La Tumba Sin Nombre

13

La casa de su tía olía a cebolla dorándose y a hierbas frescas. Nada extraordinario. Justamente por eso era reconfortante.

Athenas cortaba verduras mientras su tía revolvía una olla, hablando de cosas pequeñas: el clima que no se decidía, una vecina nueva, el caos habitual de la municipalidad. Al día siguiente tenía que ir a clase allí, y aunque no lo decía en voz alta, estaba nerviosa.

—Mi profesora de cocina dice que soy buena —comentó su tía sin mirarla — Aunque en mi defensa, tu abuela me enseñó todo lo que sé.

Revolvía con soltura

—Con tu madre no pasó igual, se fue de la casa cuando tenía 16 años. Se fue con tu padre, a vivir la vida. Era emocionante, viajaron por el mundo, conocieron muchos lugares, luego volvieron cuando ella tenía 19 años, estaba embarazada de ti. Tomaron la propiedad que tu padre tuvo por herencia y la hicieron el cementerio, al final todo salió bien.

Athenas sonrió, ya conocía la historia, sus padres fueron grandes aventureros y eso la llenaba de ternura. Pero Cyan no salía de su mente…

—Tía… —dijo al fin—. ¿Alguna vez has tenido la sensación de que cosas que no son reales… sí lo son?

La cuchara se detuvo un segundo.

—¿Cómo qué cosas?

—No sé —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Fantasmas. Personas que no encajan del todo en lo que entendemos. Cosas así.

Su tía soltó una risa breve, más nostálgica que burlona.

—Hace años tuve un novio —dijo—. Bastante peculiar. Creía en lo paranormal, en energías, en puertas que no siempre están cerradas.

Athenas alzó la vista, interesada.

—Una noche quiso ir al cementerio —continuó—. Tú eras apenas una niña.

—¿Al cementerio? —repitió Athenas.

—Sí. —Su tía bajó el fuego—. Él quería cumplir una fantasía y hacer… ya sabes.

Athenas rió.

—Sí, entiendo.

—Pero justo ahí —añadió su tía, más seria— sentí algo raro. Como si ese lugar no estuviera del todo muerto. Las tumbas… los nichos estaban vacíos, y aun así era como si respiraran. Como si algo allí, estuviera despierto.

Athenas dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Nunca te preguntaste qué era eso? —preguntó.

Su tía asintió despacio.

—Llegué a la conclusión de que no todo es casualidad. Tal vez lo que sentí era la tierra reclamando a sus ocupantes.

Hizo una pausa.

—Suena raro, lo sé. Pero creo que, en alguna parte de este mundo, en alguna calle, alguna cama… ya está nuestro nombre. Esperando el día en que nos toque partir y dejar el cuerpo justo donde pertenece.

Athenas se quedó en silencio, esa idea asentándose en su pecho como una piedra tibia.

¿Y si el lugar donde vamos a morir ya existe?

¿Y si solo espera el momento correcto para reclamarnos?

Esa noche, después de cenar, vieron una película juntas. La casa estaba en penumbra cuando una melodía de violín llenó la sala.

Athenas se tensó.

Era la misma que había escuchado ese día en el cementerio.

—Espera… —murmuró—. ¿Tú escuchas eso?

—Claro. Es música clásica. De seguro son los vecinos — comenta Francia sin darle importancia.

—No entiendo, es como si la hubiera escuchado antes, pero no recuerdo de dónde.

—Bueno, tu madre me contaba que te la ponía cuando eras pequeña. Decía que te haría más inteligente.

—¿Cómo es posible que no la recuerde?

—Porque tenías dos años, a lo mucho. Luego dijo que te hizo “rara” y dejó de hacerlo.

Ambas rieron. En su mundo esa palabra no era un insulto.

Más tarde, cuando la película terminó, su tía la miró con atención.

—¿Por qué no quieres salir con hombres reales?

Tardó en responder.

—No me da miedo que me lastimen —dijo—. Ni que me engañen. Pero desde pequeña he visto morir personas. He visto a las familias romperse. El dolor de la pérdida. No quiero perder a alguien. No quiero enterrar a quien amo y ver cómo los recuerdos también mueren.

Su tía suspiró.

—Siempre le dije a tu madre que hacerte crecer en un cementerio no era buena idea. Pero vivir atada al miedo tampoco lo es. Todos vamos a morir. No sabes si morirás antes que tu pareja o si llegarán juntos al final. No puedes encerrarte por eso.

—Con K todo es fácil —respondió ella, casi en un susurro.

—Porque no es real —dijo su tía con suavidad—. K dice lo que quieres escuchar, te abraza cuando tú lo decides. Las personas reales no se controlan. Y eso es lo bueno y lo malo al mismo tiempo.

Ella pensó un momento.

—¿Y tú? ¿Por qué no tienes pareja?

Su tía sonrió, sincera.

—Lo intenté. De verdad. Tuve muchos novios. Viví cuatro años con uno. Pero entendí que esa vida no era para mí. Soy una mujer de mi espacio y de mi tiempo. Compartirlos no me resulta fácil. Al menos lo intenté. Viví, aprendí, crecí… y llegué a mi conclusión.




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