La Tumba Sin Nombre

8

Athenas fue a la casa de su tía esa mañana.

El edificio era viejo, de esos que parecen haberse quedado atrapados en una década equivocada. Apenas cruzó la puerta de entrada, el olor a humedad la envolvió con una fuerza casi física. El aire era denso, caliente, como si el lugar se negara a ventilarse.

Subió en el ascensor antiguo. El interior rechinó al cerrarse y avanzó con una lentitud exasperante, deteniéndose un segundo de más en cada piso. Athenas contuvo la respiración hasta que, por fin, las puertas se abrieron.

Tocó.

Su tía abrió con una sonrisa amplia, inmediata, como si hubiera estado esperando justo ese momento.

El departamento era el típico departamento de tía. Muebles con estampados intensos, adornos por todas partes sin ninguna relación entre sí, figuras pequeñas acumuladas en repisas, cojines… demasiados cojines. Las cortinas eran gruesas, pesadas, y filtraban la luz como si el exterior fuera una molestia persistente.

Pero entonces lo sintió.

El olor al pastel de chocolate.

Athenas sonrió de verdad por primera vez en el día. Era la torta de su tía. La más rica que había probado en su vida. Esa que siempre sabía igual… y siempre mejor que cualquier otra.

Se sentaron a la mesa.

Su tía comenzó a explicarle, con lujo de detalles, cómo preparaba el pastel: los tiempos exactos, el punto justo del horno, el truco para que quedara húmedo sin estar crudo. Athenas asentía, intentando parecer interesada, aunque su mente iba y venía, como si algo tirara de ella desde otro lugar.

En algún punto, su tía la observó con curiosidad.

—¿Y tus estudios? ¿Cómo te está yendo?

—Bien —respondió Athenas—. Bastante bien, en realidad. Conseguí una beca con una universidad española. Estoy estudiando a distancia.

La reacción fue inmediata.

—¡Eso es maravilloso! —exclamó su tía, llevándose la mano al pecho—. ¡Siempre supe que llegarías lejos!

Athenas sonrió con suavidad. Algo que siempre había apreciado de ella era eso: su capacidad de emocionarse sin medida, sin ironía, como si el mundo todavía pudiera sorprenderla.

—Quiero probar cosas nuevas —añadió Athenas, casi en un murmullo. Casi para sí misma.

Los ojos de su tía se abrieron, iluminados.

—Entonces esto es perfecto.

Se levantó y volvió con un folleto doblado.

—En la municipalidad están dando clases gratuitas. De todo un poco. Como naciste en este distrito, puedes inscribirte sin problema.

Athenas lo tomó. La idea no le desagradó.

—El distrito queda un poco lejos de mi casa —comentó.

—Son solo una vez por semana —respondió su tía sin dudar—. Ese día puedes quedarte aquí. Tengo dos habitaciones y vivo sola. No hay ningún problema. Es más, podemos ir juntas.

La propuesta la incomodó.

No tenían mucho en común. Nunca lo habían tenido.

Estuvo a punto de decir que no… pero recordó las palabras del médico.

Cosas diferentes.

Se repitió la frase como un mantra.

—Está bien —aceptó al fin—. Me parece buena idea.

Su tía sonrió, satisfecha.

Esa misma tarde salieron juntas hacia la municipalidad para inscribirse.

Athenas caminó a su lado con una sensación extraña en el pecho, una mezcla incómoda de resignación y expectativa. No sabía si aquello cambiaría algo.

Pero, al menos por una vez, estaba haciendo exactamente lo que le habían pedido.

Salir de su propio mundo.

La municipalidad ocupaba un edificio amplio, de concreto gris, con ventanas altas y pasillos que amplificaban cada sonido. El lugar estaba lleno de gente. Voces superpuestas, pasos, papeles arrastrándose sobre escritorios metálicos.

El ambiente era demasiado luminoso. Luces blancas, frías, que no dejaban sombras donde esconderse.

—Es aquí —dijo su tía, señalando una fila.

Esperaron.

Mientras tanto, Athenas observó a las personas alrededor. Jóvenes, adultos, ancianos. Todos parecían normales. Demasiado normales. Como si hubieran salido del mismo molde cotidiano.

Entonces lo sintió.

No una presencia clara.

Un tirón interno, leve, como cuando alguien pronuncia tu nombre sin que llegues a escucharlo.

Athenas se tocó el pecho.

—¿Estás bien? —preguntó su tía.

—Sí —mintió—. Solo hace calor.

Cuando llegó su turno, una mujer delgada, con el cabello recogido con demasiada tensión, tomó sus datos.

—Nombre completo —dijo sin mirarla.

—Athenas Helena Valcárcel Aranda.

La mujer levantó la vista.

Solo un segundo.




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