La Tumba Sin Nombre

36

Llegaron a la zona de emergencias del hospital. Se presentó en el mostrador como la novia de Osvaldo Castillo y, tras una breve espera, las condujeron a un área más apartada.

Un médico salió a su encuentro. Tenía el gesto cansado, pero su voz era firme.

—Osvaldo fue golpeado repetidas veces —les explicó—. Está muy lastimado, aunque, por suerte, no presenta fracturas. En este momento se encuentra bajo anestesia.

El doctor abre la historia.

—No encontramos a ningún familiar en el país —respondió el doctor—. En su teléfono, todos los contactos son del exterior. Por suerte encontramos su contacto.

Le extendió el celular a Athenas. Estaba desbloqueado.

—Lamento haber invadido su privacidad —añadió—, pero en estos casos la policía autoriza el desbloqueo para ubicar a alguien de confianza.

Recibió el teléfono con cuidado, como si pesara más de lo normal.

—Él tiene seguro médico por su trabajo en el crucero —dijo ella, casi por reflejo.

El doctor asintió.

—Así es. También necesito que firme una cláusula de compromiso. Osvaldo llevaba consigo una suma considerable de dinero, y se le hará entrega a usted.

Ella firmó y fue llevada a una sala donde la esperaba un oficial. Este vio la clausula que ella firmó y le entregó el maletín.

Francia lo miró con sorpresa.

—Eso es nuevo —murmuró—. Usualmente esos maletines desaparecen.

El policía no se ofendió. Por el contrario, le dio una risa cómplice.

—El dinero está rastreado —explicó—. Corresponde a un préstamo bancario otorgado a una mujer llamada Beatriz Aguilar. Por alguna razón, estaba en poder de Osvaldo.

Athenas levantó la vista.

—¿Quién es ella?

—No logramos contactarla —respondió el agente—. Pero le recomiendo algo: no le entregue este dinero a Osvaldo.

El silencio se volvió pesado.

—El incidente ocurrió a la salida del casino —continuó—. Osvaldo figura en la lista nacional de ludópatas. Intentó ingresar y gastar el dinero. El personal de seguridad se lo impidió. Él se resistió… y lo golpearon.

Francia se llevó una mano al pecho. Athenas sintió que algo se le desprendía por dentro, como una pieza mal encajada que al fin caía.

—Tiene un problema serio —añadió el policía—. Necesita ayuda antes de tener acceso a más dinero.

Dicho esto, se marchó.

Ellas se fueron a la sala de espera y se sentaron. El maletín reposaba a los pies de Athenas, cerrado, silencioso.

—Cuando conocí a Osvaldo, se presentó con otro apellido — dice Athenas con la cabeza baja — Ahora entiendo por qué me mintió, no quería que lo investigara. Pero el apellido Aguilar, le pertenece a esa otra mujer.

—Tienes que hablar con ella —dijo Francia al cabo de un rato— ¿Por qué Osvaldo tenía su dinero?

Athenas negó despacio.

—No lo sé… pero aquí hay casi cien mil dólares.

Francia la miró con gravedad.

—Aprovecha que el teléfono está desbloqueado. Saca el número y llámala. Necesitas saber la verdad. Puede que él haya robado ese dinero.

Athenas asintió. Se levantó y, buscó el nombre de Beatriz Aguilar.

Marcó desde su teléfono.

Mientras el tono sonaba, Athenas tuvo la inquietante sensación de que aquella llamada no solo iba a cambiar lo que sabía de Osvaldo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.