Se movía de un lado a otro en su casa, con los pensamientos girando como un remolino. Desde una esquina, Cyan permanecía quieto, como una sombra sólida, observándola. Cada vez que ella lo ignoraba, el aire a su alrededor parecía cargarse, más denso, más frío.
—Vete —dijo ella, temblando—. Ahora sé que no tienes nada que ver con el verdadero Cyan.
Él dio un paso adelante. Ahora su presencia estaba cargada de algo más, no una simple aparición, todo estaba cambiando a su alrededor, como si temiera haber sido descubierto.
—No sabes quién es el verdadero —susurró, la voz baja y firme, pero cargada de algo que hizo que su corazón se acelerara.
—El otro es real —replicó ella, con la voz cortante—. Tú eres solo un producto de mi mente.
—¡No soy un producto de tu imaginación! —gritó, y el sonido reverberó en la habitación, haciendo que retrocediera.
—¡No es justo lo que me estás haciendo! —gritó ella, mientras las manos le temblaban—. ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué quieres?!
—No voy a ser ignorado —dijo él, y por primera vez su voz parecía llenar cada rincón de la casa, incluso donde no podía verlo nadie más.
Salió al cementerio, no se quedaría allí discutiendo con nada ni nadie.
El sol se levantaba con la amabilidad de las diez de la mañana. Empezó a limpiar las tumbas, tomando agua y paños, quitando hojas secas y polvo de las lápidas. Cyan la seguía, y aunque nadie más podía verlo, su presencia se sentía en cada movimiento.
—¡Qué descuidado todo! —murmuró, su voz dentro de su cabeza y al mismo tiempo afuera, burlona—. ¿Así quieres que las almas estén contentas?
Athenas apretó los dientes, ignorándolo, pero su mano se detuvo un instante, temblando sobre la piedra fría. Cada vez que inclinaba la cabeza para limpiar una inscripción, sentía que él inclinaba la suya.
Se dirigió a la zona de cremación, recogiendo flores muertas y limpiando los nichos que se alzaban como baúles de mármol blanco. Cyan frunció la nariz y comentó:
—Huele horrible… ¿Por qué los creman si igual los van a tener encerrados?
Ignorando su presencia, se fue con Mérida para revisar el estado de las flores en los distintos sectores del cementerio.
—Las rosas siguen marchitándose —dijo Mérida, apesadumbrada.
—Esa mujer solo se queja —intervino Cyan, con esa voz que parecía vibrar dentro de la cabeza de Athenas—. Es un fastidio.
La sombra de este parecía moverse con ella, siempre en el borde de la visión, siempre más cercana de lo que debería. A veces parecía incluso tocarla.
Siguió colocando rosas rojas en tumbas vacías, ahora más que nunca le urgía hablar con la muerte.
Cuando el sol se empezó a despedir y el cementerio se llenaba de sombras alargadas, su presencia seguía allí, acosándola.
—Te mueves demasiado lento —susurró.
Athenas apretó los dientes, quería responderle algo, pero no le daría el gusto de llevarla a la locura.
—Ignorarme solo me enfurece más —respondió él.
La jornada había acabado, pero algo le decía que la presencia no se iría tan fácil.
Cierra de un portazo la puerta y se instala en la sala.
Cyan estaba allí de brazos cruzados.
—Tu trabajo es un asco, deberías decirles a tus padres que se busquen a otra criada.
Ella lo mira fijamente pare decidir que no caería en su juego y se marcha al baño a lavarse la cara.
—Siempre fingiendo fortaleza —susurró, caminando en círculo a su alrededor—. Incluso ahora, cuando sabes que algo no encaja.
Sin decir una palabra se va hasta la cocina a prepararse un café y algo de comer.
Él se detuvo a su costado.
—Yo estaba antes —dijo, y su voz ya no era solo voz—. Antes de que dudaras.
A su costado había un espejo alargado, el reflejo de Cyan se veía borroso algo que la lleno de miedo, y obligó a bajar la cabeza. No creía que su imaginación fuera tan profunda para inventar esos detalles.
—No puedes escapar de mí.
Escuchar eso la llevó a entender que tal vez era cierto. Una lagrima corrió por su mejilla.
—Yo solo quería ser normal — se dijo a ella misma.
—¿Para que quieres ser normal? Los normales son aburridos.
Otra lagrima se asomó.
—No quería estar loca, no quería depender de medicamentos, no quería que me lastimaran. No quería esto
Entonces pasó.
La presencia de Cyan se tensó. Lo sintió, alzó la mirada para verlo con un sobresalto instintivo, animal. Sus ojos se desviaron por encima del hombro de Athenas. El aire cambió, se volvió áspero.
—No —susurró él.
Antes de que ella pudiera girarse, Cyan se apartó de un salto. Su forma se deshilachó, como humo empujado por un golpe invisible.
—¿Qué…? —alcanzó a decir Athenas.
—No —dijo, con una urgencia que no había usado antes— todavía no.
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Editado: 22.02.2026