Ya estaba lista para salir, se preparo un café y sentó en el mueble morado de su sala. Osvaldo la iría a recoger pronto, la llevaría al teatro, la idea le provocaba una emoción nueva, nerviosa, como una puerta que nunca había probado abrir.
Su madre la observaba desde la cocina mientras se servía una taza.
—¿Así que teatro? —comentó—. Nunca te había visto tan entusiasmada.
—Nunca he ido —admitió —. Me parece… distinto. Elegante. Como si estuviera entrando en otra vida por unas horas.
Llevaba un vestido morado de líneas sobrias y elegantes. Ajustado en la cintura por un cinturón fino amarillo, caía con un vuelo controlado hasta media pierna. El cuello cerrado y las mangas largas le daban un aire contenido, casi solemne, como si la prenda hubiera sido pensada para un día refinado.
Grecia se apoya en la encimera de la cocina.
—¿Y Osvaldo? —preguntó—. Me parece un poco mayor para ti.
—Puede parecerlo —dijo — pero no soy una niña, así que no creo que este mal.
La mujer dudó. Le dio un sorbo a su café.
—Tuve un sueño extraño —dijo al fin—. Soñé que alguien me decía que Osvaldo no te convenía.
Eso la detuvo.
—¿Quién? —preguntó.
—El hombre del cementerio —respondió su madre, con naturalidad—. El de las tumbas.
Su corazón dio un salto incómodo.
—¿Cuándo soñaste eso?
—Anoche. Lo que es extraño, por que hablé con el hacía una semana.
Eso era nuevo. Demasiado nuevo.
—¿De qué hablaron?
—Quería saber más de él —respondió—. Me dijo que vive en el centro, que está dando clases en la municipalidad.
Hizo una pausa, como si recién lo recordara.
—Lo curioso es que vive en el mismo edificio que tu tía Francia.
Esa información le llegó como un dardo.
—¿Cómo que vive ahí?
—Alquila el departamento de arriba —explicó—. Es músico. Toca violín y guitarra.
Algo encajó con un clic silencioso.
La melodía.
—Mamá… —dijo Athenas—. ¿Tú me ponías música clásica cuando era niña?
—Claro —respondió—. Pero no clásica de la que todos conocen. Tu padre y yo nos enamoramos de Irlanda. Te poníamos música folclórica de allá.
Sonrió con nostalgia.
—Para quien no la conocía, sonaba como música clásica.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Recuerdas alguna melodía?
—Sí —dijo—. Había una que siempre te hacía dormir rápido. Te tranquilizaba. Te la poníamos casi todas las noches.
La miró con atención.
—Hasta que empecé a notar que hablabas sola mientras sonaba. Entonces pensé que era la música… y lo dejé pasar.
Athenas rió suavemente.
—Es normal. Los niños tienen amigos imaginarios.
Se incorporó.
—Tu no, es que en tu caso parecían reales, era como si les dabas vida. Un día estabas hablando sola, al parecer con un niño, yo te pregunté y los describiste a la perfección. En ese momento no entendí, pero lo extraño es que semanas después yo también lo vi, tal cual como lo describiste, luego tu padre.
Ella no recordaba eso
—Al inicio lo vi normal, pero claro cuando continuo hasta tu adolescencia, te llevamos al médico. Ya para ese momento tenias tu relación con…—Alza el mentón y señala la estatua — con este.
Athenas soltó un suspiro largo.
—Ya me voy —dijo, tomando su bolso.
Su madre la acompañó hasta la puerta.
—Que te vaya bien —le dijo—. Y buena suerte.
El auto avanzaba con suavidad por la avenida iluminada. Las luces pasaban como pensamientos que no se quedaban mucho tiempo.
Osvaldo tenia un perfume que la hipnotizaba, como siguiera así, iba a ser una chica fácil esa noche.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Osvaldo, sin apartar la vista del camino.
—Normal —respondió Athenas—. Tranquilo, dentro de lo que cabe.
Él rió apenas.
—Nunca voy a entender cómo algo puede ser normal en un cementerio.
Ella lo miró un poco coqueta.
—¿Te da miedo?
—Mucho —admitió—. No podría trabajar ahí. Sentiria que todo el tiempo alguien me observa.
—Al principio es así. Luego te acostumbras. Aprendes a escuchar el silencio.
—Eso suena… intenso —dijo Osvaldo—. ¿No te cansa?
Ella pensó un segundo.
—A veces —respondió—. Pero también me ordena. Me recuerda que todo termina.
La miró de reojo, interesado.
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Editado: 22.02.2026