La Tumba Sin Nombre

26

El frío de la noche en el cementerio no era lo que incomodaba, sino el olor a rancio dentro del mausoleo. Era una habitación pequeña, asfixiante, donde el polvo bailaba bajo la luz de las linternas y los vidriales de colores proyectaban sombras distorsionadas sobre las paredes devoradas por telarañas.

Era un escenario macabro, perfecto para el morbo de la audiencia de Kayser.

Athenas se mantenía a un costado, encogida en una esquina para no arruinar el encuadre de la cámara. No entendía del todo cómo se había dejado arrastrar, pero la paga era lo suficientemente generosa como para ignorar la irritación. Al menos, su única tarea era vigilar que nadie robara nada.

—Bienvenidos a este especial de aniversario —susurró Kayser a la cámara, con ese tono de voz que usaba para generar misterio—. Hoy nos preguntamos: ¿habitan realmente los espíritus en los cementerios? ¿Qué se siente al mirar a la muerte a los ojos?

Escuchaba atenta, pero con un deje de desprecio. No aprendía nada nuevo. Los chicos hablaban de experiencias con la muerte como si fueran cuentos de fogata, para ella la muerte no era alguien, era un evento inevitable.

—Hagamos una pausa para revisar los niveles de audio —indicó uno de los chicos.

Aprovechando el respiro, Athenas se puso de pie. Necesitaba aire que no supiera a polvo.

—Saldré a caminar un rato —anunció sin esperar respuesta.

Caminar por el cementerio de noche era la actividad más relajante del mundo. Mientras los demás se estremecían, ella se sentía en paz. El miedo de la gente era una cuestión de costumbre, una respuesta programada ante lo desconocido.

Se alejó del mausoleo, dejando que la oscuridad la envolviera como una manta familiar. Sus pasos la llevaron, casi por inercia, frente a la tumba de Emily López. Se quedó mirando las flores, preguntándose por qué esos geranios duraban tanto. Ya habían pasado semanas, y seguían allí, vibrantes, como si acabaran de ser cortados.

Fue entonces cuando el aire se volvió pesado.

La brisa empezó a abrazarla, sentía unos brazos cálidos en su espalda acariciándole el alma.

Un suave frio llegó hasta su oído.

—La felicidad tiene algo de locura… — le susurra como un suspiro de la brisa.

Quedó petrificada. Tenia miedo de girarse, de moverse, incluso de respirar, los brazos la soltaban poco a poco.

Un fuerte destello la obligó a cerrar los ojos. Al abrirlos, no podía creer lo que estaba viendo, todas las velas del cementerio se encendieron de golpe con una llama azulada y hambrienta.

A lo lejos, escuchó un grito sordo. Kayser apareció corriendo por el sendero, con el rostro pálido y la cámara temblando en su mano.

—Athenas… —logró decir, con la voz rota—. Dime que tú también escuchaste eso.

—Si — le dice sin dejar de ver las llamas danzantes en medio de la oscuridad.

—Lo grabé, no puedo creerlo es la primera vez que veo algo así.

No respondió. Sus ojos estaban fijos en un punto detrás de Kayser: una silueta femenina, vestía un traje gris, cabello negro.

Su mirada amargada estaba fija en ella. Era Emily, quien le indicaba que hiciera silencio.

¿Por qué? ¿Por qué Emily era el único espíritu que parecía ante ella?

Los chicos estaban emocionados ante esa experiencia, aunque esta no se grabó. Kayser la contaba a sus seguidores con pasión. Cuando todo terminó, se devolvió hacía su casa en silencio. Todo después de ese susurro se volvió borroso para ella,

Al entrar, el silencio que antes le resultaba reconfortante ahora se sentía como un vacío de presión negativa.

Cerró la puerta con tres vueltas de llave, aunque sabía que, no era algo que la mantendría segura de algún espíritu.

—K... —susurró, buscando su ancla.

Caminó hacia el rincón donde la estatua de K presidía la habitación. El ninja de cabello blanco estaba allí, perfecto en su inmovilidad, con su mirada pintada fija en un punto infinito. En cualquier otra noche, Athenas se habría sentado a sus pies para contarle su día. Se habría sentido protegida por su fuerza bidimensional.

Pero hoy, la estatua se veía... pequeña.

Athenas se arrodilló frente a él, intentando forzar esa conexión que era su oxígeno.

—Pasó algo, Kayser también lo vio. Las velas... Emily... —Su voz se quebró.

Esperó. Esperó ese clic mental donde su imaginación tomaba el relevo y le devolvía una respuesta silenciosa, un consuelo invisible. Pero por primera vez en años, la estatua no era un compañero; era solo resina y pintura. El mundo de dos dimensiones, ese donde nadie envejece y nadie muere de verdad, le pareció de pronto una caja de zapatos. Estrecha. Sofocante.

¿Cómo podía un ninja de ficción protegerla?

—Háblame —suplicó, apoyando la frente contra la base de la estatua—. Dime algo, lo que sea.

El silencio fue absoluto.

Athenas levantó la vista. Los ojos de K, antes llenos de misterio, ahora le parecían planos. Sin alma. ¿Qué le estaba pasando?




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