Sostenía el vaso de café entre las manos, aunque ya estaba frío. A su costado, Francia removía el suyo sin beberlo. Seguían esperando la aprobación del seguro para los tratamientos de Osvaldo. Él continuaba dormido, ajeno a todo.
También esperaban a Beatriz.
Cuando por fin apareció.
Ella le había dicho por teléfono que era la muchacha de cabello violeta que estaba en la sala de espera. Apenas entró no dudo por un minuto que se trataba de Beatriz. Era alta, hermosa, con el cabello marrón cayéndole por la espalda con una naturalidad impecable. Caminó directo hacia ellas, preocupada.
—¿Athenas? —preguntó.
—Sí —respondió ella, poniéndose de pie.
Beatriz parecía alterada.
—Estaba trabajando. Cuando vi el teléfono tenía varias llamadas perdidas. Intenté devolverlas, pero nadie respondió. ¿Qué pasó?
Ella trataba de ordenar sus pensamientos. Tendría que decirle a esa mujer lo que pasó, mientras ella aún lo procesaba.
—¿Conoces a Osvaldo Castillo?
Beatriz asintió sin dudar.
—No, mi novio se llama Osvaldo Perez.
Athenas suspiró, algo le decía que era la misma persona.
—Curioso —intervino Francia—, porque Athenas también es su novia.
Beatriz frunció el ceño, incrédula.
—¿Qué estás diciendo? Imposible.
—¿Pediste un préstamo al banco? —preguntó Athenas, directo.
—Sí —respondió Beatriz—. Osvaldo y yo vamos a invertir en una empresa de importación de telas de Turquía.
El suelo pareció ceder bajo los pies de Athenas.
—A mí me pidió firmar un contrato para otra empresa —dijo—. Con otra historia. Creo que es una especie de estafador. A demás, me dio un apellido falso y algo me dice que a ti también.
Beatriz negó con la cabeza.
—Eso es imposible. Debes estar confundiendo las cosas. Él me dijo que había conocido a una chica que sabía del mercado, que podía ayudar… pero no eres su novia.
Francia soltó una risa seca, sin humor.
—El dinero que tú le diste se lo iba a gastar en un casino. Está en la lista nacional de ludópatas. No había ningún negocio.
El rostro de Beatriz se tensó, como si aquellas palabras le resultaran ofensivas, no reveladoras.
—Él no tiene ningún problema —replicó—. Seguro esta —señaló a Athenas sin mirarla— se confundió y creyó que estaba enamorado de ella.
Estaba ofendida, pero no habló. No necesitaba hacerlo.
Francia, en cambio, se levanto de golpe.
—Osvaldo no ha dejado de buscar a mi sobrina. Mensajes, llamadas, promesas. Y créeme, pretendientes mejores que ese no le faltan.
—No sabes de qué estás hablando —dijo Beatriz, elevando la voz—. Él me ama. Todo esto es un malentendido.
—No —corrigió Francia—. Esto es un patrón.
Beatriz negó una y otra vez, como si cada negativa pudiera borrar lo evidente.
—Ustedes quieren aprovecharse. Ven a un hombre herido y creen que pueden sacarle dinero.
Francia soltó una carcajada corta.
—Si quisiéramos aprovechar algo, no estaríamos aquí con este maletín.
Tomó el maletín del suelo y lo empujó hacia Beatriz.
—Aquí está tu dinero. Tal cual como nos lo entregó la policia. Porque a diferencia de ti, nosotras no vivimos de mentiras.
Beatriz miró el maletín, pero no lo tocó de inmediato. Su mandíbula estaba rígida.
—Yo confío en él —dijo al fin—. No voy a permitir que una chica confundida y una tía entrometida arruinen lo nuestro.
Francia se enderezó.
—Entonces quédate con tu historia —dijo con calma peligrosa—. Cada uno elige la fantasía en la que quiere vivir.
Athenas asintió, serena.
—De nosotras no vas a volver a saber. Pero si quieres saber la verdad — le entrega el teléfono — busca tu mismas las conversaciones que tenía conmigo.
Beatriz no respondió.
Francia tomó del brazo a Athenas y la condujo lejos de allí.
Detrás, el hospital siguió funcionando. Delante, el aire parecía más liviano.
Mientras caminaban, Francia negó con la cabeza.
—Es irónico. Hay mujeres que, incluso con las pruebas, prefieren engañarse a sí mismas.
No respondió de inmediato. Pensó en todo lo ocurrido. Todos tenían razón. Osvaldo no le convenía. Si hubiera firmado aquel contrato, probablemente habría terminado como Beatriz.
—¿Se lo vas a decir a tu mamá?
—Sí —respondió —. Entre mis padres y yo no hay secretos. Aunque mamá va a estar fastidiosa por tener la razón.
Francia suspiró mientras detenía un taxi.
—Lo siento. Yo te animé a darle una oportunidad.
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Editado: 22.02.2026