La casa de sus padres era modesta, pero acogedora. Estaba ubicada en un extremo tranquilo del cementerio, rodeada de árboles que suavizaban la vista de las lápidas. Las paredes claras dejaban pasar la luz de la tarde, y las ventanas, siempre limpias, daban una sensación de hogar.
Dentro, todo era sencillo y ordenado: muebles de madera, fotografías y ese aroma que solo tienen las casas donde alguien espera.
Athenas llegó a casa un poco tarde.
Su padre estaba en la sala.
—¿Dónde estabas? —preguntó, sin reproche, solo rutina.
—Fui a la terapia grupal —respondió sirviéndose un plato —. Como les prometí. Conocí a una chica llamada Veronika. Es de mi edad, amable. Fuimos al centro comercial… nada más.
Grecia apareció desde la cocina, con los ojos encendidos.
—¿Una amiga?
—No —corrigió Athenas—. No somos amigas. Solo comimos helado.
—Pero igual —dijo Grecia, sonriendo—. Saliste.
No respondió. El cansancio le pesaba distinto, esta vez era solo físico. Comió, mientras los escuchaba hablar del día en el cementerio.
—Me voy a acostar.
Dijo saliendo hasta su casa.
Al llegar todo estaba donde lo había dejado.
Se recostó en su cama. El techo estaba cubierto de posters de K, mirándola desde distintas versiones de sí mismo. Familiar. Seguro. Luego giró la cabeza
La estatua estaba allí.
Suspiró.
—¿Estás bien? —murmuró—. ¿Te molesta que intente tener una vida lejos de ti… de la aldea… de todo lo que construimos juntos?
El silencio respondió.
Se imaginó su voz.
Haz lo mejor para ti.
—Eso fue lo que me dijiste cuando quise intentar algo con el padre - sensei de tu alumno… el rubio —susurró—. Pero no fue lo mismo que contigo.
Suspiró de nuevo y miró al techo.
Entonces ocurrió.
Sin aviso. Sin transición.
Cyan apareció sobre ella.
Viéndola con un terrible odio.
—Hola.
Le dice en un tono sarcástico.
El peso fue real. El aire se le fue del pecho.
Athenas gritó.
Desapareció.
Se incorporó de golpe, el corazón golpeándole en el pecho. Temblaba. No como cuando imaginas algo. Como cuando lo ves.
—No… —susurró—. Fue real. Yo lo vi.
Se levantó y salió de la habitación, caminando rápido, buscando algo firme. Algo que no dependiera de su mente.
La sala estaba en penumbra.
En la mesa había un ramo de geranios azules.
Encima, una nota escrita con letra desconocida:
¿Podrías poner esto en la tumba de Emily?
No podía ceder.
No esta vez
Pero esos geranios...eran reales.
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Editado: 22.02.2026