La Tumba de Torrelucía: Exhumatio

CAPÍTULO 3: EL JARDÍN DE LAS ARENARIAS

—Enséñame lo que tienes que decir, Lucía… —susurró Alberto, con la respiración agitada— muéstrame que eres la última condesa de la Torre.

Sujetó la tapa con la pinza, le dio la vuelta y el aroma del pergamino añejo estimuló sus sentidos. Su pulso era firme, aunque sentía sus latidos retumbar en su interior. Todavía no posaba sus dedos en el manuscrito, pero ya podía sentir su textura áspera.

De pronto, su mano se detuvo, asaltada por la duda.

«¿Y si solo era una coincidencia y estaba asumiendo cosas demasiado rápido?». Sudor helado comenzó a acumularse en sus sienes. Se relamió los labios resecos y negó con la cabeza. «¡Cobarde!», se recriminó. «¿Y eso qué importa?», aunque en el fondo sabía que sí importaba. Retiró la mano con la pinza y se apoyó sobre la mesa antes de dejar escapar el aire en un pesado suspiro. Buscó el retrato de su padre y de inmediato rehuyó a lo que consideró su mirada acusadora. Deslizó la mano sobre la mesa y exhaló. No podía darse el lujo de detenerse.

Acomodó el papel y tomó el lápiz con la diestra, para luego acomodar la lente de aumento y la luz con la siniestra. Inspiró con dificultad, torció los labios y dejó escapar el aire con la vista secuestrada por el manuscrito de «La Joven de ojos como el Cielo». Sin embargo, lo que era una mirada de concentración, pronto se convirtió en consternación al descubrir que no podía separar las primeras páginas de la tapa. Con eso, no solo se le negaba temporalmente su contenido, sino que, de forzarlas, corría el riesgo de perderlo para siempre.

—¡Demonios! —chistó, maldiciendo a la prensa y su imposibilidad de costear a un especialista. Su respiración descendió pesada en resignación e inclinó la cabeza hacia atrás, perdiéndose en la blancura del techo y el brillo blanco de los fluorescentes. «Tal vez podría…», pensó y su rostro se llenó de culpa. Bajó la mirada y, una vez más, vaciló entre ambos manuscritos. Ya no podía comparar los inicios y si el problema se replicaba más adelante... no quería ni pensarlo.

De súbito, un chasquido quebró el silencio y reclamó su atención. El antiguo reloj de pared de su padre, una de tantas de sus cosas que mantenía en el laboratorio, marcaba la medianoche.

«¿Ya es tan tarde?», pensó, y con aquella valoración del tiempo, el peso de las horas cayó sobre él como un saco de plomo: su cabeza se sintió ligera y sus párpados se cerraron, incapaz de mantener la conciencia. Acompañando esta sensación, un cosquilleo se diseminó por su cuerpo hasta que dejó de sentirse suyo. De repente, su cabeza cayó hacia un lado y la sensación de precipitarse al vacío lo levantó de un sobresalto.

—No —se dijo, e inspirando entre dientes, se levantó mientras se golpeaba y frotaba el rostro en un intento por despejarse. Ese no era lugar para dormir. Rápidamente, giró la cabeza y clavó la vista en una ventana, más allá de la puerta abierta que lo separaba de la pequeña área de descanso.

«No podré resolver nada hasta mañana», pensó con resignación.

Ante la duda, sabía que continuar con el manuscrito azul sería lo más prudente, y su cuerpo parecía entenderlo, inclinándose hacia él como si intentara tomarlo. Sin embargo, su vista no se despegaba del manuscrito color vino que lo tenía intrigado. Incluso si no podía acceder a su inicio, necesitaba descubrir su voz, lo que tenía que decir.

De pronto, apartó las manos de su cuerpo y se abofeteó las mejillas con tal fuerza que no le extrañaría haberse partido el labio. Le escocían las mejillas con un reconfortante hormigueo y un incipiente sabor a metal. Entonces, sacudió la cabeza con violencia y gruñó desde el fondo de su pecho.

—¿Qué más da? —exclamó como tratando de convencerse y, aunque exhausto, volvió a sentarse con la mirada encendida sobre un gran par de ojeras. Tembloroso, se acomodó en su asiento y se enfocó en la primera página legible.

—Solo será un vistazo... sí, solo un vistazo —trató de convencerse sin éxito. Una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios y una carcajada contenida escapó de ellos. En esto también se parecía a su padre. No era bueno para su cuerpo, lo sabía, pero detenerse era dañino para su alma.

Sin tener claro el inicio, eligió el primer párrafo de la primera hoja accesible y, como un niño curioso desentrañando un insecto raro por primera vez, se sumergió en el mar de letras y símbolos ancestrales. Sus labios modulaban silenciosamente las palabras de la lengua muerta y su mano se movía casi con voluntad propia. Luego, apretaba los labios y tachaba para volver a comenzar. Las claves que pensaba haber definido eran aún demasiado superficiales y esa realidad se reflejaba en su rostro constreñido. Su cabeza se sentía ligera, ajena al tiempo y al espacio. Incluso su cuerpo había dejado de existir. Solo quedaba su mente, trabajando sin descanso ni constricción. Avanzaba y fallaba solo para volver a comenzar, pero no se rendía, solo continuaba sin detenerse hasta que las palabras fluyeron incontenibles al papel, como un susurro ininteligible que se consolidaba a través de su mano.

Al finalizar, una sensación de entumecimiento se apoderó de su cuerpo, pero la lucidez y la sensación de logro se impusieron. Sus manos temblorosas se aferraron al papel, lo llevaron frente a él y, con anticipación insoportable, se dejó absorber por los caracteres que él mismo había logrado decodificar.

***

Aquella noche, el frío descendió de súbito, calando los huesos. No hacía mucho, el aire templado y la humedad envolvían mi piel, ocultando las huellas del llanto incesante. Mas ahora, hasta la brisa del otoño había huido y solo restaba la estancia helada y quieta, fiel reflejo de mi desvelo. Enjugué mis lágrimas por última vez.




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