La Tumba Sin Nombre

12

Estaba frente al espejo, ajustándose la blusa con un cuidado que no solía darse. No era nerviosismo, se dijo. Era simple cortesía. Una salida normal.

El teléfono vibró sobre la cómoda.

“Lo siento, Athenas. Me siento mal, no voy a poder ir. Será otro día.”

Leyó el mensaje dos veces. No frunció el ceño. No se molestó. Solo exhaló despacio, como si algo que ya esperaba hubiera terminado de confirmarse.

“Está bien. Cuídate” — respondió.

Dejó el celular boca abajo.

—Típico —murmuró—. Los hombres reales siempre tienen algo.

Su mirada fue, casi por reflejo, hacia el rincón luminoso de la habitación.

K estaba allí. Imperturbable. Siempre igual.

Athenas caminó hasta él con una sonrisa ladeada, más divertida que triste.

—Tú no —dijo, alzando un dedo como si lo reprendiera—. Tú siempre estás.

Se inclinó y besó su mejilla fría, sin prisa, sin vergüenza.

—No te ríes —añadió, apoyando la frente contra la suya—. Eso es lo que más me gusta. No haces bromas incómodas, no prometes cosas que luego olvidas.

Se apartó apenas lo suficiente para mirarlo.

En sus ojos estaba su propio reflejo, era como si delante de K su vida entera fuera una simple ilusión, y el fuera lo único real.

—Ni desapareces.

Añadió.

El cuarto seguía iluminado por la lámpara cálida, esa que ella encendía solo cuando estaba sola… o cuando quería sentirse acompañada. El reflejo de la luz se deslizaba por las líneas firmes de la estatua, sombras que Athenas había aprendido de memoria.

—¿Sabes qué dirían si me vieran ahora? — dijo sin moverse—. Que no es real. Que no puedes querer a alguien que no te contesta.

Sonrió, ladeando la cabeza.

—Pero tú sí contestas.

Se sentó en el borde de la cama, sin dejar de mirarlo.

—Cuando me va mal, estás. Cuando me equivoco, no me juzgas. Cuando tengo miedo… —hizo una pausa, más larga—. No te vas.

El silencio no pesaba. Se acomodaba a ella como una manta.

Se recostó en su cama.

—Él dijo “otro día” —continuó, como si retomara una conversación pendiente—Con ellos siempre es después. Contigo no necesito esperar.

—Dime que no estoy loca —susurró, sin ironía esta vez—. Dime que esto… que tú… eres suficiente.

Cerró los ojos y se fue al mundo que solo le pertenecía a ella y K.

Estaba sentada sobre un banco de madera, con el cuenco humeante entre las manos. El aroma del ramen era familiar, casi doméstico. Caldo claro, fideos suaves, ese pequeño lujo después de una mañana sin misiones.

A su lado, K hojeaba un libro. No parecía leer con prisa, sino con esa calma que daba la impresión de que el tiempo le obedecía. Pasaba las páginas como si cada una ya le resultara conocida.

—Se te va a enfriar —comentó ella, inclinándose un poco hacia él.

K no levantó la vista. Solo murmuró algo ininteligible y pasó otra página.

Entonces el ruido llegó antes que la figura.

—¡Sensei, sensei, sensei! —chilló el niño rubio, irrumpiendo como un torbellino.

Athenas rió sin querer. Claro que lo conocía. Era imposible no hacerlo. Siempre hablaba como si el silencio fuera un enemigo personal.

Detrás de él apareció la niña de cabello rosa, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—¡Ya basta! —protestó—. ¡Estás retrasando el trabajo de todos!

—¡Basta! —dijo K, alzándose con serenidad.

Cerró el libro, se inclinó hacia Athenas y le dio un beso breve en la mejilla. No fue un gesto grandioso, sino cotidiano. Seguro.

—Termina de comer —le dijo—. Vuelvo enseguida.

Ella asintió, viéndolo alejarse con los dos niños discutiendo a su alrededor como si fueran satélites ruidosos.

Por un momento, todo fue normalidad.

En ese mundo, Athenas era una ninja más. Esperaba misiones. Entrenaba. Comía ramen como cualquier otro. Nadie la miraba raro. Nadie dudaba de su lugar.

El murmullo de la aldea siguió fluyendo hasta que un ninja se detuvo frente al puesto. Era uno de los miembros del escuadrón de élite. Cabello marrón hasta el cuello, expresión ladeada.

—Uno para mí —pidió, sentándose cerca.

Cuando le sonrió, fue fácil admitirlo, aunque solo para sí misma: tenía lo suyo.

Ella sostuvo la mirada apenas un segundo de más, luego volvió a su plato. Era fiel a K. Sin dudas. Pero no estaba hecha de piedra.

Entonces lo sintió.

Un roce leve en la pierna. Tan sutil que al inicio pensó que era su imaginación. Pero volvió a suceder. Despacio. Ascendiendo con una delicadeza inquietante.




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