Septiembre 30, 2010. Socavones de las ruinas del Castillo de la Torre.
Un jadeo resonó en la penumbra, solo para ahogarse en el crujido sordo de las piedras al ceder. Una larga y delgada sombra se alejó de la constricción de la tierra y el chirrido del roce del hierro contra la roca estremeció a su portador. Pero más allá del siseo del sedimento al caer, fue el impacto final de la barra negra contra el suelo lo que provocó la respuesta de las profundidades: un eco agudo e infinito que helaba la sangre. Más de seiscientos años habían pasado y la quietud que había reinado en aquel lugar, al fin, se había quebrado.
Concentrado en los crujidos y el sonido arenoso del sedimento al desprenderse, el hombre apoyó la barra contra la pared y acomodó la linterna que tenía montada en el casco, alumbrando el origen del ruido para contemplar su obra. Así fue como, lenta pero inevitablemente, se reveló ante sus ojos una antigua pared de piedra, largamente enterrada por un alud ancestral: el muro de uno de los corredores interiores del castillo de la Torre.
Pero eso no fue todo lo que encontró. Esta vez fueron sus piernas las que lo traicionaron y lo llevaron sin pensar hacia la pared, donde posó su mano, a pesar de la cortina de polvo que aún no terminaba de caer.
—Señor Alberto —llamó la voz grave y seria de una sombra que lo acompañaba pocos pasos más atrás.
Alberto ignoró el llamado y frotó, extasiado, la pared recién descubierta. No, era más preciso decir que no lo escuchó. Solo un instante después, cautivado por la sensación, se abrió paso entre el polvo remanente hasta llegar a la jamba de piedra que enmarcaba una antigua puerta de roble. Exhaló el aire contenido lentamente, casi en un rezo. No se detuvo ahí; con cadencia litúrgica, rebasó la columna de piedra y palpó la madera. Cerró los ojos y se concentró en la textura: era sólida, sorprendentemente sólida para su edad, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor. Siguiendo el sentido de la madera, se dejó guiar por las fibras y ascendió hasta superar el marco de hierro que la reforzaba; finalmente, descansó en el dintel. Con ese último tacto se detuvo y abrió los ojos en sobresalto cuando sus dedos juguetearon entre extrañas muescas que parecían seguir un patrón que él conocía muy bien.
Una luz se proyectó desde detrás de él y alumbró el lugar exacto que había llamado su atención, confirmando lo que ya había sospechado.
«Son letras», se dijo mientras pasaba los dedos por los grabados, tratando de limpiar el sedimento para hacerlos legibles. Contuvo la respiración y, con el movimiento de sus dedos, los símbolos se fueron revelando uno a uno hasta que la escritura tomó forma.
—¿Qué dice? —preguntó, desde la izquierda de Alberto, un hombre fornido de mediana edad y mirada fuerte, hasta entonces oculto en las sombras, ahora visible por el reflejo de la luz en la pared.
—Ecce refugium scientiae amissae, clavis qua desideria in materiam vertuntur —dijo Alberto para sí, en una aparente respuesta que, en realidad, no lo era.
Apenas las palabras terminaron de abandonar sus labios, estos se tensaron hacia arriba y su mano se congeló en el aire.
«He aquí el refugio del conocimiento perdido, la llave de la transformación de los deseos en materia», repasó el significado en su mente, y saboreó el momento.
—Por fin —susurró, y sus hombros colapsaron.
El sueño de su padre y la obsesión que lo había consumido desde su desaparición dieciséis años atrás, en ese mismo lugar, estaban ahora a un umbral de distancia. Si su interpretación era correcta, aquel pasaje debía conducir al corazón de los cimientos de la torre original: el primer refugio de la familia.
Alberto, con el cuerpo flácido por el agotamiento, pero con energía renovada, se giró y se encontró con la mirada de Efraín.
—¿Latín? —preguntó el asistente, con sus ojos pardos afilados, brillando con la cálida iluminación de los reflectores halógenos apostados más atrás, a ambos lados del túnel, y con la luz blanca de la linterna de su jefe, que ahora lo miraba de frente.
—Así es —respondió el arqueólogo, limpiando el sudor acumulado en su frente mientras se acomodaba el casco. Al pasar la mano por su piel, se percató de la capa de mugre y de su probable aspecto.
—¿Y bien? —insistió Efraín, expectante, con la mirada fija en la puerta detrás de Alberto, pero, sobre todo, en los grabados del dintel.
Alberto asintió y abrió la boca para responder con el significado exacto del grabado, pero se contuvo. Su vista se paseó por los rostros nerviosos de algunos trabajadores cercanos que habían detenido sus labores de remoción, atentos a lo que tenía que decir. Pero no era emoción o alegría por lo descubierto, lo que veía en ellos, sino ansiedad y miedo los que dominaban sus expresiones corporales. Por ello, tras un breve suspiro, reformuló su respuesta y dijo:
—Es aquí; este es el lugar que estábamos buscando.
La mirada de Efraín siguió la de Alberto y, comprendiendo su cambio de expresión, asintió.
—Ya veo —respondió, como si esa misma respuesta englobara dos significados a la vez.
La principal dificultad para la excavación del castillo de la Torre, más allá de la falta de fondos y la incertidumbre de los resultados, era encontrar mano de obra debido a la maldición arraigada en el folclore local: la maldición de la Tumba de Torrelucía, una superstición a la que le atribuían la desaparición de su padre e incontables personas más.
Editado: 31.07.2026