La Tumba Sin Nombre

18

Estaba sentada frente al psiquiatra con las manos entrelazadas, apretándose los dedos como si así pudiera mantenerse completa.

—No sé qué está pasando —dijo, con la voz opaca—. Veo a un hombre. A veces pienso que no es real… pero otros lo ven. No como yo lo veo. Yo lo veo distinto. Y eso me confunde.

El doctor no tomó notas de inmediato. La observó. Demasiado atento.

—Aunque ese hombre exista —respondió al fin—, las experiencias que estás teniendo pueden ser producto de tu imaginación. Lo importante no es si él es real, sino lo que te está provocando.

—Me está haciendo daño —admitió—. Y estoy cansada. Esto nunca me había pasado.

El psiquiatra suspiró, como quien confirma algo que ya sabía.

—La primera vez que te vi —dijo con calma—, supe que eras una paciente esquizofrénica.

Ella solo bajó la mirada avergonzada, odiaba ese diagnóstico.

—Pero también supe algo más —continuó—. Aprendiste a convivir con tu condición. A diferenciar la realidad de la fantasía. Muchos pacientes no lo logran.

Hizo una pausa.

—Entonces… ¿por qué ahora no puedo?

El doctor no esquivó la pregunta.

—Porque algo nuevo irrumpió en tu estructura —dijo—. Algo que no estaba antes. Y tu mente, que durante años sostuvo un equilibrio delicado, ahora está sobre exigida.

Tomó una hoja en blanco y dibujó dos líneas paralelas.

—Esta es la realidad. Esta, la fantasía. Durante mucho tiempo supiste en qué lado estabas parada. Pero cuando una experiencia se repite, se valida socialmente y además carga una emoción intensa, puedes olvidarte de que lado estas.

Las líneas casi se tocaron.

—No es que estés fallando —aclaró—. Es que estás agotada.

Cerró los ojos.

—Me está haciendo daño —dijo—. Y aun así… hay una parte de mí que no quiere soltarlo.

—Eso también es normal —respondió él con firmeza—. No significa que quieras sufrir. Significa que tu mente se aferró a algo que le daba sentido, seguridad, o compañía.

Hizo una pausa, midiendo sus palabras.

—Por eso no quiero que enfrentes esto sola.

Ella lo miró, confundida.

—Quiero proponerte algo más que medicación —continuó—. Un grupo de apoyo. Personas que viven con esta misma condición. Personas que también luchan cada día por distinguir lo que sienten de lo que es.

—No soy como ellos… —murmuró enojada —. Yo funcionaba.

El doctor negó suavemente.

—Y sigues funcionando. Pedir ayuda no te quita eso. Te lo devuelve.

Sacó un folleto del cajón y lo deslizó hacia ella.

—Allí no te van a decir que estás loca. Nadie va a invalidar lo que ves o sientes. Van a ayudarte a anclarte cuando la mente empieza a flotar demasiado lejos.

Ella tomó el folleto con dedos temblorosos.

—¿Y si no puedo? —preguntó—. ¿Y si ya es tarde?

—No es tarde. Pero sí es urgente.

El silencio se cargó de algo distinto. No miedo. Necesidad.

—También quiero que inicies tratamiento —añadió—. No para borrarte. Para protegerte. Para que puedas pensar con claridad mientras hacemos el trabajo más difícil.

—¿Cuál? —susurró.

—Aprender a no creerle a todo lo que tu mente te dice cuando estás vulnerable.

Sintió que se quebraba. Las lágrimas llegaron sin permiso.

—Estoy cansada —confesó—. No quiero sentirme así nunca más.

Le acercó una caja de pañuelos.

—Entonces acepta la ayuda —dijo con suavidad—. Déjanos acompañarte.

Respiró hondo. No quedaba orgullo. No quedaba resistencia. Solo miedo… y ganas de sostenerse de algo real.

—Está bien —dijo al fin—. Voy a ir al grupo. Voy a tomar el tratamiento. Haré lo que sea.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.