La Tumba de Torrelucía: Exhumatio

CAPÍTULO 2: LA JOVEN DE OJOS COMO EL CIELO

La mano se precipitó contra la mesa, y el sonido sordo y apagado del golpe lo envolvió.

—¡Desgraciados! —murmuró Alberto entre dientes, mientras el persistente murmullo y los golpeteos en las ventanas lo irritaban.

El ardor en su palma era extrañamente reconfortante. No así el contenido de lo que se encontraba entre ella y la mesa. Cerró la mano y el papel crujió, aplastado por el agarre furioso que lo levantaba una vez más.

«Negligencia en excavación arqueológica y múltiples víctimas hospitalizadas. ¿No hubo muertes de milagro o tratan de ocultar algo?», leyó en el titular.

El teléfono de la oficina volvió a sonar. No había parado desde hacía dos días y no parecía que fuera a hacerlo pronto.

—Hienas insaciables —resopló justo antes de que el sonido cesara.

—Buenos días. Laboratorio arqueológico Fuentes y Ruiz, ¿en qué puedo ayudarlo? —Se escuchó la voz profesional de César, quien nuevamente atendía la llamada como si fuera la primera, a pesar de haberlo hecho sin descanso durante horas.

Alberto chasqueó los labios y bajó la mirada nuevamente hacia el contenido del artículo noticioso.

Terror bajo la tierra: doce heridos es el saldo de una temeraria expedición arqueológica al interior de las ruinas de un castillo medieval en el valle del Nalón. Los hechos sucedieron cuando un fuerte sismo de seis punto cinco grados en la escala de Richter se registró en la zona. Fuentes confiables informan que, a pesar de la rápida respuesta en la evacuación de los heridos, el líder de la excavación, el Dr. Alberto Ruiz Sánchez, violó los protocolos e insistió en continuar con su expedición subterránea, ignorando el riesgo de réplicas y más víctimas, esta vez, posiblemente, mortales.

—¡Hijos de puta! —murmuró.

—No, lo lamento mucho —resonó la voz de César desde la habitación anexa—. Por favor, no insista... he dicho que no —la tensión en su voz aumentaba. Incluso el calmado César estaba a punto de alcanzar su límite. Exhaló—. Muy bien, muy bien, lo entiendo, le preguntaré al doctor, pero por favor, no insista y espere mi llamada —la intensidad volvió a bajar—. Sí, sí... lo haré, gracias. Adiós —un fuerte golpe siguió y luego silencio.

«¿Qué le habrán pedido esta vez?», pensó Alberto antes de que el timbre de la entrada le taladrara la cabeza por enésima vez ese día.

En su oficina, César gruñó. La puerta se abrió violentamente y salió como una tromba en dirección a la recepción. Alberto no lo culpaba; desde su regreso, el acoso no había cesado y él, como responsable de la evacuación, era el encargado de responder las preguntas. Aunque Alberto sabía que la mayoría de las preguntas no estaban dirigidas a César, sino que pretendían hundirlo a él.

El diario crujió en sus manos y volvió a sumergirse en el artículo:

Veinte años han pasado desde que un hecho similar se cobró la vida del Dr. Jorge Ruiz Gonzales, padre del arqueólogo sindicado, quien desapareció en el derrumbe de una sección de galerías recién descubiertas. En esa ocasión, su temerario accionar no tuvo más víctimas, pero causó el cierre definitivo del proyecto. Dos años han pasado desde la reapertura de este y, al parecer, su hijo busca repetir la historia. Y esto nos hace preguntarnos: ¿Está el Dr. Ruiz psicológicamente capacitado para liderar una expedición a la que se encuentra tan atado?

Alberto apretó los dientes y estampó el diario contra la mesa una vez más. Verdades y medias verdades habían sido manipuladas con la clara intención de generar escándalo. Era consciente de que había violado el protocolo y que merecía la crítica, pero ensañarse con su padre fallecido era caer demasiado bajo, incluso para la prensa. Ni muerto lo dejaban descansar.

—Buitres... —susurró con los dientes apretados y recordó cómo los periodistas atravesaban las zonas acordonadas de la excavación, incluso antes de que la propia policía llegara, sin interés alguno en el daño que pudieran causar a los vestigios arqueológicos allí resguardados. Había sido igual cuando su padre desapareció. Recordar cómo César los abordaba para dar declaraciones mientras intentaba crear un espacio para que él y parte de su equipo pudieran evacuar era revivir el pasado. Al menos, esta vez había rescatado algo: parte de los artículos recuperados de la recámara recién descubierta.

Pocas eran las cosas que había podido llevar consigo al laboratorio en tales circunstancias. Afortunadamente, los manuscritos habían estado entre ellos. En realidad, estos habían sido su prioridad: su potencial era enorme.

El teléfono volvió a sonar, pero esta vez no estaba César para contestar. Alberto esperó un instante a que alguien contestara, pero el timbre persistió hasta ser derivado a la contestadora; un instante después, el mismo sonido insoportable regresaría.

—Esto es insufrible —dijo Alberto, antes de cruzar el descanso e ingresar en la oficina de César—. ¿Acaso no hay nadie más en este lugar? —Se dijo, observando el brillo verdoso del identificador de llamadas del teléfono. Sus labios se tensaron y apretó el papel en sus manos antes de soltarlo sobre la mesa y tomar el auricular.

—¿Diga? —contestó.

—¡Por fin alguien se digna a contestar! —vociferó una voz conocida al otro lado del teléfono.

—Señor Rodrigo —respondió, con la espalda tensa y la boca reseca—. Buenas tardes...




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