La Tumba De Cristal

Las Agujas del Reloj

Ciena, con el rostro cubierto por lágrimas congeladas, contempló la escena.

Durante un instante permaneció inmóvil.

Luego vio el revólver semienterrado en la nieve.

Lo tomó con manos temblorosas.

Daniel giró lentamente al escuchar el crujido de la nieve bajo sus pies.

Demasiado tarde, ciena estaba junto a él y ya le apuntaba con el arma.

Un estruendo rompió el silencio de la montaña.

Daniel cayó pesadamente junto al cuerpo de Kevin.

Entonces... solo quedó Ciena.

Caminó con dificultad hasta Kevin y cayó de rodillas junto a él. Lloró durante un largo tiempo. No sabía si lo que sentía era amor, gratitud o simplemente el último fragmento de humanidad que aún sobrevivía dentro de ella. Tal vez el frío, la muerte y aquella interminable noche habían confundido para siempre sus emociones.

El viento volvió a soplar. Esta vez parecía reír. Reírse de los vivos. Reírse de los muertos. Reírse de aquella montaña que había reclamado cada una de las almas que se atrevieron a desafiarla.

Ciena permaneció inmóvil entre los cuerpos. Los recuerdos comenzaron a golpear su mente uno tras otro: la avalancha, los gritos, la desesperación, la mirada de Kevin desde el suelo, sus deudas, la traición, y todo el horror que había presenciado durante aquella noche interminable. Cada recuerdo era más insoportable que el anterior.

El amanecer empezó a dibujarse lentamente en el horizonte. Los primeros rayos del sol iluminaron la nieve. Y entonces la montaña reveló toda la tragedia.

La sangre congelada.

Las huellas perdidas.

Los cuerpos inmóviles.

Y un silencio tan absoluto que parecía imposible que el mundo siguiera existiendo.

No había señales de rescate. No había voces. No había vida. Solo la inmensa blancura observándolo todo, como si la nieve hubiera sido el único testigo de aquella pesadilla.

Ciena, al contemplar aquella escena en la inmensidad, dejó escapar una risa. Primero fue apenas un murmullo. Después otra. Y otra más. Hasta convertirse en una carcajada quebrada, vacía, completamente ajena a cualquier emoción humana. Reía mientras las lágrimas seguían descendiendo por su rostro. Porque ya no quedaba nada más. Porque había sobrevivido a todo aquello y no sabía si eso era una bendición o la peor condena posible.

El revólver seguía en su mano, mientras reía se lo acercaba a su cara lentamente con la precisión que tienen las agujas de un reloj.

Entonces el eco de un disparo se escuchó, perdió en la inmensidad de la nieve.

Allí yacían todos. Como una escena del más profundo terror que causa la verdadera naturaleza humana.

La montaña permaneció inmóvil. Como si aquel terror no hubiera sido más que una coma en la inmensidad del universo.



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En el texto hay: horror, terror, intriga muertes

Editado: 29.07.2026

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