Estaba limpiando el cementerio cuando notó a una persona desconocida en la primera etapa del lugar. Se detuvo en seco. Nadie iba nunca allí. Era la zona más antigua, la más olvidada.
Se acercó con cautela.
La mujer parecía mayor, quizá cuarenta y cinco años o más. Tenía el cabello lacio, teñido de rojo, y los ojos cafés fijos en una tumba. No se movía. No rezaba. Solo miraba.
—Buenas tardes —saludó Athenas tímidamente —. Es raro ver a alguien por aquí.
La mujer sonrió con una tristeza suave.
—Desde que murió —dijo, señalando la tumba—, no había vuelto.
Athenas siguió la dirección de su mano. Era la tumba de un niño.
Sin decir nada más, se inclinó y comenzó a limpiarla. La foto estaba desgastada por el tiempo, lo que se lograba ver, era a un niño de ojos marrones, cabello negro y una mirada feliz, se llamaba Daniel.
Mientras limpiaba, la mujer permaneció de pie, con lágrimas acumulándosele en los ojos.
—Murió demasiado joven —dijo la mujer —. Tenía apenas seis años. Entraron a la casa… querían robarnos. —Su voz tembló—. Le dispararon.
Una lágrima cayó. Luego otra.
—Mi esposo y yo no lo superamos —continuó—. Terminamos divorciándonos. El dolor me persiguió durante años.
Siguió limpiando, con cuidado reverente.
—Ambos volvimos a casarnos —añadió la mujer—. Yo tengo otros dos hijos ahora. Pero venir aquí… me dolía demasiado. Era como si mi mente me dijera que, si no regresaba, nada de esto había pasado.
—Lo lamento mucho —dijo con sinceridad—. Perder a un hijo debe ser un dolor indescriptible.
La mujer asintió.
—No se lo deseo a nadie.
En ese momento, sintió una presencia conocida a su espalda.
Kayser.
Estaba inmóvil, pálido, con los ojos clavados en la mujer. Su respiración era irregular.
—Hola, Kayser —dijo Athenas, girándose hacia él.
La mujer frunció el ceño.
—¿A quién saludas?
—A mi amigo —respondió Athenas—. Kayser.
La mujer miró a su alrededor.
—No veo a nadie.
Athenas sintió un frío súbito recorrerle la espalda.
Kayser dio un paso adelante. Su voz salió apenas como un susurro quebrado.
—Mamá…
Athenas se quedó sin aliento. No fingía. No estaba jugando. La mujer realmente no podía verlo.
Ella se secó las lágrimas, respiró hondo y se inclinó para dejar un pequeño carrito de juguete sobre la tumba.
—Es tonto —dijo, con una sonrisa triste—. Si estuviera vivo, ya no jugaría con esto. Pero para mí… siempre será un niño.
Se incorporó, miró la tumba una última vez y se despidió de Athenas con un gesto amable antes de marcharse por el sendero.
Athenas se quedó allí, en silencio.
A su lado, Kayser seguía de pie, con los ojos húmedos y el cuerpo rígido, como si acabara de recordar algo que nunca había olvidado.
El viento pasó entre las lápidas.
Y el carrito permaneció inmóvil, esperando a alguien que nunca volvería.
Kayser miró a Athenas con una gravedad nueva, como si algo finalmente hubiera encajado.
—Ahora lo sabes — le dijo.
—¿Por qué ella no te vio? —preguntó confundida.
Él señaló el sendero que bordeaba las tumbas.
—Caminemos un poco.
Avanzaron despacio, dejando atrás la lápida del niño. El silencio del cementerio parecía escuchar.
—Estoy enterrado aquí —dijo Kayser al fin—. Morí cuando era muy pequeño.
Athenas se detuvo, pero él continuó hablando, como si temiera que el valor se le escapara.
—Cuando vi mi lápida, tenía flores. Era como si alguien las hubiera dejado antes de que yo llegara. Entonces la vi a ella. A la Muerte, me sonrió —continuó—. Y me dijo que, si hacía algunas cosas por ella, podría tener la posibilidad de volver a vivir.
—¿Qué cosas? —preguntó Athenas en voz baja.
—Ayudar a quienes mueren solos —respondió—. Muchas almas se pierden. No saben cómo llegar al final del camino. Yo debía guiarlas.
Caminaron unos pasos más.
—Un día estaba aquí, en el cementerio, cuando tú me viste —dijo—. Me saludaste. Me sonreíste. Eso me sorprendió. Nadie me veía sin permiso de la Muerte.
Athenas no recordaba eso.
—Después de eso —prosiguió Kayser—, poco a poco más personas comenzaron a verme. Empecé a tener una vida normal. Crecí. Todo lo que viví con la Muerte se volvió borroso, como un recuerdo mal contado, como si nunca hubiera pasado.
Se detuvo y la miró.
—Pero hay algo que no cambia. Quienes saben que estoy muerto… no pueden verme.
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Editado: 22.02.2026