La Tumba Sin Nombre

42

Había pasado toda la semana con el cuerpo en guardia, esperando que la presencia regresara. Cada crujido de la casa, cada sombra mal puesta la hacía contener el aliento. Pero no pasó nada. El silencio se volvió una costumbre inquietante.

Sentada en el borde de la cama, en la casa de su tía Francia, se preguntaba una y otra vez qué había sido aquello. No el miedo en sí, sino la reacción de la presencia, ese pánico desnudo que no parecía fingido. Cerró los ojos. Pensó en el otro. En el real.

Y entendió la excusa antes de terminar de formularla.

Estaba allí solo para verlo.

Fue hasta su departamento con el corazón desbocado. Tocó la puerta. Cuando se abrió, ahí estaba él. Camiseta oscura, pantalón negro, el cabello un poco revuelto.

Athenas sintió el calor subirle al rostro. Cyan lo notó de inmediato y sonrió.

—También te ves bien —dijo, riéndose suave.

Ella entró todavía con esa torpeza dulce que aparece cuando uno no sabe dónde poner las manos. Le tendió la bolsa.

—Mi tía te manda esto.

Cyan abrió los ojos con una sorpresa genuina.

—¿Torta de chocolate? —sonrió más amplio.

Fue a preparar café mientras ella tomaba asiento en el comedor. Observó el departamento con más atención que la primera vez. Ya no se sentía vacío. Había cuadros de Irlanda en las paredes, verdes intensos, cielos abiertos. Un televisor encendido en silencio. Una mesa de centro frente al sofá. Detalles que decían permanencia.

Él regresó con tazas y platos, se sentó frente a ella. Ese Cyan se sentía distinto. Sereno. Cálido. Presente.

El silencio entre ellos no era incómodo. Saca una vela de su bolsillo y la pone en la torta

—Feliz cumpleaños — le da una sonrisa y la prende.

Ella desvía la mirada. No tenía ánimos de celebrar, fue a casa de su tía escapando de las llamadas y de su familia.

—¿Cómo lo sabías?

—Tu tía me lo dijo hace unos días, al parecer te querían hacer una fiesta, pero no quisiste, ¿me dices por qué? —preguntó, removiendo el café con lentitud.

Ella veía la llama ondeando con la ligera brisa que entraba al departamento, suspiró — estoy cumpliendo 28 años, no me gusta ese número, no he hecho nada con mi vida.

—Ya veo, ¿Qué cosas pretendías haber hecho?

—Pues, no sé manejar un carro, tampoco bicicleta, no sé nadar, nunca he acampado y tampoco he viajado al exterior.

Cyan la mira con paciencia.

—Veintiocho no es tarde, Athenas. Es el momento en que dejas de correr por aplausos y empiezas a caminar por decisión. Si sientes que no has hecho nada, tal vez lo que has hecho no se ve… pero te sostuvo. Sobrevivir también cuenta. Cambiar también cuenta. No necesitas una vida impresionante. Necesitas una vida que te pertenezca.

Ella lo miró, sorprendida por lo preciso del comentario.

—Eso es bonito — dijo analizando — pero me gustaría hacer más.

—Entonces hazlo, ¿Qué es lo primero que quieres hacer de tu lista?

—Me gustaría acampar sola y ver las estrellas, en un lugar diferente al cementerio.

—No aplaces lo que amas —dijo con calma— hazlo.

Athenas frunció el ceño.

—¿Y si no resulta? ¿Y si no me gusta?

Él sonrió apenas.

—Entonces no te gusta —respondió—. Y ya está.

Ella alzó la vista, confundida.

—No debes tener miedo —continuó—. Vivir lo que quieres vivir no garantiza que sea perfecto. Solo garantiza que sea tuyo. Incluso si después decides soltarlo.

Las palabras se le acomodaron en el pecho, pesadas y claras.

—¿Y si me equivoco? —susurró.

—Equivocarse también es vivir —dijo.

—Hablas como alguien que ya perdió algo importante —dijo ella, casi sin pensarlo.

—Tal vez —respondió—. Por eso no quiero que tú pierdas tiempo.

—Recuerdo la primera vez que te vi —dijo Athenas, con timidez—. Estabas poniendo rosas rojas. Me pareciste… reconfortante.

Él sostuvo la taza entre las manos, pensativo.

—La primera vez que yo te vi —respondió— pensé que eras una mujer extremadamente amable. Se notaba en tu sonrisa. En cómo mirabas a los demás. Eras empática. Y ahora que te conozco, no me queda duda. Te preocupas por las personas que amas. Y me alegra que ellos se preocupen también por ti.

Athenas bajó la mirada, conmovida.

—Gracias.

Hubo un silencio cómodo. Y Cyan la invitó con al mano a soplar la vela. Ella finalmente lo hizo, a la final celebrar o no, tampoco cambiaria su edad.

Le extiende a ella un plato.

—Pero, si tal vez, solo tal vez, no quieres acampar sola. Me gustaría acompañarte.

Ella mordió un poco de torta antes de responder.




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