La Tumba Sin Nombre

29

Athenas despertó sobresaltada.

La luz entraba por ventanales altos, filtrada por cortinas pesadas. Era de mañana.

Eso no tenía sentido.

Se incorporó de golpe. El palacio seguía allí. Las paredes oscuras, el silencio profundo, el aire frío que no pertenecía a ningún sueño que ella recordara haber tenido antes.

—No… —murmuró—. Esto ya debería haberse terminado.

Antes de que pudiera levantarse del todo, varias mujeres entraron en la habitación. Se movían con precisión, como si la escena se repitiera cada día.

—Por orden del príncipe Cyan, la princesa será bañada y vestida —dijo una de ellas.

Athenas las miró, aturdida.

—¿Por qué sigo aquí? —preguntó—. Ya debería haberme ido.

Las mujeres intercambiaron miradas, desconcertadas.

—¿Irse? —repitió una—. ¿A dónde iría una princesa?

No hubo respuesta posible.

La llevaron al baño. El agua estaba tibia, perfumada, pero el olor y la sensación estaba allí. Observó sus propias manos mientras la lavaban, esperando que algo fallara, que el mundo se agrietara. Pero todo funcionaba. Todo persistía.

Luego la alimentaron.

Ese detalle la perturbó más que cualquier otro. Podía saborear la comida, un pollo al horno, el aroma a hierbas era penetrante.

Mientras comía sentía las miradas de despacio, nadie la quería allí, lo sabía, y aun debían cuidarla, por órdenes del príncipe Cyan, se preguntaba que había cambiado-

Después fue conducida a otra sala.

Una mujer mayor la esperaba sentada, con la espalda recta y la mirada severa.

—Hoy aprenderás tus deberes —dijo—. Ser princesa en este reino exige disciplina.

La tarde se volvió una sucesión de palabras que pesaban como cadenas. Costumbres. Normas. Silencio. Obediencia.

Aquí las mujeres no luchaban. Aquí escuchaban. Bajaban la cabeza. Permanecían quietas.

Athenas pensó en su reino. En lo distinto que era, algo dentro de ella se tensaba, incómodo, como si el cuerpo recordara sucesos que ella jamás había vivido.

Era de anoche, caminaba hasta la habitación. Tenía hambre y sueño.

En el pasillo, en dirección contraria a ella una mujer avanzaba.

Alta, elegante, con una belleza afilada. Sus ojos no escondían nada.

—El príncipe Cyan será mío —dijo, sin preámbulos—. Ninguna princesa extranjera podrá quitármelo.

Athenas supo quién era sin que se lo dijeran.

Penélope.

No respondió.

En ese instante, Cyan apareció. Tomó a Penélope del rostro y la besó con naturalidad, como si ella no existiera.

Algo ardió en el pecho de Athenas.

Sonrió.

—Espero que siempre la ame el príncipe —dijo con sarcasmo —. No quisiera cargar con la obligación de complacerlo cada noche.

El silencio cayó como una sombra.

Cyan la miró con frialdad.

—No seas impertinente —dijo—. He sido amable contigo hoy.

—Se lo agradezco —respondió ella—, aunque en mi palacio los vestidos eran más finos.

Él entrecerró los ojos.

—Esos vestidos son para las mujeres que amo. No para cualquiera. Confórmate con los que te doy.

Athenas sostuvo su mirada.

—Entonces lo usaré con orgullo.

Y se marchó, con el vestido rozando el suelo, preguntándose por qué no despertaba.

Estaba reflexionando cuando la puerta se abrió sin aviso. Apenas tuvo tiempo de girarse cuando el golpe llegó. Seco. Humillante. El sonido resonó más que el dolor.

—Que sea la última vez que me avergüenzas — gruñó el príncipe—. Y menos delante de Penélope.

El golpe la dejó paralizada por un segundo, con la respiración rota. Saco fuerzas de donde no tenía.

—No vuelvas a tocarme —dijo, con la voz temblorosa pero firme.

La respuesta fue inmediata. Él la empujó con brusquedad. El suelo la recibió con un frío que le sacó el aire.

—Soy el príncipe —escupió—. Hago lo que quiero.

Algo se quebró y empezó a llorar, no con delicadeza, sino con miedo.

—No me gusta esta fantasía —dijo entre sollozos—. No me gustan los mundos donde me lastiman. No quiero un príncipe cruel. No quiero esto.

Cyan se inclinó, más despacio, le acarició con ternura.

—Perdón —murmuró— escogeré mejor la próxima.

Ella alza la vista intrigada.

Y entonces, todo se deshizo.

Despertó en el suelo de su casa. Sola. La luz de la mañana entraba por la ventana. Se pone de pie, todo estaba normal. Salvo ella, estaba cruelmente adolorida, vio su antebrazo, estaba morado.




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