La Tumba Sin Nombre

5

Athenas se miró al espejo y asintió, convencida.

La camiseta ancha de su anime favorito de ninjas le caía como una bandera de guerra cómoda. Demasiado grande, mangas largas, el símbolo del clan estampado en el pecho. Perfecta. Se recogió el cabello, dejó algunos mechones libres y empezó a maquillarse con calma, delineando los ojos negros con precisión ritual.

Entonces, una sombra. No fue un movimiento brusco. Fue una ausencia de luz donde no debía haberla. Athenas alzó la mirada y se giró.

La sombra se movía en la sala, ella camina hasta allí para conseguirse en la cocina, a él, estaba sirviéndose un café con comodidad, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.

—Estas demasiado hermosa para una simple convención —dijo con suavidad.

Athenas se quedó inmóvil.

—¿Qué…?

Cyan sonrió. No una sonrisa amable. Una medida exacta de labios, como si supiera algo que ella no.

—¿Qué haces en mi casa?

Cyan levantó la taza, dio un sorbo.

Y desapareció.

No humo. No ruido. No transición. Simplemente ya no estaba.

La taza tampoco.

Athenas soltó un pequeño grito ahogado, retrocedió un paso y luego reaccionó como si el mundo estuviera persiguiéndola. Agarró su bolso, salió de casa casi corriendo y no miró atrás.

Temblorosa llega a la convención, todo era ruido, festejos, ella trataba de parecer normal y obligarse a pensar que había imaginado todo.

Leo la recibió con una sonrisa amplia y genuina.

—¡Athenas! Pensé que te habías arrepentido.

—Casi —admitió—. Pero sobreviví.

Le presentó a sus amigos. Gente que hablaba rápido, discutía teorías absurdas, defendía personajes cancelados y se quejaba de finales que jamás superarían. Athenas se sintió cómoda. Vista. Como si encajara sin esfuerzo, y la amabilidad de todos, le hizo olvidarse por un instante del incidente en su casa.

—Yo solo salgo con hombres 2D —confesó entre risas—. Son más constantes.

Leo arqueó una ceja.

—¿Y si me pinto el cabello de blanco?

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Qué?

—Digo… podría intentarlo. Si para salir contigo.

Athenas se sonrojó. Calor real, inesperado.

—Lo… lo pensaría —murmuró.

Era la primera vez que un hombre le coqueteaba…y le había gustado lo que sintió.

Luego de la convención, Leo y ella caminaron un poco. Era agradable, estudiaba ingeniería, y había montado su negocio junto con un amigo, le pareció divertida sus teorías de anime. El la invito a comer algo, vio el reloj ya eran las 8, pero, por un día, podía llegar tarde.

Entraron a un restaurante, era la primera vez que comía con alguien que no fuera sus padres.

Leo se apoyó mejor en el respaldo de la silla, sosteniendo la caja de pizza como si fuera parte de la charla.

—Entonces… —dijo, ladeando la cabeza—, ¿qué haces cuando no estás custodiando tumbas, hablando con estatuas o defendiendo finales de anime injustamente odiados?

Athenas sonrió por la mitad.

—Estudio administración de empresas. A distancia.

—¿En serio? —sus ojos se iluminaron—. Eso no me lo esperaba.

—Casi nadie lo hace —encogió los hombros—. Me gusta porque puedo estudiar de madrugada, en pijama, y nadie me juzga.

—Eso ya es una ventaja competitiva —bromeó—. ¿Y qué planeas hacer con el título?

Athenas dudó. Jugó con el borde de la servilleta.

—Quiero montar un negocio… algún día. Todavía no sé de qué.

—¿Nada de nada?

—Tengo ideas sueltas —admitió—. Demasiadas. Una tienda, algo creativo, quizá algo que no huela a tierra mojada.

Leo rió bajo.

—Me gusta. Suena a alguien que aún no se ha puesto límites.

La miró un segundo más de lo normal.

—¿Y por qué no sales con gente real mientras decides?

Athenas bajó la mirada.

—Es por conveniencia —respondió—. Los reales se van. Los otros… no.

Leo no se rió. No la corrigió. Solo asintió, como quien entiende más de lo que dice.

—Igual —dijo con suavidad—, me alegra que hoy hayas salido.

Leo se recostó un poco más, cruzando los brazos con una sonrisa torcida, esa que aparece cuando algo te intriga más de lo que deberías admitir.

—Aunque te digo algo —añadió—. Sería complicado salir con una chica que… —hizo un gesto vago con la mano— mentalmente te engaña con otro. Y que tú lo sepas.

Athenas lo miró un segundo… y luego estalló en una risa corta, auténtica.

—Eso no es lo peor —dijo—. Tengo una estatua de K en mi cuarto.




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