La Tumba Sin Nombre

38

En casa de Athenas estaban todos reunidos: Francia, Verónica, Baltazar y Grecia. El ambiente era denso, como si cada uno llevara una opinión lista para estallar.

—Yo lo sabía —dijo Grecia, cruzada de brazos—. Ese hombre no te convenía.

Verónica estaba sentada a la mesa, comiendo con total tranquilidad. Grecia la miró de reojo.

—Veronika, querida. ¿No hay más lugares donde puedas ir a comer? Ultimadamente nos visitas mucho.

Verónica levantó la vista, sin culpa.

—No tengo familia. No tengo amigos. Mi único contacto con la sociedad es Athenas. ¿A dónde se supone que vaya en mi día libre?

—¿Qué hay de tu novio? —Pregunta Baltazar.

—Esta trabajando hoy.

Grecia suspiró, cansada.

—Entre tú y ese chico Kayser vamos a tener que aumentar el presupuesto del mercado.

Athenas se levantó de golpe.

—¡Con K eso nunca me habría pasado! —dijo, con la voz cargada—. Él jamás me habría estafado.

Fue directo al clóset. Sacó la estatua y la sostuvo con cuidado, como si fuera frágil.

—Perdóname —murmuró—. Dudé de cuánto me amabas.

Grecia la vio y negó con la cabeza. Luego miró a Baltazar, quien estaba comiendo una torta de chocolate —. Dile algo. Que no se cierre al amor. No todos los hombres son iguales.

—¡Son todos iguales! —exclamó Baltazar—. Francamente, tuviste suerte.

—Eso no es cierto —replicó Grecia.

Francia intervino, tajante:

—La estaba engañando y quería sacarle dinero. Eso suena a cualquier hombre con el que yo haya salido.

En ese momento, Grecia vio a Athenas en el suelo, manipulando algo.

—¿Qué estás haciendo?

—Le estoy poniendo baterías a Bots —respondió Athenas sin levantar la vista—. No quiero saber nada del mundo exterior.

—Ese perro ruidoso no — expresa Baltazar candado.

Verónica se levantó y le sirvió comida a Athenas.

—Estás alterada. Necesitas comer.

Grecia se volvió hacia ella.

—Como su amiga, deberías darle un buen consejo.

Verónica miró a Athenas con seriedad práctica.

—Vende las pruebas que tienes a un canal. Haz dinero. Exponlo como el estafador y ludópata que es. Puedes ganar bastante.

Grecia asintió.

—Es buena idea. Así no estafa a más mujeres. Y de paso ganas plata.

Athenas levantó la cabeza.

—¿Cuánto podría ganar?

—Conocí a una mujer que ganó unos tres mil dólares por un reportaje —dijo Verónica—. Nada mal.

Athenas pensó que con eso podría tener capital para un negocio. O viajar.

—Puedes completarlo con los veinte mil que ya tienes —añadió Francia.

Athenas frunció el ceño.

—Yo no tengo veinte mil.

Francia la miró sin culpa.

—Los saqué ayer del maletín.

Baltazar abrió los ojos.

—¡Eso es robar!

—No —se defendió Francia—. Ese hombre le debía ese dinero a Athenas, ¿qué crees que iba a pasar si firmaba un contrato con alguien de identidad falsa? Ella tendría que pedir los prestamos al banco y firmar todos los acuerdos. Era claro que la quería estafar.

Grecia se mantuvo erguida.

—Hiciste bien.

—Eso sigue siendo robar —insistió Baltazar—. Ese dinero no es de ustedes.

—Si hubieras conocido a la otra novia de Osvaldo, también te habrían dado ganas de hacerlo —replicó Francia—. Caía fatal.

Verónica negó con la cabeza.

—¿No se pueden meter en problemas por eso?

—No, en el papel que firmó, no salía la cantidad de dinero que había en el maletín. Además, dice que Osvaldo pasó mucho tiempo en el suelo inconsciente y el maletín a su lado. Creo que los policías sacaron algo, y si no, dejaron fácil para que otros lo hicieran.

La discusión siguió, girando alrededor de la moral, la justicia y el dinero, sin llegar a ningún acuerdo.

Mientras tanto, Athenas seguía empujando a su amado a la esquina de siempre. Volvería a su lugar de privilegio a cuidar de la casa de ambos.




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