La Tumba Sin Nombre

27

Asistió a la terapia grupal esa tarde. El círculo estaba completo. Nadie hablaba todavía, pero todos parecían esperar algo de ella.

Cuando tomó la palabra, lo hizo sin rodeos.

—Es raro, pero luego de lo que pasó. K no se sentía real — su voz salió sutil, no de golpe, si no como si se estuviera rompiendo algo en su interior.

—El no era el de siempre, era una…estatua.

Finalmente lo dijo, en voz alta.

Uno de los chicos del círculo habló primero.

—Es normal —dijo—. Ahora tienes necesidades reales. Y eso es algo que él no puede darte. Antes no las tenías.

Athenas negó con la cabeza.

—Siempre las he tenido. La diferencia es que antes mi mente… y K… me parecían suficientes.

El doctor intervino entonces, con la voz medida.

—Lo que él dice no deja de ser cierto —dijo—. Nunca te habías sentido en peligro como ahora. Antes, K podía protegerte porque todo ocurría dentro de tu mente. Estaba bajo tu control.

Hizo una pausa breve.

—Pero lo que estás viviendo ahora ya no está solo ahí dentro. Y cuando la realidad entra en juego, la fantasía pierde poder.

Athenas bajó la mirada.

—Quiero a alguien que me proteja de esto —admitió.

El doctor no suavizó lo que siguió.

—Lamento decirte que la vida no funciona como un cuento. En la vida real, si queremos protección, tenemos que aprender a dárnosla nosotros mismos.

El silencio se tensó.

—Hay que tener una visión realista del amor —continuó—. Incluso del amor real. Ninguna persona puede darnos felicidad, estabilidad o protección absoluta. Los seres humanos estamos en igualdad de condiciones. Por eso la fantasía es tan placentera.

Algunos asentían. Otros evitaban mirarlo.

—Si una mujer tiene problemas económicos —dijo—, suele fantasear con alguien que le pague todo. Para descansar, aunque sea mentalmente de la carga del trabajo pesado. Si tiene heridas emocionales, imagina a alguien que las cure. Pero la vida no funciona así. Nadie llega a salvarnos. Tenemos que levantarnos y hacer las cosas nosotros mismos.

No fue cruel. Fue honesto.

Y eso dolía más.

La sesión terminó poco después.

Athenas se quedó sentada con Veronika, empezaron a comer unas galletas que el doctor siempre llevaba. Eran extrañas, con sabor a aceituna y queso. Contra toda lógica, estaban buenas.

—¿Sabes qué? —dijo Athenas, tras un momento—. Cyan y yo nos besamos.

Veronika se iluminó de inmediato.

—¿En serio?

Pidió más galletas, emocionada. El doctor se acercó y se sentó con ellas.

Ambas giraron y lo vieron —¿Qué? — Pregunta sin entender que estaba haciendo mal.

—Nada — responde Veronika — Sigue, Athenas.

—Bueno, fue todo diferente a mis alucinaciones. El departamento estaba vacío, solo se escuchaba esa extraña melodía. Pero cuando él me vio, me sentí rota, expuesta, y aunque algo perdida, aun así, era consciente de mi misma.

El doctor la escuchó sin interrumpirla.

—Si el Cyan real parece gustar de ti —dijo finalmente—, ¿por qué sigues aferrándote a las alucinaciones del antiguo Cyan?

Athenas abrió la boca para responder. No salió nada.

—No lo sé —admitió.

—Tampoco conoces realmente al Cyan real —añadió él—. Y eso es importante.

Athenas frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué hago?

El doctor se quedó pensativo.

—Tienes que obligar a tu mente a hacerlo real —dijo—. Lo que sea. Algo que choque con la fantasía. Algo que no puedas idealizar.

—¿Cómo? —preguntó ella.

Él sonrió apenas.

—Bueno, antes a las chicas famosas se les prohibía tener novios. ¿Saben por qué?

Ambas negaron.

—Porque ellas eran fantasías. Si se enamoraban, si se casaban —dijo, señalando a Veronika—, la ilusión se rompía. La mente funciona igual. Cuando algo irrumpe y rompe la fantasía, esta se disuelve.

Athenas se quedó en silencio.

Pensó en Cyan.

En su voz.

En la melodía.

En lo poco que sabía de él.

En ese momento, su celular vibró.

Un mensaje de Osvaldo.

Estoy afuera.

Athenas levantó la vista, se despidió de Veronika y del doctor, y salió sin mirar atrás.

Osvaldo no estaba apoyado en el auto ni miraba el celular con aire distraído.

Estaba de pie, esperándola de verdad.

—Pensé que saldrías más tarde —dijo cuando la vio.




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