La Tumba Sin Nombre

33

Pasó esa semana ignorando el incidente en el sauna.

Lo que no era real no merecía atención.

Aunque Veronika lo hubiera visto. Veronika no era, precisamente, una fuente confiable. Repetirse eso era una forma de orden. Y el orden era necesario.

Por eso aceptó la cita con Osvaldo.

Él la llevó al puerto sin demasiadas explicaciones. Cuando subieron, se dio cuenta de que no era un paseo cualquiera: era un crucero. No enorme, pero sí elegante, con luces suaves y una promesa de calma. Solo darían la vuelta por la costa.

El paisaje la desarmó.

El cielo estaba cubierto de estrellas, tantas que parecía una exageración. La luna se reflejaba en el mar como una moneda antigua, temblando con cada ola. Apoyó los brazos en la baranda y sonrió sin darse cuenta.

—Te ves distinta cuando miras así —dijo Osvaldo—. Como si el mundo te estuviera gustando.

—Es que hoy… se está portando bien —respondió ella.

Él rió, se acercó un poco más.

—Y tú también. Estás hermosa.

Athenas bajó la vista, fingiendo acomodarse el vestido. Era de falda amplia, escote recto, con tiras de gasa estampadas, tenía el estampado de La noche estrellada de Van Gogh. Lo había elegido con cuidado obsesivo. El maquillaje le tomó horas, un tutorial eterno y dos intentos fallidos. Su cabello, recogido en una cola alta, resistía el viento como podía.

Osvaldo la llevó a un área privada. Comieron risotto, cremoso y tibio, y bebieron vino. Él hablaba despacio, con esa seguridad tranquila de quien sabe conducir una noche.

—Me gusta cómo escuchas —le dijo—. No todo el mundo lo hace de verdad.

—Me gusta cómo hablas —respondió ella—. tus viajes, debe ser maravilloso conocer tantos lugares.

—Lo es. Aunque me gustaría conocerlos sin el peso del trabajo. Caminar sin reloj, perderme por las calles, sentarme a mirar a la gente sin pensar en horarios.

—Suena tentador —admitió Athenas—. Como si cada ciudad tuviera otra versión que solo aparece cuando no tienes prisa.

—Exacto —la miró—. Y contigo, creo que me pasaría el día entero sin mirar la hora.

Ella sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo necesario.

—¿Siempre tienes las mismas rutas?

—Casi siempre. Grecia y Turquía. —hizo una pausa—. Hace años trabajé en Jamaica… y también en Puerto Rico.

—Eso explica tu aire tranquilo —bromeó ella—. Como si el mar se te hubiera quedado pegado.

—Tal vez —respondió—. O tal vez es porque esta noche la vista compite contigo y aun así va perdiendo.

En eso se inclinó y le dio un beso. Ella no sintió la gran cosa. Osvaldo se estaba esforzando en hacerla sentir especial, algo cautivador, pero en el fondo, por más que se obligaba no despegaba nada.

Al separarse le dio una sonrisa

—¿Bailas?

—Apenas — dice ella poniéndose de pie.

No había mucha música, apenas un ritmo discreto, la tomó con cuidado, como si temiera romper algo. Ella se dejó llevar. Se sentía ligera. Bonita. Casi normal.

Pensó, con una sorpresa suave, que tal vez podría gustarle.

Más tarde, él la condujo a un camarote.

Ella no tenía demasiada experiencia. A los dieciocho se había acostado con un hombre y aquello no había sido memorable. Nada trágico, nada mágico. Solo algo que pasó. En su imaginación, en cambio, siempre había sido más valiente, más experta.

No dijo nada.

Cerró los ojos y dejó que él hiciera el resto. El vino le daba vueltas suaves a la cabeza. No fue especialmente atento. No hubo delicadezas ni pausas memorables. Cuando Athenas se dio cuenta, todo había terminado.

Sintió una decepción pequeña, casi educada.

No dijo nada tampoco.

Osvaldo se apartó primero.

—Voy a darme una ducha rápida —dijo, señalando el pequeño baño del camarote—. El mar abre el apetito… y el cansancio.

Athenas asintió con una sonrisa suave.

Cuando la puerta se cerró, el sonido del agua llenó el espacio. Ella se recostó en la cama, girando apenas el cuerpo para quedar frente a la ventanilla. El mar se extendía oscuro y brillante, respirando con calma. La luna se deshacía en reflejos plateados sobre la superficie, y el aire cálido envolvía todo con una dulzura casi irreal.

Todo era hermoso.

Demasiado.

Y aun así, su mente se desvió.

No pensó en K.

Pensó en Cyan.

La sorpresa la incomodó. Se preguntó por qué ahora. Por qué él, justo ahí. Recordó cómo se había sentido cuando la besó. No el gesto, sino la forma en que algo dentro de ella se desarmaba, como si bajara la guardia sin darse cuenta. Pensó en esa calma extraña que le provocaba verlo.

¿Y si el amor también fuera algo que ocurre en la mente?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.