La Tumba Sin Nombre

40

Athenas estaba sentada en el consultorio. El doctor la había llamado y quería hablar con ella algo especial, algo que no tenía que ver con sus terapias.

Ella permanencia sentada en el sofá, el cual era sospechosamente cómodo, el doctor le extiende las galletas de queso y aceituna.

Ella no quiso hablar de Kayser.

Creía que, si más personas sabían que él estaba muerto, este no podría vivir. Era curioso lo mucho que se está acostumbrado a esas experiencias, era como si ya no sintiera miedo, solo comprensión.

Sí le contó, en cambio, lo ocurrido con Osvaldo.

El doctor escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, respiró hondo.

—Vivir es difícil —dijo—. Por eso muchas personas prefieren la fantasía.

Athenas no respondió.

—Quiero agradecerte algo —continuó—. Desde que Verónica te frecuenta, su tratamiento ha mejorado notablemente. Ahora viene con más regularidad a terapia. Tiene novio. Está ahorrando para un viaje. Quiere conocer a sus padres, aun sabiendo que la respuesta podría dolerle.

Hizo una pausa breve.

—Cada día enfrenta mejor la realidad. No he tenido que aumentarle la dosis. Duerme mejor.

Asintió despacio.

—Me alegra haber sido de ayuda.

El doctor la observó con atención.

—Por eso mismo quiero pedirte algo más. Me gustaría que conocieras a alguien.

Ella alzó la mirada.

—Es una chica que está internada —explicó—. Es buena muchacha, pero cometió un delito hace tiempo. Dijo que unas voces le pidieron que lo hiciera.

Athenas frunció el ceño.

—La declararon con demencia —continuó— y por eso está allí. Pero curiosamente, cuando hablo con ella, la noto lúcida. Capaz de distinguir la realidad de la ficción.

Eso fue lo que la inquietó.

—No parece perdida —añadió—. Al contrario.

El silencio se instaló entre ambos.

—Como me has ayudado tanto con Verónica —dijo finalmente—, me gustaría que vinieras conmigo a conocerla.

Athenas dudó solo un segundo ante de asentir.

—Está bien.

El doctor sonrió, satisfecho.

—Voy a cordinar la cita.

Al salir de allí, se encontró con Cyan.

Él la saludó como si el encuentro hubiese sido casual. Aunque para ella verlo no lo era.

—¿Quieres comer algo? —le propuso.

Athenas volvió a ver la sombra rodeándolo. Estaba ahí, fiel a su costumbre. Pero esta vez no la perturbó. No retrocedió. No sintió miedo.

Aceptó.

Fueron al mismo café al que habían ido después de la municipalidad. El lugar seguía igual: mesas pequeñas, una ventana empañada, el murmullo constante de conversaciones ajenas.

—¿Cómo has estado? —preguntó ella mientras se sentaban.

—Bien —respondió Cyan—. Compré un sofá… y un comedor.

Athenas sonrió, genuina.

—Te felicito. Cada día vives mejor como persona.

Cyan inclinó ligeramente la cabeza, como si no estuviera acostumbrado a ese tipo de elogios.

Hubo un silencio cómodo. Entonces ella recordó algo.

—¿Y Cloé? —preguntó—. Cuando nos conocimos hablabas mucho de ella… pero ahora no la veo.

Cyan se tensó. Apenas. Lo suficiente para que Athenas lo notara.

Guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Se quedó en Irlanda, con mis padres.

Athenas frunció el ceño.

—Creí que vivía contigo —dijo—. Eso fue lo que entendí cuando hablamos.

Él negó de inmediato.

—No sé por qué pensaste eso.

Ella lo observó. Algo en su expresión era rígido, contenido.

—Debí haber entendido mal —añadió, restándole peso al asunto.

Cyan pareció relajarse.

Athenas cambió de tema y le contó lo que había pasado con Osvaldo.

—Lo siento —dijo él cuando terminó—. Aunque… no me sorprende del todo. Nunca me pareció honesto —continuó—. No sabría decirte por qué. Era solo una sensación. En clases no parecía mala persona, pero…

—Osvaldo me dijo que una vez tuvo una conversación contigo —intervino Athenas—. Dijo que te notó incómodo con que saliéramos.

El asintió despacio.

—No me pareció el hombre para ti —admitió—. Pero ahora ya lo sabes. Y por suerte no pasó nada más.

La conversación siguió, tranquila, casi cotidiana.

Hasta que Athenas alzó la vista.

Y lo vio.

Al otro lado del café, sentado a otra mesa, estaba Cyan.

Sonriéndole y extendiéndole la mano.




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