Athenas llegó a la clase de defensa personal con la mente todavía dispersa. El tatami olía a limpieza reciente y a esfuerzo acumulado.
La clase estaba llena, el profesor empezó con la lección del día. Prestó atención y se esforzó en hacer las cosas bien. Pateo, golpeó, desestresó su mente. Se propuso concentrarse solamente en el aquí y el ahora, no divagar más.
Al finalizar estaba relajada, con un suave agotamiento.
El profesor se le acercó.
—Quería disculparme por la otra noche —dijo—. En serio lo que pasó se salió de mis manos…
—No hay problema —respondió ella con una sonrisa educada—. De verdad.
Él pareció relajarse.
—Si quieres, podríamos ir al cine ahora, estoy libre.
Estuvo a punto de decir que sí. La palabra ya se formaba en su boca cuando algo llamó su atención. Cyan pasó frente a la puerta del salón, caminando con paso seguro, con unos libros en sus manos.
El mundo hizo un pequeño giro.
—En otro momento —dijo, casi de inmediato—. Tengo unas cosas que hacer.
El asintió, sin insistir.
Ella siguió a Cyan y lo alcanzó en el pasillo.
—Hola —lo saludó.
Ese día vestía una camisa de botones verde olivo y un pantalón blanco, su cabello seguía alborotado y se le empezaba a notar un leve rastro de barba.
—Hola, Athenas —respondió él con amabilidad—. ¿Ya tienes alguna idea para tu negocio?
—Aún no —admitió.
—Entonces entra a mi clase —dijo—. Tal vez te sirva para aclararte.
Ella dudó solo un segundo antes de asentir.
Camino, apenada hacía uno de los pupitres. Cyan tomó el frente con naturalidad y empezó la clase. Su voz era clara, firme, imposible de ignorar.
—Para la siguiente actividad —anunció—, trabajarán en parejas. Elijan bien a su socio.
Athenas miró alrededor, aún indecisa, cuando un hombre se le acercó. Tendría unos cuarenta años. De esos que no eran exactamente guapos, pero sí atractivos. Seguro. Bien cuidado.
—¿Hacemos pareja? —preguntó.
—Claro —respondió ella.
Se sentó a su lado.
—Osvaldo Aguilar.
—Athenas Valcárcel.
Osvaldo empezó a hablar con naturalidad.
—Tengo cuarenta y dos —dijo—. ¿Y tú?
—Veintisiete. Sigo estudiando. Todavía no tengo claro qué quiero hacer con mi vida.
—Entonces es porque las opciones que estás evaluando no son las correctas —respondió sin arrogancia—. Yo crecí en una familia de abogados. Cuando salí de ahí, no sabía quién era. Todas mis referencias estaban mal.
Athenas lo escuchó con atención.
—Salí al mundo, viajé, probé… y encontré mi vocación. Capitán de barcos. Ahora manejo un crucero.
—Eso suena increíble —dijo ella, genuinamente impresionada.
—Tiene buenas rutas —sonrió.
—¿Qué haces en esta clase? —Preguntó ella con curiosidad.
—Me interesa importar cosméticos asiáticos. Está muy fuerte ese mercado —asintió—. Aunque no lo parezca, me gusta mucho la cosmética. Soy algo vanidoso.
—Se nota que te cuidas — respondió con sinceridad.
—Tú serías una modelo perfecta —añadió—. Tienes un rostro hermoso.
Algo en él era atractivo, tal vez su tono de voz, el olor de su perfume, su cabello marrón peinado a la perfección, algo...no sabía que era con claridad, pero te dejaba atrapada.
Cyan se acercó hasta ellos.
—¿Han avanzado con la actividad? —preguntó con voz seria.
—Sí —respondió Osvaldo, mostrándole el papel.
Cyan lanzó una mirada directa a Athenas. Una mirada de disciplina silenciosa. No fue larga, pero fue suficiente para incomodarla.
Luego se marchó.
Ella quedó confundida, con una sensación extraña en el pecho.
Al final de la clase, Osvaldo las invitó a comer a ella y a su tía.
—Es guapo —dijo su tía en susurro a ella mientras subían en la camioneta de Osvaldo.
—Es mayor —respondió Athenas de la misma forma—. Tiene cuarenta y dos.
—Guapo y punto —sentenció—. Tuviste suerte. Yo solo conocí a una abuelita hoy.
El restaurante se abría casi por completo hacia la playa. El mar estaba allí, sin esfuerzo, brillando con una calma que parecía ensayada solo para ellos. La brisa entraba suave, moviendo servilletas, cabellos y pensamientos. El sol caía con delicadeza, lo justo para sentirse en la piel sin quemar.
Ella se acomodó en la silla, consciente de su ropa. Llevaba una camisa ancha de anime y un pantalón igual de holgado. Nada elegante para ese lugar de copas finas y manteles claros, pero decidió no castigarse por eso. Quería disfrutarlo.
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Editado: 22.02.2026