La casa la recibió con un silencio espeso, de esos que no consuelan.
Athenas dejó las llaves, se sirvió un vaso de agua y colocó las pastillas en la palma. Las observó un segundo, como si fueran un pacto diminuto. Se las llevó a la boca. Tragó. Otra vez agua. Cerró los ojos.
El teléfono vibró.
Osvaldo: ¿Estas bien?
Ella respondió casi de inmediato. No importaba si le gustaba o no. No importaba nada, salvo una decisión recién nacida y frágil: aferrarse a lo real. A lo que estaba ahí. A lo que no la desarmaba.
Escribieron un poco. Mensajes simples. El gimnasio. El teatro. La noche. Normalidad prestada.
Entonces lo vio.
La estatua de K estaba donde siempre, frente a ella, mirándola con esa quietud que antes le daba paz. Esta vez no. Esta vez fue un golpe en el pecho. El aire se le quebró.
Cayó de rodillas.
—Perdón —susurró, y la palabra se le deshizo—. Perdóname.
Se abrazó a sí misma, temblando.
—No puedo seguir así. Me estoy rompiendo. Contigo nunca me sentí mal, nunca… pero ya no puedo.
Las lágrimas llegaron sin orden, sin freno. Lloró hasta que el cuerpo empezó a pesarle menos. Hasta que el medicamento le fue apagando los bordes del mundo. Se quedó dormida en el suelo.
TOC...TOC
El golpe de la puerta la despertó. Un sonido seco.
Se levantó desorientada, el corazón galopando. Abrió.
Su madre estaba allí. Y a su lado, Cyan.
El mundo se torció.
—No —dijo Athenas, retrocediendo—. No es real.
Negó con la cabeza, cerró la puerta de golpe y se dejó caer en el suelo. El llanto volvió, más salvaje.
La puerta se abrió de nuevo.
—Athenas —la voz de su madre estaba cargada de alarma—. ¿Qué te pasa?
Cyan entró detrás, confundido.
—Me preocupé —dijo él—. No fuiste a clases.
—No estoy inscrita en tu clase —gritó ella—. ¡No eres real! ¡Tú no eres real!
Cyan la miró, auténticamente perdido.
—No entiendo lo que dices.
Su madre palideció.
—Voy a buscar a tu padre —dijo—. Ahora vuelvo.
—No me dejes sola con él —suplicó.
—Cálmate —respondió su madre, más nerviosa que firme, antes de salir.
El silencio volvió a cerrarse.
El se quedó de pie, sin saber dónde poner las manos. Athenas lo observaba como si fuera una trampa.
—Voy por agua —dijo él al fin.
Corrió a la cocina, llenó un vaso y se lo acercó. Athenas lo tomó y, sin pensarlo, lo lanzó al suelo. El vidrio estalló. Un corte rojo apareció en su propia mano.
Cyan dio un paso atrás.
—¿Por qué hiciste eso?
Se acercó enseguida, buscando con qué ayudarla. La sentó en el sofá con cuidado, como si ella fuera frágil y peligrosa al mismo tiempo.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Ella lo miró. La ropa. El perfume. El calor de sus manos. Todo se sentía insoportablemente real.
—¿Quién eres? —preguntó—. Dime tu apellido.
—Cyan Lethair.
Mientras limpiaba la herida, ella no apartaba los ojos de él. Cada gesto le parecía una amenaza disfrazada de cuidado.
Él sonrió, nervioso.
—Eres bonita, ¿lo sabes?
Ella alzó la vista y vio la estatua en la esquina.
—Es verdad que te gusta el anime —dijo, siguiendo su mirada.
—Él no es solo un muñeco —respondió ella—. Es mi novio.
Cyan se quedó quieto un segundo. Luego soltó una risa breve.
—Entonces tiene mucha suerte.
Algo en ella empezó a calmarse, como si el cuerpo decidiera rendirse antes que la mente.
—Soy buen cocinero —añadió él—. Si quieres, puedo prepararte algo.
—No hace falta —dijo ella—. Ya hiciste bastante.
Lo observó de nuevo, con una lucidez dolorosa.
—¿Por qué pides a los chicos que dejen flores en tumbas vacías?
Se apoyó en el respaldo del sofá.
—Así se pueden negociar con la Muerte cuando llegue la hora —respondió con naturalidad—. No todos se van con la lista completa. A algunos les queda mucho por vivir.
—¿Tú has negociado con ella?
Sonrió, casi burlón.
—He empeñado muchas cosas.
Athenas se puso de pie de golpe.
—¿Tienes algún poder para meterte en la mente de la gente?
Cyan la miró sorprendido. Luego rió.
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Editado: 22.02.2026