Estaba en casa de Francia. Esta vez la visitó solo porque sí, se sentía un poco mal y su madre la envió para cuidarla. Estaban sentadas comiendo una sopa que Athenas había hecho.
Francia fruncía el ceño a cada cucharada, como si el sabor le trajera recuerdos que no quería masticar.
—¿Qué? —preguntó Athenas, a la defensiva.
—Nada —respondió Francia—. Solo confirmo por qué nunca pido ayuda cuando estoy enferma.
—Eso es mala educación.
—Sí. Pero hay confianza.
El silencio volvió a sentarse entre ellas.
Entonces pensó en el departamento de arriba.
—¿Conoces al vecino?
—No. Se mudaron hace unos meses, cuando viniste por primera vez. Nunca he hablado con ellos.
Athenas dudó, como si la pregunta siguiente pudiera romper algo.
—¿Y la música? ¿Has escuchado la melodía… otra vez?
Francia negó lentamente.
—Para ser sincera, son tan silenciosos que a veces pienso que no vive nadie allí. Solo la he escuchado dos veces, pero suena delicada, supuse que eran musicos.
La frase quedó suspendida, sin caer del todo.
Cuando llegó la noche, se fue acostar al igual que Francia.
La habitación será sencilla, una cama individual pegada a la pared blanca, una ventana mediana por donde entraba una rica brisa, un ropero que en ese momento solo tenia la muda de ropa de ella.
Se recostó.
Y entonces la melodía volvió a sonar.
Athenas se incorporó de golpe.
—No sabe tocar otra cosa… —murmuró, más para convencerse que para quejarse.
Se pone de pie y casi por impulso empieza a caminar hacía la puerta, la abre temblorosa, para caminar por el pasillo, el corazón le latía con fuerza.
El pasillo estaba tenuemente iluminado. El silencio era tan limpio que la música parecía mancharlo. Aquella melodía no se escuchaba: envolvía. La hacía recordar un frondoso bosque lleno de criaturas mágicas.
Subió las escaleras. A cada paso la música se volvía más clara, más intensa, como si la estuviera esperando.
Tocó la puerta.
Se detuvo.
Escuchó pasos.
La puerta se abrió.
Cyan estaba allí. Sonreía como si hubiera sabido que ella iba a llegar.
Despeinado. Solo un pantalón negro. El torso descubierto, vulnerable y ajeno a la vez.
Athenas se sonrojó.
—Bonita pijama — Le dice al ver su pijama blanca de ositos.
Ella se percató de que su atuendo no era para nada sensual
—Al menos estoy vestida.
Lo señala a él, este le da una sonrisa coqueta.
—Tenía calor. ¿Te puedo ayudar en algo?
Se hace a un lado para que ella pase.
No sabe por que acepto, claramente era una mala idea, pero Cyan era hipnotizante, como una mala decisión que te esposaba.
—Perdón —dijo ella, apresurada—. Estoy abajo y escuché la melodía. Me pareció curiosa… no muchos conocen música irlandesa.
Él rió con suavidad.
—Es normal. Yo nací en Irlanda.
—Es mucha casualidad —murmuró Athenas.
El departamento estaba casi vacío. Solo un banco frente a una partitura. Nada más.
—No tienes mucho —comentó ella.
—Necesito poco —respondió—. Aunque ahora que lo dices… quizás un sofá y un comedor no me hagan daño.
Este se sentó en el suelo y la invitó a sentarse a su costado. Ella lo hizo —lamento no tener nada que ofrecerte, usualmente como en la calle.
—No te preocupes.
—¿De dónde viene la melodía? —preguntó.
—De mis ancestros. Mis padres solían tocarla para mí cuando era niño.
—¿Ellos…?
—Siguen vivos. En Irlanda. Galway. Con mi hermana.
—¿La de las fotos? —preguntó ella, recordando sus redes.
—Así es. Viajé a verlos en el 2019, quedé atrapado allí por la pandemia dos años. Somos mellizos, bastante unidos, es una persona única y amable.
—Esa melodía que tocas, mi madre comentó que la colocaba para mi cuando era niña. Es curioso, por que la reconocí sin recordarla.
—Puede pasar, nuestra mente es una con baúl, a veces tenemos cosas allí metidas que siguen allí, aunque no las recordemos. Solo esperando el día que la necesitemos para sacarlas.
Ella se encontraba apenada
—¿Por qué crees que las puedo necesitar ahora?
El reflexino
—No lo sé, tal vez, es el momento de que sepas quien eres, lo que eres.
—Trato de mantenerme “sobria”, mentalmente hablando.
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Editado: 22.02.2026