Finalmente tuvo pruebas.
Las tumbas donde Cyan dejaba flores no permanecían vacías por mucho tiempo. Una, dos, tres. Siempre ocurría lo mismo. En cuestión de días, a veces de horas, venía un cuerpo a ocuparlas; todos parecían obedecer al mismo patrón… soledad.
Así que lo esperó.
Pasaron varios días. Ella hacía sus pendientes, pero cada día lo esperaba con ansias, hasta que por fin lo vio.
Ese día vestía un pantalón jean y una camiseta verde. Nada en él parecía fuera de lugar. Caminaba con calma entre las lápidas, sosteniendo un ramo sencillo, dirigiéndose a otra tumba vacía.
Ella podría haber ido a la municipalidad, podría haber ido a su departamento, pero lo que quería conversar con él lo quería hacer en el cementerio: su territorio, el que controlaba.
Aceleró el paso y fue hasta él.
—Cyan.
Él se giró de inmediato. Sonrió al verla, y esa alegría, lejos de aliviarla, le tensó el pecho. Siempre misteriosa, como si nada de lo que dijera fuera totalmente verdad.
—Athenas… me alegra verte.
—Yo quería verte, porque yo…
—Eso me emociona —ella se quedó muda—. El que quieras verme me pone feliz.
—Bueno, lo que pasa es que quería hablar algo contigo.
Seguía con una expresión de felicidad, como un niño viendo un juguete.
—¿Quieres venir conmigo a mi casa?
Una sonrisa cargada de picardía tensa se dibujó en sus gruesos labios.
—¿Solos tú y yo?
—Ya hemos estado solos, en tu casa.
—Lo sé, y si no fuera porque estabas dudosa, creo que la hubiéramos pasado mejor.
Ella le lanzó una mirada fastidiada.
—No es eso de lo que quiero hablar.
Él dejó caer los hombros.
—Qué pena, pero te acompaño.
Vio que la seguía sin poner las flores.
—¿No las vas a poner primero?
—No, primero vamos a hablar.
Ella le indicó el camino.
Llegaron a su casa. Lo invitó a sentarse.
Caminó hasta la cocina y empezó a hacer café.
—Sé que te gusta el café americano.
—Así es.
Cyan no obedeció su invitación de sentarse; por el contrario, inspeccionó la casa.
—Es curioso lo mucho que puedes aprender de alguien por ver sus cosas —dijo ella.
Ella meditaba lo que necesitaba preguntarle, pero en ese momento tenía miedo de sonar algo… loca. Así que trató de ser sutil.
—Mencionaste que poner flores en tumbas vacías te ayudaba a negociar con la muerte. ¿Cómo haces algo así?
Él veía con atención los mangas.
—Bueno, no siempre la muerte acepta hablar contigo. Son una forma de respeto. De decirle que entendemos el orden de las cosas. Que no estamos aquí para desafiarla.
Ella se acercó con la taza y se la extendió.
—Pero ¿qué negocian?
Él pensó.
—Bueno… la muerte te impone algunas tareas a cambio de darte tiempo para resolver tus asuntos. A veces puedes negociar en vida; otras veces, después de partir.
—¿Qué tareas te pide que hagas?
— En mi caso, me pide que acompañe a las personas solitarias en su camino a la muerte. Para que la partida no sea tan dolorosa y no se aferren a este mundo.
Ella lo observaba fijamente. Cyan era calma, no tempestad. Su presencia generaba una sensación asombrosa. Él fue hasta la estatua.
—¿Tu novio? —lo señaló, inspeccionándolo.
—Así es.
Siguió indagando.
—Entonces, cuando colocas flores en las tumbas sin nombre, es porque la muerte te dice quién va a llegar.
—Así es. Son personas que he acompañado en ese tramo final. Como doctor, amigo, vecino. Los acompaños, así no será doloroso para ellos la despedida de este mundo.
—¿Por qué con los chicos no pasa igual?
—La muerte no quiere hablar con ellos. No piensa que puedan serle útiles de alguna forma. Solo están fascinados con ella, no de la forma que le gusta.
Ella bajó la cabeza.
Él se acercó.
—¿Pasa algo?
—Cyan, ¿el nombre Penélope te suena?
—No, para nada.
—¿Tienes alguna fijación con castillos tenebrosos o el Imperio romano?
—No, tampoco.
Como lo supuso, todo estaba en su mente.
—Athenas, siento que algo te está afectando. Te pones tensa cuando me ves, y yo no quiero ponerte nerviosa.
—Es que… —alzó la vista; no podía decirlo en voz alta—. ¿Sabes por qué sigo viendo el fantasma de Emily?
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Editado: 22.02.2026