La Tumba Sin Nombre

32

El día continuaba y la llevó a su casa para comer algo. En el camino, ambas hablaron de la experiencia, repasándola con nervios y risas nerviosas.

Cuando Veronika entró, quedó maravillada.

—No puede ser —exclamó—. Por fin alguien más rara que yo.

—No cantes victoria —respondió Athenas.

Se acercó a la estatua y la tocó con cuidado.

—Es dura —comentó—. Hay algunas que las hacen agradables al tacto.

—No la quería para eso —dijo Athenas—. Al menos no al inicio.

Esta arqueó una ceja.

—¿Y la estatua y tú han tenido… ya sabes?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —protestó Athenas—. Claro que sí. Somos novios.

—Definitivamente eres más rara que yo —rió Veronika—. Lo más raro que he hecho en ese ámbito fue acostarme con un hombre que aseguraba que yo era una sirena.

—¿Cómo es eso? —preguntó Athenas.

—Complicado hacerlo con el disfraz —respondió—, pero había que intentarlo.

Luego de un rato hablando de trivialidades, ella empezó a cocinar. Veronika se recostó en el sillón y comenzó a leer los mangas.

Entonces tocaron la puerta. Era Kayser. Quería saber si podía ayudarlo haciendo otro programa en el mausoleo, ya que el primero tuvo cientos de vistas.

—No —respondió ella.

—Te voy a pagar —insistió.

—Ya me metí en problemas con los dueños del mausoleo.

—Ahora son trescientos cincuenta.

Athenas pensó eso con detenimiento y bajó los hombros.

—Puedo ver qué hago al respecto.

Este se asomó y la chica de cabello azul, ojeando un manga, sentada en su sofá con los pies recostados en la mesa de madera de al frente. Entró sin pedir permiso para presentarse.

—Hola, soy Kayser, amigo de Athenas.

—No sabía que éramos amigos —comentó Athenas desde la cocina, sin asomarse siquiera.

Kayser parpadeó, herido en silencio, y decidió cambiar de tema como quien esquiva una bala.

—¿Tú crees en experiencias paranormales? —le preguntó a Veronika.

Ella levantó la vista, entrecerrando los ojos.

—Es la segunda vez que me preguntan eso hoy —dijo, claramente sospechosa.

—Veronika es una amiga —intervino Athenas.

—Del grupo de apoyo para personas esquizofrénicas —completó pasando la página.

Kayser se levantó de golpe, visiblemente incómodo, y se fue al comedor.

—Si los quieres espantar, empieza siempre con eso —resolvió Veronika, sin levantar la mirada.

Kayser se quedó quieto al ver la estatua de K.

—¿Cuánto te costó?

Se acercó con cautela, como si pudiera activarse sola.

—Mucha plata —respondió Athenas—. Sobre todo porque la trajeron de Japón.

—Es impresionante —murmuró Kayser. Luego, con una concentración excesiva, levantó un poco el pantalón de la estatua—. ¿Por qué allí también es real?

Athenas soltó un suspiro largo, de esos que ya vienen con experiencia.

—¿Por qué crees que debería ser real también allí?

Kayser se sonrojó, atrapado.

—Curiosidad genuina.

En ese preciso momento tocaron la puerta.

Era su mamá.

Se quedó inmóvil apenas cruzó el umbral, observando a Kayser, a Veronika, los mangas abiertos, la estatua y la olla burbujeando.

—Vaya —dijo—. Hay gente real en esta casa.

—Tal vez los estás imaginando —comentó Athenas con total seriedad.

Grecia la miró de arriba abajo.

—Eres muy divertida —respondió—. Te ayudo a terminar de cocinar, porque lo que está oliendo no debería comerse.

Kayser, retomó su tema favorito como si nada.

—El mausoleo es perfecto para un segundo programa. Tiene potencial narrativo.

—¿Por qué estás tan obsesionado con la muerte? —preguntó Grecia, removiendo el guiso.

—Me parece fascinante que existan cosas que no se pueden explicar.

—La muerte sí se puede explicar —replicó ella—. La gente muere todos los días. No es sobrenatural, es la ley de la vida.

Kayser alzó una ceja.

—Para alguien que trabaja en un cementerio, eres bastante escéptica.

—La gente siempre se fascina con lo mágico —continuó Grecia—. Cuando estuve en Irlanda, estaba embarazada de Athenas, aunque no lo sabía. Viajamos a Galway y fui a un prado hermoso. Intentaba tomar una foto cuando apareció un hombre enigmático. Me dijo que estaba pisando un anillo de hadas. Que era una falta de respeto y que las hadas se vengarían con el bebé que llevaba dentro.

Hizo una pausa, volvió a probar el guiso y frunció el ceño.




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