin continuaba con vida. Desde el suelo dejó escapar un quejido.

Daniel lo tomó del cabello.

—¿Sigues vivo, asesino?

Kevin escupió sangre.

—No... no fue así...

Entonces algo se rompió dentro de Daniel. Comenzó a reír. Una risa descontrolada, sin alegría, completamente ajena a cualquier emoción humana. Pedro terminó imitándolo. Ambos reían de una manera antinatural, casi animal, mientras saltaban sobre la nieve. La montaña los había vaciado por dentro y lo que quedaba ya no reconocía ningún límite.

Ciena rompió en llanto. No entendía si estaba presenciando una pesadilla o el final de toda cordura.

Con el poco aliento que le quedaba, Kevin levantó la vista hacia ella.

—No tengas miedo... Yo... te protegeré...

Sus miradas se encontraron. Por un breve instante, en medio de aquella noche dominada por la locura, el miedo y la muerte, parecía existir algo auténtico entre ambos.

Pedro advirtió ese momento. Su expresión se endureció.



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En el texto hay: horror, terror, intriga muertes

Editado: 29.07.2026

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