—Me parece bien... —susurró Alberto, pensando en cuánto habían cambiado las cosas desde ese día. Sonaba «Lucha de Gigantes» en la radio, una nueva versión que acababa de salir y que distaba de la que recordaba, la que su padre solía reproducir en su vieja casetera, pero que, de igual forma, le hacía recordar sus primeros días en la arqueología.
—¿Le parece bien qué? —respondió Efraín que, por un instante, le devolvió la mirada de reojo—. Ya estamos por llegar.
—Nada, nada importante —dijo ante la pregunta, pero antes de terminar de negar con la cabeza, la pregunta que rondaba en su mente ya había encontrado su camino hacia sus labios—. ¿Por qué decidiste contarme esa versión de esa leyenda si tanto celo guardaban con ella?
Un movimiento corto y tenso de la cabeza de Efraín precedió al silencio que coincidió con el fin de la canción. El hombre sonrió y redujo al mínimo el volumen de la radio.
—Porque creía en vos —la respuesta casi se sentía como un suspiro de alivio.
—¿Por qué? —insistió, buscando la mirada de su asistente.
—¿Eso importa? —respondió Efraín mientras se fijaba en la soledad reflejada en los espejos laterales del vehículo.
—Sí, y mucho, si es que quiero entender —la mirada de Alberto no abandonaba el rostro de Efraín.
—Entiendo... no puedo evitar responder entonces —susurró el hombre que, tras encontrarse con la mirada de su jefe—. Porque creo que buscáis la verdad y no riquezas; porque creo que cuando descubráis lo que otros trataron de esconder, lo revelaréis al mundo; y porque creo que, con vos, nuestra historia será por fin escuchada.
—¿Su historia? —frunció el ceño.
—Sí, nuestra —asintió mientras devolvía la mirada al camino—. Antes olvidados, seguimos siendo descendientes de lo que trató de enterrarse aquí, y nosotros también queremos saber.
—¿Nosotros? ¿Quiénes son esos «nosotros»? —insistió Alberto, intrigado.
—¿Ya lo olvidó? —preguntó Efraín con una media sonrisa en los labios y Alberto comprendió.
—Los hijos de Tarna —respondieron ambos, recordando la leyenda que Efraín le había contado. Ambos sonrieron.
—¿Y cómo estás tan seguro? —insistió a pesar de la sonrisa.
—Vuestro padre es don Jorge Ruiz, ¿no? —replicó Efraín, recobrando la seriedad en su rostro.
—¿Conociste a mi padre? —La sonrisa desapareció.
—Así es. Trabajé con él hace muchos años —asintió con calma—, y usted es igual a él —añadió, esta vez, concentrado en el camino.
—No lo sabía… —respondió Alberto, con una sensación de calor acumulándose en su vientre.
—Lo que os he contado es lo mismo que le conté a vuestro padre... —El semblante de Efraín se tornó sombrío de repente—. Su desaparición fue una tragedia.
Alberto guardó silencio y observó al hombre con calma renovada, como si volviera a verlo por primera vez. Pero esta vez, entendiendo un poco mejor la familiaridad del hombre con el lugar, su liderazgo y su tolerancia, a pesar de haberle faltado al respeto. Si la historia que le había contado era la misma que había perseguido su padre antes de morir, tal vez valía la pena tomarla con más seriedad.
—Recordad... —murmuró Efraín, como si él mismo tratara de hacerlo—. Recordad lo que os conté, descubrid lo que aquí se oculta y honrad la memoria de vuestro padre.
Y tal como su asistente se lo pidió, con el eco de sus palabras rondando en su mente, Alberto cerró los ojos y se sumió en el recuerdo.
***
Los leños crepitaron, más vivos que nunca, mientras las llamas los consumían vorazmente. El calor del fuego golpeó en oleadas bajo el fulgor fatuo y anaranjado que danzaba, recortando la silueta de ese hombre que tomaba su lugar, entre la hoguera y su audiencia, con una promesa sellada en los labios.
—Fue durante el tercer año del reinado de Enrique II cuando nació Lucía de la Torre —desabrochó su gabardina y la colgó de la misma estaca donde antes había estado dispuesta—. Hija única del conde Ismael de la Torre y su esposa, Grimanesa Estrada, en lo que parecía ser el período más próspero para su familia tras las mercedes de la guerra fratricida por la corona —la voz de Efraín descendió con una cadencia pesada hasta detenerse. Abrió los brazos y elevó el rostro al cielo, recibiendo de frente la luz de la luna—. Dicen que la felicidad siempre es efímera y con ellos, el dicho probó su certeza —sus brazos cayeron de repente junto al tono sombrío de sus palabras—. Apenas seis años tenía la joven Lucía cuando su madre desapareció, y la niña, otrora llena de vida, se encerró en un caparazón del que nunca pudo salir.
Una tristeza sosegada y ajena acompañó las palabras, y se cernió sobre Alberto, filtrada desde el declamador.
—Mas fue la distancia del conde, quien no pudo superar la partida de su consorte, lo que profundizó el dolor de su hija. A pesar de su adoración, esta distancia solo creció con cada año, pues ella cada día se asemejaba más a su madre —su voz se permeó de angustia y reproche—. Solo Lot, su guardián, estuvo a su lado durante este periodo de gran oscuridad—. El aliento de Efraín pareció espesarse con esa última frase.
—Lot... —Los labios de Alberto se movieron sin emitir sonido ante un nombre que no reconocía.
—De origen discutido y con apenas diez inviernos vividos, Lot llegó a la vida de Lucía cuando ella, de apenas cinco años, comenzaba a reclamar independencia de su madre —la angustia en su voz cedió, tornándose más clara y ligera—. Inquieta como era, no había nodriza ni doncella capaz de darle caza; solo Lot, lo suficientemente joven como para llevarle el paso, se convirtió en su compañero de juegos —avanzó un paso y, de súbito, miró hacia las ruinas—. Mas su labor era protegerla, no jugar, y por tal, como escudero fue entregado —Efraín avanzó unos pasos más, alejándose del fuego como si buscase algo con la mirada, y tras un breve silencio continuó—: Así fue como un joven escudero llamado Lot llegó a su vida, en el encuentro más determinante de su historia —su voz reverberó como si el resentimiento de una vida pesara sobre ese nombre.
Editado: 17.08.2026