La Tumba Sin Nombre

17

El teatro brillaba por fuera como una promesa ajena. Osvaldo entregó las entradas con naturalidad y le ofreció el brazo.

—Palco compartido —le dijo—. Me salió la publicidad en redes. Pareció interesante. Diferente para una primera cita.

—Parece que te esforzaste, ¿no estas esperando algo a cambio?

Osvaldo niega en broma.

—Nada, pero si quieres darme algo a cambio, no voy a negarme a tu generosidad.

—Lo tendré en cuenta.

Se sientan en la zona que le asignaron. El lugar era impresionante, tomaba fotos, grababa videos, todo era clásico, pulcro, las personas parecían sacadas de una película.

—Admito que esto te pone en alto — dice mientras tomaba una foto.

Osvaldo leía el folleto

—Me gusta más ponerme debajo.

Nuevamente ese tono la hizo sonrojarse. Se giró a este, para verlo guiñar el ojo.

Pensó que lo mejor del evento era justo eso. No tendría que hablar demasiado. Sus habilidades sociales no eran su terreno más firme, sobre todo si la conversación no rozaba nada de anime. El silencio, en cambio, sabía sostenerlo.

Y si el seguía siendo tan coqueto, no sabría mucho como responder. El juego de la seducción no era su fuerte, al menos no con hombres reales, con K era sencillo.

Las luces comenzaron a bajar. Un murmullo atravesó la sala.

El sonido empezó poco a poco a rodear la sala. Ella se paralizó. Esa melodía…

Miró al escenario con una urgencia que no supo disimular. Buscó entre los músicos. Rostros borrosos. Manos en movimiento. Arcos tensos.

Y ahí estaba.

Cyan.

El corazón le dio un golpe torpe. La melodía irlandesa se elevaba desde su violín como algo antiguo, íntimo. Demasiado cercano.

Athenas se inclinó hacia Osvaldo.

—¿Ves al profesor? —susurró—. Entre los músicos.

Osvaldo entrecerró los ojos.

—Es impresionante —dijo—. Sí. Es él.

Le temblaban las manos. Tal vez irse era lo mejor.

De pronto siente como una leve sensación, de que Cyan la miraba, el miedo la ató a la silla.

Las horas pasaban y sentía que ese concierto era solo para ella, Cyan no le quitaba la mirada de encima. Cuando el evento terminó y los aplausos se apagaron, Osvaldo sonrió, entusiasmado.

—Tenemos que saludar al profe.

—Mejor no —dijo ella, rápida—. Está con sus amigos.

—Tonterías.

Antes de que pudiera negarse, la tomó del brazo y la condujo por unas escaleras hacia la parte baja del teatro.

Entonces lo vio de cerca.

Cyan saludó a Osvaldo con cortesía. Luego miró a Athenas. Su expresión se volvió seria, medida. Ella le devolvió una sonrisa tímida, casi automática.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó sin quitarle los ojos de encima a Athenas.

—Estamos en una cita —respondió Osvaldo, sin dudar.

Cyan sostuvo el silencio un segundo de más.

—Maravilloso —dijo al fin—. Se nota que se llevan muy bien.

Osvaldo asintió, satisfecho.

—Voy al baño —anunció este.

—Yo voy contigo —dijo Athenas.

Dio un paso, pero sintió una presión firme en el antebrazo. Se detuvo.

Él la sostenía con una fuerza posesiva.

Cuando ella alza la vista, este empieza aflojar de inmediato, como si recordara dónde estaba.

—El baño de mujeres queda al otro lado —dijo, señalando el extremo opuesto—. Te equivocas de pasillo.

El contacto se fue retirando como una marea traicionera, dejando la piel demasiado despierta. Athenas caminó en la dirección que él le había indicado sin saber bien cómo sus piernas seguían respondiendo.

Entró al baño buscando algo firme a lo que aferrarse. Cerró la puerta. Y se recostó en una pared, trataba de respirar y calmarse.

No ahora.

No en su cita.

No cuando intentaba decidir si los hombres reales podían competir con K.

La puerta se abrió de golpe.

—Athenas.

Cyan entra abruptamente.

No preguntó. No dudó. Caminó hasta ella y quedaron frente a frente, tan cerca que el aire entre ambos parecía insuficiente. Su rostro mostraba un esfuerzo tenso, como si sostuviera algo roto por dentro.

—¿Qué quieres de mí?

Le dice cansada

Cyan soltó una risa breve, rota.

—¿De verdad no lo sabes?

Se acercó más.

—Te quiero a ti. Te quiero conmigo. Y me vuelve loco que sigas fingiendo que no lo entiendes.

—No comprendo nada —susurró—. Estás en todas partes… y al mismo tiempo no estás.




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