Julio 11, 1994. Asturias, Valle del Nalón, a veinte kilómetros del puerto de Tarna. Socavones de las ruinas del Castillo de la Torre.
La luz menguó hasta morir en un lamento efímero, dejando tras de sí un único parpadeo lánguido que se resistía inútilmente a su final. Mis dedos se crisparon en agonía ante el húmedo tacto de la roca, mientras un cálido efluvio recorría mis brazos con su aroma herrumbroso. El vientre subterráneo que me contenía crujió y estrechó su abrazo mortal, presionando cada parte de mi ser en un pulso asfixiante. El rumor de la roca al cerrarse a mi alrededor era el claro presagio de que pronto exhalaría mi último aliento.
Atrás había quedado la seguridad de los pasillos de tierra y las paredes de piedra, apuntaladas con columnas y vigas de acero. Finalmente, habíamos atravesado el sedimento y descubierto los pasillos internos del castillo, la evidencia definitiva de que estábamos en el lugar correcto.
Fue entonces que, como un susurro proveniente de las entrañas de la tierra, su llamado me alcanzó. No puedo decir que era una voz, pero sí, el deseo irrefrenable de alcanzar el origen de esa llamada.
—Coff... coff —tosí, con el torso cada vez más comprimido.
Cada vez me resultaba más difícil respirar. Pero ¿a quién iba a culpar sino a mí mismo? Internarme a escondidas en el pasillo recién descubierto había sido mi decisión. Ya no tenía miedo, había aceptado las consecuencias de mi imprudencia como algo natural. Sin embargo, un único remordimiento me asediaba: mi hijo quedaría solo.
Un nuevo crujido retumbó en mis oídos y una punzada de dolor desde mis piernas me arrancó el aliento, dejando tras de sí únicamente frío y entumecimiento. Era mi fin; lo sabía, y el frío abrazo de la muerte se cernía sobre mí con más firmeza con cada segundo. No obstante, fue esa misma sensación de abandono la que me llevó de vuelta al momento exacto en que mi hijo volvió a mí.
Cerré los ojos y, de pronto, la calidez de unas brasas largamente extintas me envolvió. Lentamente, el chasquido de las piedras al quebrarse fue reemplazado por el crepitar de la leña, mientras el hedor a tierra y sangre que me envolvía se fundió hasta perderse en el discreto y ligeramente acre olor a vainilla del roble. Fui arrastrado a un agradable ensueño y me sumergí en aquella noche de años atrás... Un día como cualquier otro para otras familias, pero que a nosotros nos cambió la vida.
***
Su rostro estaba frente a mí y me observaba intensamente en un reclamo silente ante la espera que lo había obligado a soportar. Sonreí y desordené su cabello. Olía su sudor, pero no importaba; era, en todo caso, reconfortante, al igual que el calor de sus manos bajo las cobijas. A fin de cuentas, por fin, después de tanto tiempo, estábamos juntos como familia otra vez.
—Hijo —dije, apartando la cobija.
—¿Sí, papá? —respondió él, alzando la mirada para ver mi rostro.
«Papá...». Cuánto extrañaba la calidez de esa sola palabra.
—Hay algo que debes saber antes de presentarte mañana... —le dije, mientras me acercaba al lado de la chimenea, tomaba un leño y lo lanzaba al fuego.
Mi aliento se condensó tras pronunciar la última palabra; el frío típico de las montañas de Asturias en invierno se filtraba desde alguna rendija de la cabaña. No era tan intenso ni nevaba tanto como durante la distante era de la «Pequeña Edad de Hielo» que asoló la región hace seiscientos años, pero bien que estimulaba la imaginación. Además, era la excusa perfecta para acurrucarse en un sillón en familia junto al fuego.
—¿Saber? ¿Qué cosa? —preguntó acomodándose para quedar con la espalda recta en el sofá, pero con cuidado de solo mantener la cabeza fuera de la cobija.
Aticé las brasas para que el leño se asentara y estas crepitaron. Volví la mirada a mi hijo y vacilé un instante al verlo sentado solo. Sí, era la excusa perfecta para acurrucarse en familia, aunque nuestra familia ahora consistía solo en nosotros dos. Habían pasado casi diez años desde que el destino nos arrebató a su madre e, incluso ahora, su ausencia pesaba.
—Te he traído porque ya tienes quince años y me has dicho que tienes interés en la excavación arqueológica que dirijo, pero antes de llegar, quiero saber si entiendes lo que hacemos realmente. ¿Sabes qué es la historia? —solté el atizador y me moví dos zancadas, dejando el fuego a mi espalda.
Mi hijo me miró con seriedad. Sus ojos brillaban con el ímpetu y el desafío de su juventud. Podía ver la suspicacia en su rostro, mientras una diminuta sonrisa se filtraba entre sus labios apretados. Entonces, como si hubiese llegado a la conclusión de que la respuesta era obvia, se rascó el mentón y respondió:
—Es lo que sucedió en el pasado, ¿no? —ladeó la cabeza, insatisfecho por su propia respuesta y agregó—: Lo que sabemos que pasó. —Ladeó su cabeza para el lado opuesto, se deleitó con su voz y, finalmente, dejó salir, satisfecho, la sonrisa que guardaba contenida.
Con su respuesta, me relamí los labios y tras un breve suspiro respondí:
—¿Es así? Y eso... ¿dónde lo encuentras?
—¿En los libros? —contestó rápidamente alzando los hombros, como si no hubiera nada que pensar.
Sacudí la cabeza, me acomodé a su lado y coloqué mis pies fríos sobre el sofá. En respuesta, él se recogió para hacerme espacio y pateó parte de la manta en mi dirección. Volver a estar así con él era como un sueño. Tres años infernales de distanciamiento, llenos de culpa y resentimiento, habían sido lo único que había conocido luego de que él descubrió que le había ocultado la verdad acerca de la desaparición de su madre.
Editado: 31.07.2026