La Tumba Sin Nombre

34

Los días empezaron a parecerse demasiado entre sí.

Gimnasio con Veronika.

Citas con Osvaldo.

Trabajo en el cementerio.

Clases, exámenes, fechas límite.

El semestre estaba por terminar y su cumpleaños se acercaba con una discreción cruel. Veintiocho. El número le pesaba más de lo que esperaba. No estaba cerca de lo que se había prometido a sí misma cuando era más joven. No había viajado. No tenía una empresa. Apenas tenía una rutina bien aceitada.

Miró el departamento. Suspiró.

Tal vez era momento de redecorar.

Ya no era una niña. Y aunque no le gustaba admitirlo, tenía que empezar a pensar como alguien que no esperaba que la vida ocurriera sola.

Se puso de pie y empezó a mover muebles. Limpió. Cambió cosas de lugar. Finalmente, abrió el clóset y colocó la estatua de K dentro, con más cuidado del que quería reconocer.

—¿Bots? — Se dijo recogiendo el perro robots del final del armario. Había sido su amigo durante su infancia y adolescencia, luego apareció K y a Bots se la acabaron las baterías, tristemente allí quedó. Tenía tiempo preguntándose donde lo había dejado.

Estaba viendo a su perrito cuando Cyan apareció, sentado tranquilamente en el comedor, como si siempre hubiera estado ahí.

—¿Qué haces? —preguntó.

Athenas se giró. No se asustó.

Ese detalle la inquietó más que su presencia.

—Cambiando mi vida —respondió.

Cyan ladeó la cabeza.

—¿Por qué la gente mueve muebles cuando quiere cambiar?

—Cerrar ciclos —dijo ella—. Eso y cortarse el pelo. Pero no pienso cortarme nada.

Cyan se puso de pie y caminó hasta el clóset. Al ver la estatua, aplaudió despacio, divertido.

—Bien jugado.

—No te emociones.

—Eso es emoción —sonrió—. ¿Qué sigue? ¿Una nueva aventura?

Le extendió la mano.

—No quiero más aventuras —respondió ella con cansancio—. Estoy agotada de sentir que siempre pierdo algo.

Él se acercó y la tomó suavemente de la cintura.

—Estás aburrida —dijo—. La monotonía te está marchitando.

—No me hables como si fueras algo mío. Eres producto de mi imaginación.

—¿Y si viajamos? —insistió—. Solo tú y yo. A algún lugar distinto.

Athenas se soltó.

—Tus fantasías no me gustan—dijo—. Siempre me pones en desventaja. Primero sirvienta, luego princesa maltratada. No me gusta sentirme inferior.

Cyan frunció el ceño.

—Lo siento —dijo con sinceridad—. Entonces dime. ¿Qué fantasías te gustan?

Ella miró el clóset.

Él entendió ese gesto y negó con firmeza.

—No —negó él—. Un mundo donde solo estemos tú y yo. No quiero competir con el muñeco.

—Sé supone que sabes lo que quiero.

—No, no lo sé. Porque, aunque quieras repetírtelo no estoy en tu mente. Solo dime que quieres.

—Sorpréndeme.

Este resopla cansado.

Pensó unos segundos.

El mundo se rehízo con la suavidad de un sueño que se cree real.

Estaban en un reino.

El castillo se alzaba sobre una colina de piedra clara, con torres altas y ventanales estrechos que devolvían la luz como espejos antiguos. Estandartes bordados colgaban de los muros, moviéndose con un viento que parecía saber a dónde iba. Todo olía a historia, a promesas viejas, a guerras que no se contaban completas.

Athenas vestía un vestido largo, de telas pesadas que caían en capas. El color era profundo, entre azul nocturno y vino oscuro.

Frente a ella estaba Cyan.

No como lo conocía.

Vestía ropas de corte impecable, un abrigo largo de tonos oscuros, adornado con el emblema de un reino que ella reconoció sin saber por qué. Lo miró sabiendo exactamente lo que era. Un príncipe del reino rival.

Athenas cruzó los brazos.

—No —dijo de inmediato—. Lo de Romeo y Julieta me parece trágico, no romántico.

Cyan no discutió. No sonrió. Solo la observó un segundo más, como si entendiera que el verdadero conflicto no era entre reinos…sino entre lo que ella deseaba y lo que se negaba a permitirse.

El mundo cambió con un chasquido de arena y viento cálido.

La ciudad se extendía bajo un cielo color cobre, con cúpulas brillantes y callejones estrechos que serpenteaban como secretos. El palacio se alzaba al fondo, blanco y majestuoso, con balcones abiertos y cortinas que danzaban al ritmo del aire nocturno. El olor a especias, incienso y fruta madura flotaba en cada rincón.

Athenas estaba en lo alto de una terraza, vestida con telas ligeras que caían en capas suaves. El vestido era de un tono marfil con bordados finos en azul y dorado, ajustado al torso y suelto en la falda, dejando libertad al movimiento. Brazaletes delicados adornaban sus muñecas, y su cabello caía suelto, oscuro, brillando bajo la luna.




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