La Tumba Sin Nombre

31

Fue con Veronika al gimnasio. No por disciplina ni por promesas de cambio, sino por algo más simple: no estar solas.

El lugar era envolvente con música rítmica que rebotaba contra los espejos, mezclada con el golpeteo metálico de las máquinas y el jadeo contenido de quienes fingían no estar cansados.

Veronika, a diferencia de ella, cargaba síntomas más hondos. Le costaba concentrarse, la memoria se le deshacía entre los dedos y el sueño llegaba tarde. Muchas mañanas despertaba ya cansada, con una desmotivación que no sabía explicar. Por eso buscaba hacer las cosas acompañada. Y, al menos por ahora, funcionaba.

Ella pensaba que la soledad también podía estar empeorando sus sintomas. Allí, entre ruido y cuerpos ajenos, esa soledad parecía diluirse un poco.

Se unieron a la clase de baile. Movimientos repetitivos, coreografías sencillas, música demasiado alta para pensar. Bailar juntas era una tregua: el cuerpo obedecía cuando la mente se resistía.

Hicieron una breve pausa, se sentaron en una esquina a beber agua, aún pensaban en muchas cosas, entonces debían agotarse más, hasta dejar de pensar en todo, hasta que aburriera preocuparse. Al menos fue el trato del inicio.

—A veces pienso en mis padres biológicos —dijo—. En cómo serán.

Athenas la miró de reojo mientras bebía de su botella.

—Quiero conocerlos —continuó—, pero me da miedo. No sé si quiero escuchar la respuesta a por qué me abandonaron.

No había reproche en su voz. Solo una pregunta suspendida.

—¿En verdad quieres saber eso? ¿Qué tal si no te gusta la respuesta?

—Esa es mi terapia. En mi mente, ellos me amaban, pero no podían cuidarme, pero en el fondo sé que no querían hacerlo. Y tal vez escucharlo en voz alta me ayude a superarlo por fin.

No entendía su batalla. Siempre amó a sus padres y ellos la amaron de vuelta. No sabía lo que era enfrentar el mundo sola, sin saber por qué estabas allí, sin saber por qué quienes te trajeron a la vida decidieron botarte. El dolor que ella debía experimentar era difícil de ignorar.

—Creo que debes hacerlo — dijo finalmente — no solo por impulsar tu realidad. Ellos te deben esa respuesta, y debes exigirla.

—Si, debo exigirles respuesta.

Bebieron un más poco de sus botellas.

—Por lo pronto estoy saliendo con alguien, es un muchacho de mi restaurante, es agradable y…reconfortante, como una manta en invierno.

Sonríe al hablar de él

—Siempre me escribe cosas bonitas, y sabe de mi condición. Aún así, no me rechaza.

Athenas se sorprende

—¿Le contaste?

—Si, y a él no le parecí algo que se debe botar. Me dijo que lo más impresionante era lo lejos que había llegado con mi condición y sola.

—No mintió en eso.

—El me gusta enserio. A su lado, me siento yo. Como si no tuviera que pensar mucho lo que digo.

Athenas le sonríe y vuelven a la carga.

La meta era cansarse hasta que la mente no pudiera más.

Al terminar, y alcanzar su objetivo. Deciden aprovechar el plan del día que les permitía acceder al área de sauna.

En el camino Athenas le contó lo que Cyan le había dicho. No con detalles grandilocuentes, sino como quien prueba una verdad con cuidado.

—¿Tú crees en cosas así? —preguntó —Cosas como la muerte o experiencias paranormales.

—Es complicado. ¿Cómo sé si veo a un fantasma o algo producto de mi imaginación?

Veronika soltó una risa breve, cansada.

—En el grupo de apoyo hay un chico que dice que ve al diablo. A veces es difícil explicar por qué para nosotros, ciertas cosas son reales. Si lo ves… es real, aunque nadie más lo vea.

La frase le quedó vibrando en el pecho.

Al llegar al sauna el calor las recibió. Se sentaron a relajarse.

El vapor le nubló la vista. El aire se volvió espeso. Entonces, de pronto, todo se oscureció.

Athenas vio a Cyan entrar.

Se incorporó de golpe.

—Este es el baño de mujeres —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía—. Quiero privacidad.

—Tienes que escucharme —respondió él—. Osvaldo no te conviene.

El calor la sofocaba.

—No sabes lo que me conviene y lo que no —replicó—. No eres real. Estás en mi mente. Márchate.

La puerta se cerró de golpe.

El sonido la arrancó del trance.

Parpadeó. Cyan no estaba allí.

Miró a Veronika.

Estaba pálida. Demasiado.

—Escuché su voz —dijo, casi sin aire—. te hablaba. Decía que Osvaldo no te convenía. Y… vi la puerta abrirse.

Athenas no se movió.

La certeza cayó sobre ella con un peso seco y definitivo.

Alguien más lo vio.




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