La Tumba Sin Nombre

43

La noche se les fue sin darse cuenta.

Primero fueron las cartas. Luego el monopolio, con Cyan jurando que no hacía trampa y Athenas acusándolo con risas cada vez tenía más dinero. Después, él tomó la guitarra y le tocó algunas canciones que había compuesto. Melodías íntimas, sin alardes, como si no estuvieran hechas para escenarios sino para habitaciones silenciosas.

Le habló de chicas interesantes con las que había salido. Historias sin rencor, sin nostalgia pesada. Ella escuchó con atención genuina, sin celos, sin prisas. Luego le contó su próximo paso.

—Quiero ser profesor de tiempo completo —dijo—. Pero en una universidad de música.

A Athenas le pareció hermoso. No grandioso, no ambicioso en exceso. Hermoso. Como alguien que había encontrado una forma honesta de quedarse.

Terminaron acostados en el piso de un cuarto vacío, sin cama. Solo una manta extendida, la ventana abierta dejando entrar la brisa nocturna. El aire olía a ciudad dormida y a algo nuevo.

Athenas se recostó boca arriba y miró el techo.

Fue extraño hacerlo y no ver a K.

El pensamiento apareció tarde, sin dramatismo. Se dio cuenta de que no había pasado por su mente en todo el día.

Giró un poco la cabeza. Cyan estaba a su lado, leyendo un libro. La luz tenue dibujaba sombras suaves en su rostro.

Él levantó la vista y le sonrió.

—Te ves cómoda aquí —dijo Cyan, en voz baja—. Como si el piso fuera tu lugar favorito.

Athenas sonrió, mirando el techo.

—Es porque no estoy pensando en nada importante.

—Eso es raro en ti.

—Lo sé —giró un poco el rostro hacia él—. Por eso me gusta, ¿qué estás leyendo?

Cyan rió por lo bajo.

—Es un libro que amo. Se llama Seda de Alessandro Baricco. Lo he leído cientos de veces y no me cansa.

Athenas pensó un momento.

—No creo que haya un libro que me atrape así —dijo—. Pero sí hay un anime que me gusta mucho. A veces, cuando estoy triste, pongo un capítulo y… me devuelve el ánimo.

Él cerró el libro un poco, interesado.

—¿Por qué te gusta tanto?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé. El mensaje de nunca rendirse, sin importar la adversidad, me parece bonito.

Cyan asintió despacio.

—Lo es —dijo—. Aunque no deja de ser fantasía. Al final, rendirse no siempre es algo malo.

Athenas giró el rostro hacia él, con una seriedad tranquila.

—No es lo mismo rendirse que retirarse.

Cyan la miró, sorprendido.

La brisa movió la cortina.

Cerró el libro con cuidado, como si no quisiera interrumpir del todo ese momento suspendido. Giró apenas hacia ella. No hubo prisa. Solo una cercanía que se fue volviendo inevitable.

—Tienes razón —dijo en voz baja—. Retirarse también es elegir.

Athenas no respondió. Lo miró. En sus ojos no había urgencia, solo una calma cargada de intención. Él levantó una mano y rozó su mejilla, primero con duda, luego con decisión. El contacto fue tibio.

El beso llegó así. Suave. Breve. Como una pregunta.

Ella no se apartó.

El segundo beso fue más lento, más profundo. No había torpeza, tampoco ansiedad. Solo ese reconocimiento silencioso de dos personas que estaban exactamente donde querían estar.

Athenas apoyó la frente en la de él. Sus respiraciones se mezclaron.

Cyan sonrió apenas, como si también sintiera ese cambio invisible.

—¿Estás bien? —preguntó, con cuidado.

Ella asintió, sin palabras.

El calor subió despacio, no como un incendio, sino como una llama que se aprende a cuidar. La recostó con cuidado sobre la manta, como si el gesto también fuera una pregunta. Siguió besándola despacio, sin perder ese ritmo paciente que parecía hecho a propósito. El mundo se redujo a respiraciones cercanas y al roce tibio de la piel.

—Espera —murmuró ella, con una sonrisa que traicionaba el pulso acelerado—. ¿Tienes protección?

Él se detuvo lo justo para mirarla, divertido.

—No es un barrio peligroso —dijo con solemnidad fingida—, pero tengo un cuchillo en la cocina.

Athenas soltó una risa breve y le dio un pequeño empujón en el pecho.

—Sabes perfectamente de qué hablo.

—Dime —añadió—, ¿cuándo fue la última vez que solo besaste a alguien porque sí? Sin nada más detrás.

Athenas parpadeó, sorprendida por la pregunta.

—Nunca.

—Entonces —dijo en voz baja—, será tu primera vez.

Ella arqueó una ceja, juguetona.

—¿Y si te calientas? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer?




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