La Tumba de Torrelucía: Exhumatio

CAPÍTULO 4: LOS QUE QUEDAN

La vieja lona marrón de la tienda se agitó a merced del viento. Chasquidos secos y rápidos se mezclaban con el aleteo grave mientras la luz del amanecer encontraba un resquicio para alumbrar el interior. Un brazo se introdujo bajo la lona suelta y la apartó sobre su cabeza. Sus rasgos no eran visibles. Quien estuviera dentro de la tienda de campaña solo podría distinguir una silueta erguida que lo contemplaba en silencio, recortada por el sol a su espalda. Una ráfaga gélida barrió el suelo desde la entrada abierta y parte de la bruma matutina penetró con ella. Sobre el suelo reposaban tres sacos de dormir, ocultos bajo varias frazadas que eran empujadas violentamente por una insidiosa ráfaga de viento.

Una de las cobijas se levantó, pero fue atrapada por un brazo robusto y peludo de un hombre que comenzaba a incorporarse. El sueño aún pesaba en su rostro y su cabello estaba desordenado, vulnerando la imagen de pulcritud castrense que el recién llegado guardaba de él, pero eso no era algo que fuera a cuestionar, al menos no al momento de levantarse.

—¿Qué sucede? —dijo el hombre mientras dejaba escapar un largo bostezo y abría los ojos. Vaho se formó frente a él al hablar, mezclándose con la bruma cada vez más presente. Trató de fijar la mirada en la entrada, pero sus ojos no estaban acostumbrados a la luz y la silueta permaneció irreconocible.

—¿Quién anda ahí? —insistió, esta vez con firmeza, mientras se pasaba la mano por la frente tratando de bloquear el sol.

—Ya veo… aún es muy temprano —murmuró la sombra con voz ronca antes de darse la vuelta y abandonar la entrada—. Tú me mandaste llamar —agregó, justo antes de que la lona se cerrara tras de él.

—¡Señor Ruiz! —exclamó Efraín, abriendo los ojos de golpe, y los otros dos sujetos se levantaron sobresaltados.

***

El día anterior, César había vuelto al laboratorio a las seis en punto, tal como Alberto había exigido, solo para encontrarlo desmayado en la sala de descanso. Los manuscritos, por su lado, permanecían abiertos sobre la mesa de trabajo, rodeados de apuntes y herramientas desperdigadas tanto en la mesa como en el suelo.

Los ronquidos de Alberto eran intensos, prueba de su agotamiento. Considerando esto, la llamada recibida y el estado de la mesa de trabajo, no fue difícil imaginar lo que había sucedido. Así, decidió no despertarlo. Ordenó el laboratorio, acomodó las herramientas y cerró la puerta de la sala de descanso. Era evidente que su jefe necesitaba las horas de sueño. Al cerrar la puerta y alejarse, un ronquido particularmente intenso lo obligó a darse la vuelta y reír, encontrándose, sin pretenderlo, con el retrato del padre de Alberto y algunos planos pegados en la pared, correspondientes a las etapas iniciales de la excavación.

—Es un honor continuar con su trabajo —susurró, inclinando ligeramente la cabeza antes de darse la vuelta y regresar a su oficina. Después de todo, ese día también tendría que lidiar con visitas indeseadas.

Tal como esperaba, ese día enfrentó la insistencia de la prensa, trámites burocráticos y familiares preocupados, nada inesperado. Así transcurrió la mañana, al menos hasta pasado el mediodía, cuando una llamada lo sacó de su rutina. Era Efraín y algo había ocurrido en el campamento. Al colgar, encendió la televisión y, muy a su pesar, la excavación volvía a estar en el punto de mira. Esta vez por razones muy distintas, aunque no por ello menos preocupantes.

Poco después, tuvo que despertar a Alberto. Intentaron volverse a comunicar con Efraín en múltiples ocasiones a lo largo de la tarde, pero era imposible. O la línea se había caído o algún otro problema se había suscitado. Lo cierto era que las llamadas no entraban y no había más opción que ir en persona. Sin embargo, no podía ser inmediato; había demasiadas cosas pendientes y el asedio persistente de la prensa hacía que desplazarse fuera imposible sin atraer atención indeseada.

—Si queremos pasar desapercibidos, tendremos que partir algunas horas antes del alba —murmuró César mientras observaba desde la ventana el interior del laboratorio, más concretamente, la puerta cerrada de la sala de descanso.

***

El horizonte yacía teñido de dorado, al igual que los campos que rodeaban el campamento. El viento, que cargaba consigo gotas de rocío y el crujido apagado de la hierba húmeda, delataba que la noche anterior había llovido; sin embargo, la hoguera ya ardía y el olor de la comida comenzaba a hacerse notar.

El reflejo del sol en los extensos pastizales lo obligó a taparse el rostro y desviar la mirada hasta que se guareció a la sombra de la montaña que coronaba el cielo cerca de ellos. El campamento difícilmente había cambiado desde los tiempos de su padre. No es que fuera el mismo, pero había replicado su ubicación y disposición.

«Si funciona, ¿para qué cambiarlo?», se dijo esa vez, y no se arrepentía.

Estaba en un valle, enclaustrado entre montañas, en lo que se creía que eran las faldas bajas de la montaña, pero que resultaron ser los remanentes del asentamiento que rodeaba el castillo de la Torre. Un lugar conocido como «La Tumba de Torrelucía». Si no fuese por el sol, más allá de la braña, vería un bosque cortado por uno de los tantos ríos que terminarían desembocando en el Nalón. En contraste, si miraba en cualquier otra dirección, lo que encontraría era la extensa pradera flanqueada por las inmensas murallas de tierra de la cordillera Cantábrica, lo que le confería una sensación de aislamiento casi ancestral.




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