La Tumba Sin Nombre

15

Eran las diez de la mañana, la hora perfecta para que el cementerio empiece a llenarse. Ella limpiaba una lapida cuando se le acercó Merida con una rosa roja marchita.

—Otra rosa muerta —dice Athenas—. Deberías cobrar menos por estas.

—O más —responde Mérida—. Son honestas. No prometen durar.

Athenas sonríe, luego pregunta sin mirarla:

—¿Has hablado con el hombre que deja flores en las tumbas sin nombre?

Mérida niega.

—Nunca. Ni me mira.

—¿Y no te parece raro?

Mérida se encoge de hombros.

—En este lugar todo es raro. La gente habla sola. Llora frente a piedras. Le lleva flores a quienes ya no pueden olerlas.

Hace una pausa, más larga de lo necesario.

—Lo raro sería que alguien viniera sin ningún motivo.

Athenas levanta la vista.

—¿Crees que él tiene uno?

Mérida la observa por primera vez con seriedad. Baja un poco la voz, como si el cementerio escuchara.

—Creo que anda con los chicos de negro.

Athenas frunce el ceño.

—¿Qué chicos?

—Los de atrás —dice Mérida—. Los que se juntan donde ya no entra casi nadie. Se toman fotos, hablan de cosas raras, hacen rituales… ya sabes.

Athenas los recordó enseguida. Jóvenes fascinados con la muerte, siempre vestidos de negro. Iban, se quedaban horas, murmuraban entre ellos. Nunca rompían nada, nunca molestaban a nadie. Por eso nadie les prestaba demasiada atención.

—No son vándalos —dice Athenas—. Siempre han sido… inofensivos.

Mérida niega lentamente.

—Eso no es lo que me da mala espina.

Athenas espera.

—Ellos también usan rosas rojas.

La frase cae pesada.

—¿Rosas? —pregunta Athenas.

—Siempre. Las traen nuevas, perfectas… y al rato están igual que estas —dice, tocando la flor marchita—. Como si algo las apagara.

Siente que algo encaja, aunque no le gusta la forma.

—Entonces… —murmura— habría que hablar con ellos.

Mérida asiente, sin sonrisa.

Esperó un poco más tarde para hablar con los chicos.

La parte trasera del cementerio era distinta.

Los nichos pertenecían a otra época, cubiertos de hierba áspera y polvo viejo, como si el olvido hubiera aprendido a crecer allí. Esa había sido la primera etapa del camposanto. Los familiares de esos muertos se habían ido lejos, o se habían muerto también, o simplemente habían dejado de volver. Nadie reclamaba ese territorio.

Avanzó despacio.

Los vio antes de que la vieran a ella.

Eran cuatro. Vestían de negro absoluto. No hablaban; se comunicaban con miradas breves, casi ensayadas. En el centro, sobre una tumba sin nombre, descansaban rosas rojas. Demasiadas. Algunas frescas, tensas aún. Otras vencidas, con los pétalos caídos como si algo las hubiera agotado desde dentro.

Uno sostenía una cámara.

Otro trazaba símbolos con tiza blanca.

Una rama crujió bajo su zapato.

Los cuatro giraron al mismo tiempo.

—Perdón —dijo ella—. Trabajo aquí. Y esta zona no es para reuniones.

El que parecía mayor la observó sin prisa, como si ya supiera que iba a llegar.

—Tampoco creo que alguien se esté quejando —respondió—. No hacemos nada malo.

Athenas respiró hondo.

—¿Qué hacen?

Este dio un paso al frente. Tenía el cabello rizado, largo, y una barba delineada con demasiada precisión para ese lugar.

—Hablamos con los muertos —dijo—. Hacemos videos de terror.

Le mostró su celular.

Pantallas llenas de sombras, títulos sugerentes, voces susurradas.

—Podcast paranormal —añadió—. Nada ilegal.

Athenas bajó la vista hacia el centro.

—¿Por qué rosas rojas?

El chico a su lado, más arreglado, respondió sin dudar:

—Son enigmáticas. Representan la sangre, el amor, la pasión.

Athenas sacó el teléfono. La luz azulada iluminó su rostro.

—¿Lo conocen?

Les mostró la foto de Cyan sacada de su red social.

El silencio cambió. Se volvió espeso.

Uno de ellos asintió lentamente.

—Sí. Lo conocemos. Viene a veces. Nos pide rosas, le damos un ramo… y se va.

Athenas sintió un tirón seco en el pecho.

—¿Hablan con él?

—No mucho —dijo el de la cámara—. No le gusta conversar.




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