La Tumba de Torrelucía: Exhumatio

CAPÍTULO 5: EFRAÍN (parte 1)

El murmullo del agua corriente llenaba sus oídos. El suelo bajo sus pies cedía por la humedad y lo sujetaba de los tobillos. Era un lecho de río común, pero lo que veía distaba de lo que uno esperaría en aquel lugar. Presionó la superficie con los dedos, los frotó y el aroma dulce y fermentado resultante lo obligó a levantar la cabeza. Miró a su alrededor y descubrió que sin importar adónde mirase, todo estaba cubierto por una alfombra decadente de blanco, crema y ocre.

—Esto es... —murmuró Alberto, aún procesando la visión.

—Exacto… Ala de mosca muerta. La razón por la que la gente huyó —afirmó Efraín, un poco más lejos, al lado de un área delimitada con cintas amarillas que decían «Cuidado» en letras negras.

—Pero ¿por qué? —replicó el hombre, todavía en cuclillas antes de impulsarse y volver a ponerse de pie.

—¿Recordáis la historia que os conté hace unos meses? —Su voz descendió, áspera, por la ladera hacia el lecho.

—Sí. ¿Cómo olvidarlo? —replicó Alberto mientras forzaba sus pasos fuera del lodo y avanzaba en dirección a su segundo.

—Pues esto está relacionado. Se dice que el cielo lloró la muerte de Lucía y que, con su llanto, la tierra tembló y cubrió los campos de blanco —agregó Efraín, extendiendo la mano a su jefe, que luchaba por levantar su pie del barro.

—¿Y eso qué tiene que ver con esto? —insistió, aprovechando el impulso adicional de la mano para liberarse y ser recibido por la tierra seca.

—Se dice que siempre que alguien trate de violar la Tumba de Torrelucía, Lucía de la Torre descenderá entre arenarias y reclamará una parte del perpetrador o, si su agravio es lo suficientemente grande, todo su ser.

—No hay registro de esa maldición en ninguna parte —respondió Alberto, sacudiendo la mano.

—Al igual que no hay registros de este castillo ni del destino de sus padres, ¿cierto?—replicó Efraín, ladeando la cabeza.

—Cierto... —aceptó Alberto entre dientes mientras recordaba aquella conversación acontecida meses atrás, en la que había reconocido sus propias carencias y comprendido que, sin proponérselo, Efraín había sabido personificar mejor que él mismo la voluntad de su padre.

A diferencia de aquella ocasión, su rostro no se bañaba en el naranja del fulgor de las brasas, sino en el tenue dorado de la luz que se filtraba entre las copas de los árboles. Sin embargo, como en aquella ocasión, contrario a la atmósfera rígida que solía rodearlo, persistía aquella esquiva sensación de conocimiento oculto, envuelta en una teatralidad impropia de Efraín. Cual bardo, casi podía oírlo susurrando aquella historia que contradecía todo lo que conocía, pero que no podía negar por completo.

***

Era el inicio de la primavera y aún quedaba nieve en las brañas que se resistían a despertar. Aun así, el lugar respiraba ansiedad e ilusión por igual, lleno de vida, no como ahora. El sol se había puesto y la luna despuntaba hermosa en lo alto, iluminando un campamento que se preparaba para dormir. Sin embargo, no todos se habían resguardado del frío. Alrededor de la hoguera, un pequeño grupo de no más de cinco se había reunido en torno a un hombre que, a pesar de su estatura, destacaba por su presencia: Efraín.

Su forma de hablar y su cadencia, particularmente inusuales, incluso en estas zonas retiradas, lo hacían destacar de inmediato. Pero era precisamente eso lo que había atrapado su atención y capturado el interés de los más jóvenes.

—Y es así como, de un salto, evité ser arrollado por el puerco montés —La voz llegó desde lejos, ganando cuerpo y entonación mientras los jóvenes se inclinaban hacia él—. Terminé subiendo a las ramas bajas de un viejo carbayo y, por suerte, lo hice. Ya que antes de darme cuenta, un haz de lobos nos había rodeado y caía sobre el porco.

Los murmullos de admiración entre los jóvenes, que difícilmente se habían adentrado en los bosques, no se hicieron esperar y el hombre guardó silencio, regocijándose en los rostros extasiados de su audiencia. Curioso por el cambio en su comportamiento, más que en sus historias, Alberto atravesó la franja oscura que separaba las primeras tiendas de la hoguera central y se unió al grupo. Al notar su presencia, el rostro y la postura del narrador volvieron a su rigidez habitual y la tensión acalló los murmullos emocionados.

—Tranquilos, no se detengan por mí —dijo Alberto con una sonrisa en los labios—. Me interesan las historias alrededor de un buen fuego como a cualquiera —estiró la mano indicando a Efraín que continuara y se sentó en el primer tocón disponible que encontró.

Era cierto, le interesaban las historias, pero, sobre todo, le interesaba el hombre. Aún no se había vuelto una figura relevante en el campamento y su nombre se le había perdido en la lengua como un regusto amargo. Sin embargo, era muy consciente de su singularidad. Su pasado estaba limpio, tan limpio que parecía un fantasma en vida. Y eso, junto a su rigidez militar y su extraordinaria eficiencia, lo hacía sospechar de un trasfondo más complejo de lo que su historial reflejaba.

—¡Oh! Ya veo… —respondió Efraín, relajando sutilmente su postura mientras el naranja del fuego, a su izquierda, profundizaba las sombras en su rostro—. Tal vez esta historia es demasiado mundana para alguien como usted —las sombras se desplazaron sobre su rostro y su cuerpo pareció ganar volumen—. ¿Qué tal algo más local? —agregó orientando la mirada hacia las ruinas.

—Me gusta la idea. Sorpréndeme —replicó Alberto, intensificando la mirada sobre lo que creyó que era una sonrisa enmascarada.

—Desde siempre, hay historias que sobreviven a su gente, pero que los libros han rechazado, y esta es una de esas historias, una que solo los hijos de Tarna han sabido mantener con vida: la leyenda de «la Tumba de Torrelucía» —inició Efraín con una voz que parecía resonar en los huesos—. ¿La conocéis? —preguntó, inclinando el rostro hacia Alberto.




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