Athenas se despertó con la luz filtrándose entre las cortinas delgadas de su casa. El silencio del cementerio a esa hora tenía algo amable, y ella disfrutaba la soledad y la calma.
Se levantó descalza y fue directo a la cocina. Puso agua a calentar y preparó café, el olor amargo llenó el espacio pequeño y familiar. Le gustaba vestirse de manera divertida, pero había aprendido a moderarse. Por respeto a los difuntos, decía. Ese día eligió una camisa ancha que le caía hasta los muslos y un pantalón cómodo. Siempre prefería la ropa holgada, como si el cuerpo necesitara espacio para respirar.
Frente al espejo se maquilló con cuidado, delineando sus ojos negros hasta que brillaron grandes y expresivos, como si siempre estuvieran a punto de decir algo más. Se peinó el cabello violeta en una cola alta, práctica, firme.
Antes de sentarse, lanzó una mirada automática hacia su habitación.
K estaba allí.
La figura tamaño real ocupaba el rincón más luminoso del cuarto, apoyada junto a la ventana. Era imponente incluso en quietud: el cabello blanco esculpido con detalle, tenia cubierto un ojo, ella llevaba años amandolo, bueno a él y otros más, pero K era el unico que tenia escultura. Athenas había colocado una silla frente a él, como si realmente la necesitara.
Se sentó con su tostada aún caliente y giró la silla para mirarlo de frente.
—Buenos días —dijo, mordiéndose un borde crujiente—. Dormiste poco, ¿verdad?
Hizo una pausa breve, ladeando la cabeza, escuchando una respuesta que solo ella oía.
—Lo sabía —sonrió—. Misiones desde temprano. Siempre igual contigo.
Tomó un sorbo de café y apoyó el codo en la mesa.
— ¿Lees algo nuevo?
Asintió lentamente, como si él acabara de decir algo serio.
—Siempre lees el mismo libro —respondió—. No, hoy no puedo quedarme, tengo que limpiar la zona de cremados y atender gente. Ya sabes cómo es.
Volvió a morder la tostada.
—Sí, lo sé, soy responsable. Alguien tiene que serlo —dijo por él, con una leve risa—Tú tienes a tu equipo y yo el mío.
Se levantó para dejar el plato en el fregadero, pero siguió hablándole.
—No te preocupes, comeré bien —aseguró—. Y no, no me voy a olvidar del abrigo. Eso dices siempre.
Regresó a mirarlo, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Cuídate tú también, gran ninja —murmuró—. No te esfuerces demasiado.
Le dedicó una sonrisa cálida, sincera, como si realmente se despidiera de alguien vivo. Cuando terminó, recogió todo con calma, tomó su bolso y, antes de salir, volvió a mirarlo una última vez.
—Te veo luego.
Cerró la puerta detrás de ella y la casa volvió a quedar en silencio, custodiada por un ninja inmóvil que, para Athenas, estaba vivo.
Cada día, Athenas recorría los senderos como si fueran pasillos de su propia casa. Tocaba cada lápida, repasaba cada inscripción con cuidado, casi con cariño, y susurraba nombres como si los pronunciara para mantenerlos despiertos. No hablaba con los muertos por necesidad ni por locura, sino por costumbre. Para ella, la vida entre los vivos era confusa; la muerte, en cambio, obedecía reglas claras.
Revisaba las flores frescas y las marchitas, enderezaba los ramos que el viento había tirado y retiraba las hojas secas acumuladas. Cada gesto era metódico, casi ceremonial. Observaba a los visitantes con la misma atención que prestaría a un huésped delicado: algunos buscaban consuelo, otros olvido. Ella los guiaba con suavidad, les señalaba el camino, acompañaba sus pasos hasta donde debían ir.
Prefería estar afuera, entre las tumbas, donde el silencio y la sombra daban forma a todo lo que no podía controlar. El cementerio no mentía. No escondía secretos bajo sonrisas falsas ni exigía favores a cambio de afecto. Cada día repetido le daba un extraño sentido de calma, una sensación de control que la ciudad nunca podía ofrecer. Y mientras caminaba entre los muertos, Athenas se sentía viva de una manera que los vivos jamás podrían entender.
Entonces lo vio...
El hombre estaba frente a una lápida sin nombre. No era la primera vez que lo encontraba allí, siempre en tumbas vacías, sin fechas ni inscripciones, como si buscara algo que nadie más podía ver.
Alto, de cabello negro y corto, ese día vestía completamente de gris. Cada tono apagado de su ropa parecía fundirse con la piedra y la sombra, como si quisiera desaparecer entre los muertos.
Athenas se detuvo, sin poder apartar la mirada. Su corazón no se agitaba por miedo, sino por algo más extraño, más prohibido. Su belleza serena, delicada, luminosa incluso entre la penumbra, le recordó al cielo azul en un día frío. Sin pensarlo, lo llamó Cyan, un nombre que le surgió solo, como si llevara siglos esperándolo.
Lo observaba con detenimiento, analizando cada gesto, cada movimiento. Fantaseaba con quién podría ser, qué historia escondía, por qué visitaba tumbas que aún no tenían dueño. Cada detalle suyo le parecía un misterio: la manera en que dejaba las flores, cómo inclinaba la cabeza sobre la lápida, cómo luego desaparecía sin una palabra.
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Editado: 28.01.2026