Alberto se relamió los labios, ansioso por ese momento largamente esperado. Sus ojos brillaban, reflejando el blanco absoluto del laboratorio. Dos días habían pasado desde su regreso del campamento y, ciertamente, moría de ansias por sumergirse en la historia narrada en los manuscritos en los que César y el nuevo traductor habían estado trabajando. Le tomó dos semanas solucionar los desafíos de campo antes de volver, pero, felizmente, las cosas ahora parecían estar bajo control.
Tener a Efraín en el campamento había resultado mejor de lo que había pensado. Si bien intuía cierta formación militar, la presteza con la que organizó a los nuevos guardias, los turnos, las zonas de custodia y las restricciones de visita… todo resultó impecable. Aunque esa misma destreza, junto a su extraño comportamiento, era lo que lo llevaba a sospechar más de su pasado.
¿Podría ser un militar retirado? ¿Tal vez un espía escondiéndose? ¿Era siquiera Efraín su nombre?
No, eso no tenía sentido. Si había trabajado con su padre en el pasado, eso significaba que tenía más de quince años en aquel lugar y, al menos, eso sí lo podía comprobar. Alberto sacudió la cabeza como si debatiera consigo mismo. No, César ya lo había comprobado. Lo que decía era cierto. Sin embargo, su versión de la historia y su forma de hablar eran especialmente intrigantes.
—Suficiente —murmuró, golpeando la mesa con su libreta—. Por fin he vuelto y tengo esto a mi disposición —se dijo casi salivando mientras sus ojos reposaban en un archivador azul con una etiqueta que decía «El Guardián de la Torre».
Tomó la carpeta con ambas manos, levantó la tapa y leyó la primera línea: «Lucía tiró de mi mano y me guio por el oscuro sendero de la cueva». Entonces, sin poder contenerse más, una sonrisa se formó en su rostro y exhaló suavemente, dejando escapar la ansiedad que llevaba acumulando semanas. Tras el breve suspiro, deslizó sus dedos sobre la página y navegó en los trazos cuyo contenido había permanecido oculto durante cientos de años. Es así como, dejándose absorber por ellos, las palabras tomaron consistencia y se volvieron imágenes, memorias de una vida hacía mucho olvidada que clamaba por ver la luz.
La historia se revelaba ante él y su caótica imaginación tejía el resto.
***
Lucía tiró de mi mano y me guio por el oscuro sendero de la cueva. No precisaba antorcha ni luz alguna; parecía conocer ese recinto como la palma de su mano.
Reía y balbuceaba en voz tan baja que apenas lograba entenderla. Al principio, opuse cierta resistencia, mas no podía negarme a seguirla. Mis primeros pasos titubeaban, temiendo tropezar y caer sobre ella. Sin embargo, pese a mis temores iniciales, el suelo resultaba firme, sin irregularidades que dificultaran nuestro avance.
Aunque no había antorchas, un tenue resplandor verdoso delineaba las paredes en una inquietante penumbra. No era lo suficientemente brillante como para disipar la negrura que parecía tomar consistencia a medida que nos internábamos, pero sí lo era como para evitar que las sombras que nos rodeaban se cernieran sobre nosotros. Sentía que, si me lo proponía, sería capaz de tocarlas. No obstante, decidí no hacerlo. No sabía si eran jugarretas de mi mente o algo físico enmascarado, mas con Lucía a cuestas, era un riesgo que no tomaría.
Además de las tinieblas y el brillo fantasmal, reinaba el silencio, vulnerado por nuestra respiración y el eco de nuestros pasos. Mas lo que acaparaba mi atención era la calidez de su pequeña mano que se aferraba ansiosamente a la mía, como si del relicario de su madre que tanto adoraba se tratase. Era como verme sumergido en un ensueño, donde ella era luz entre tanta tiniebla.
Lucía se detuvo y sus dedos me arrastraron casi a su lado. Levantó el rostro hacia el techo y seguí su mirada, encontrándome de súbito con un cielo estrellado que parecía arrastrarme a su interior. Mas la imagen, hermosa como era, no era el cielo real, sino una ilusión enajenante creada por las mismas luces que nos habían guiado hasta ese punto. Traté de negarme a su belleza, pero no pude, era ya imposible. Comenzaba a comprender su emoción al entrar y dejarse llevar en aquel lugar que parecía la entrada a otro mundo, a otra realidad. No entendía cómo Lucía conocía ese sitio, quién o cómo la había guiado tan lejos del castillo, y mucho menos imaginaba el origen del lugar, mas lo que sí podía entender era su necesidad de entrar en él y soñar.
Su belleza no era mentira y ella necesitaba un lugar al cual escapar.
De repente, su delicada mano volvió a tirar de mí y, de la misma forma en que se detuvo, Lucía volvió a andar. Me dejé arrastrar por ella, consciente de los riesgos, pero embelesado por aquella visión del cielo, su paz y su mano. Así anduvimos por un tiempo, o lo que entendí por un tiempo, hasta que nos detuvimos. Al hacerlo, sentí su mirada posarse en mí, segura, como si, a pesar de la oscuridad, pudiera distinguir mi reflejo en unos ojos que no podía ver. Estiré el otro brazo para tomarla del hombro, mas donde este debía estar, me encontré con una pared de roca. En respuesta, como si hubiera adivinado mi intención y pudiera ver a la perfección, me apretó la mano y, tras avanzar un paso más, me sujetó el mentón con delicadeza.
Contuve el aliento, ella apoyó su frente contra mi pecho y, tras un breve silencio donde el retumbar de mi corazón se hizo evidente, soltó una tímida carcajada. Luego, tras tomarme del cuello, apartó su frente y su dulce aliento se acercó a mi rostro en un nervioso jadeo mientras el calor de su cuerpo se encontraba con el mío.
Editado: 17.08.2026