Estaba en casa de Francia. La tarde avanzaba despacio, cargada de una calma que parecía prestada. Al día siguiente irían a la municipalidad por los diplomas; un trámite breve para cursos que apenas habían durado dos meses, pero, para ella había durado mucho más.
Estaba acomodando los platos cuando tocaron la puerta.
Francia fue a abrir. El sonido de la bisagra se mezcló con un silencio extraño, como si la casa hubiera contenido el aliento.
Era Cyan.
—Pasa, hijo —dijo Francia—. Quédate a comer.
Antes de que Athenas pudiera decir nada, su tía se inclinó hacia ella y le susurró, sin dejar de sonreír:
—A tu mamá no le gusta Osvaldo. Me pidió que te hiciera pasar más tiempo con Cyan… o con cualquier otro hombre.
Athenas cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, Cyan ya la miraba. No con curiosidad, sino con una atención tranquila que la obligó a enderezarse.
—Quédate a comer —repitió ella.
Este asintió. Al sentarse a la mesa, ocupó la silla frente a ella. No demasiado cerca. No demasiado lejos. La distancia exacta para que ella fuera consciente de cada movimiento suyo.
—Y dime —dijo Francia mientras servía—, ¿cómo es trabajar en la municipalidad?
Él pensó un momento antes de responder.
—Relajante —dijo—. Más de lo que imaginé. Durante mucho tiempo no tuve un lugar al cual ir. —Sonrió, sin dramatismo—. Ahora tengo uno donde me reciben. Me gusta el contacto con las personas. Es… difícil de explicar.
Lo observó. No parecía una queja ni una confesión. Sonaba más a constatación.
—¿Y tú? —preguntó Francia, girándose hacia ella—. ¿Cómo te fue en el curso de defensa personal?
Athenas apoyó la espalda en la silla.
—Aprendí lo básico. Caídas, agarres, cómo zafar. —Hizo una pausa—. Pero lo que más aprendí es que debería ir armada siempre.
Cyan soltó una risa breve, inesperada. No era burla, sino algo cercano a la aceptación.
—Supongo que no se puede hacer mucho contra un arma —dijo, todavía sonriendo.
Francia seguía avivando la conversación, como si fuera completamente su responsabilidad.
—Y dinos, ¿cómo fue crecer en Irlanda?
Apoyó los antebrazos sobre la mesa. Sus manos estaban relajadas.
—Hermoso. Los prados parecen no acabarse nunca, los cielos cambian todo el tiempo. Donde crecí es un lugar acogedor, turístico. Mis padres tienen una posada. —Hizo una pausa—. En la ciudad no hay tanto contacto con la naturaleza. Se pierde algo.
Mientras hablaba, Athenas notó que no gesticulaba demasiado. Todo en él parecía medido, como si supiera exactamente cuánto decir y cuándo detenerse.
—En Galway, de donde vienes, ¿existe algo así como las hadas? —preguntó ella, casi sin pensarlo.
Cyan levantó la mirada. Durante un segundo, pareció evaluar si responder o no.
—El respeto a las hadas se hereda —dijo al fin—. Para algunos es superstición. Para nosotros es cultura. En mi casa había un árbol enorme. Nunca se tocó. Mi madre no quería hacer enojar a las hadas y ese árbol era propiedad de ellas.
—¿Ellas tienen poderes? —preguntó Athenas.
Él se inclinó apenas la cabeza.
—Si, claro. Primero, no se les llama hadas. Segundo, ayudan a quien quieren… y castigan a quien no. Odian sentirse ignoradas. Es la peor ofensa.
Ella sintió que esa última frase no era solo una explicación.
—¿Castigan cómo?
—Con confusión. Alteran recuerdos. Provocan sueños que se sienten demasiado reales. —La miró directamente—. Son vengativas. Pueden llevar a alguien a la locura.
El contacto visual duró un segundo más de lo necesario.
—¿Se pueden identificar? —preguntó, jugando con el borde del mantel.
—Depende de la percepción —respondió Cyan—. Son almas que pertenecen a otros mundos. Controlarlas… reconocerlas… no es igual para todos.
—¿Y en otros lugares? —insistió ella.
—Cambian de nombre —dijo él—. Fantasmas, espíritus. Da igual. A ningún espíritu le gusta ser ignorado. La verdad es que es normal tener experiencias similares con espíritus en otros países, tal vez no se les llame hadas, pero las experiencias pueden ser similares.
Ese pensamiento inquietó a Athenas. Recordó las experiencias que estaba teniendo con ese Cyan perturbador. No era él… y, sin embargo, demasiadas veces parecía serlo.
Pero si se trataba de un espíritu, ¿qué había hecho ella para provocarlo?
A pedido de Francia, Cyan, tocó una melodía distinta a la anterior. Más lenta. Más íntima. Athenas tuvo la sensación incómoda de que no estaba pensada para un público.
El teléfono vibró.
Responde de inmediato la llamada, del otro lado se escuchó una voz serena pero urgente.
—¿Es usted la novia de Osvaldo Castillo? —preguntaron.
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Editado: 22.02.2026