La Tumba Sin Nombre

28

Llevaba más de una hora frente a la computadora.

El perfil de Cyan no decía nada que ella no supiera ya. Cada foto, cada dato, cada frase… eran ecos de lo que él mismo le había contado. Como si la red también estuviera de su lado. Las cuentas de su familia eran privadas. No conseguía nada que rompiera la fantasía. Cerró la laptop, cansada.

Se levanto y fue a la cocina. Se sirvió un pedazo de la torta de chocolate que su tía había mandado con su madre. Tomó asiento en el comedor con una taza de café tibio, como si ese ritual pudiera anclarla.

Entonces lo vio.

Cyan estaba apoyado en una esquina, al costado de la estatua de K, ella baja la mirada y sigue comiendo, esperando que se fuera.

—No es real. No es real. No es real.

Se repetía compulsivamente.

—Deja de repetir tonterías —dijo él.

Alzó la cabeza.

—¿Qué quieres de mí?

Cyan caminó despacio, tocando la estatua al pasar.

—Que vivas —respondió—. La realidad es aburrida. Rutinas. Personas que fingen. Todos presos de lo que no son.

Se detuvo frente a ella.

—Tú puedes escapar.

—Necesito la realidad ahora —dijo ella—. Déjame.

Él sonrió apenas.

—La realidad necesita fantasía. Y tú siempre lo has sabido.

Athenas apretó los dedos alrededor de la taza.

—No quiero volverme loca.

—¿Y cómo sabes que los locos no son los otros? —preguntó—. Eres feliz. No haces daño a nadie. ¿Por qué eso sería malo?

Se inclinó y acarició su rostro.

El gesto fue suave. Demasiado.

No había fuerza en él, y eso la desarmó más que cualquier imposición.

—Las personas cuerdas no hablan con alucinaciones —susurró, como si repetirlo pudiera sostenerla.

—¿Y cómo sabes que soy una? —respondió Cyan con calma—. Todo podría ser real.

Ella lo miró con las manos temblorosas, no retrocedió.

—Tú no eres como el Cyan de la municipalidad. Él no es… así.

Cyan sonrió apenas.

—A puertas abiertas todos somos un poco aburridos.

La tomó con cuidado, como si pidiera permiso sin hacerlo. La levantó.

El beso llegó antes de que pudiera pensarlo. No fue brusco. No fue urgente. Fue exacto.

—Ven conmigo —murmuró cerca de sus labios—. Hay mundos que todos desean vivir.

—Tú no puedes darme realidad —dijo ella, aunque la frase salió débil, como si ya no le perteneciera del todo.

Él no respondió. La besó otra vez.

Los ojos de Cyan eran negros, sin brillo, como una noche cerrada. Athenas sintió miedo.

Y algo peor.

No era deseo. No era amor.

Era esa aceptación silenciosa que nace cuando sabes que deberías apartarte…

y aun así no lo haces.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba sola.

Vestía un vestido sencillo, de tela clara y caída suave. No tenía bordados ni joyas, solo mangas largas ajustadas en los puños y una falda amplia que rozaba el suelo al caminar. El escote era cerrado, correcto, pensado más para obedecer que para destacar. Un cinturón fino marcaba la cintura sin adornos, como una concesión mínima a su título.

Estaba descalza sintiendo el frio del suelo.

El palacio se alzaba a su alrededor, inmenso y silencioso, impecable y ajeno.

Las paredes oscuras parecían observarla.

—No deberías estar fuera de la cama —dijo una mujer que apareció sin aviso—. El señor viene pronto.

Athenas no alcanzó a preguntar nada.

La llevaron a un cuarto del palacio, amplio y perfectamente ordenado. Las paredes altas estaban cubiertas por tapices sobrios, sin escenas alegres, solo motivos heráldicos y figuras antiguas. Una cama con dosel dominaba el centro, pesada, inamovible, vestida con sábanas impecables que no conservaban ningún rastro humano. El camisón dispuesto sobre la cama era suave al tacto, de tela fina, pensado para el descanso de alguien importante.

La luz entraba medida por cortinas gruesas. No había desorden, ni polvo, ni objetos personales. Todo estaba dispuesto con una corrección casi ofensiva.

Era lujoso. Y no le pertenecía.

La mujer retira el camisón de la cama. Le dice que ese camisón es para Penelope, que ella solo se quite la ropa y quede con lo que tenga.

Dicho eso se retiran.

Se niega a quitarse la ropa y así con ese vestido se acuesta en la cama.

Cyan apareció después.

Apoderándose de la habitación y la poca bondad que esta tenía.

Era más grande de lo que recordaba, más alto, más ancho de hombros, como si la guerra lo hubiera moldeado para imponer presencia. Su cuerpo parecía hecho para resistir golpes y para darlos. Vestía un traje de guerra oscuro, pesado, aún marcado por el uso. El metal opacaba la luz de las antorchas y hacía que la habitación se sintiera más pequeña.




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