Caminaba junto al doctor por un pasillo amplio y luminoso. La luz no caía en franjas frías, sino que se deslizaba tibia por el suelo encerado, como si el edificio respirara despacio. No había ese silencio rígido de hospital que cruje en los oídos. Aquí el sonido era distinto: pasos suaves, una risa lejana, el murmullo discreto de una televisión encendida en alguna parte.
—Aquí intentamos que el entorno no sea hostil —dijo el doctor, notando su mirada—. Para algunos pacientes, el espacio es parte del tratamiento.
Athenas asintió, aunque el nudo en su estómago no cedía.
Las paredes no estaban desnudas. Había cuadros con hermosos paisajes en marcos de madera claros. En las ventanas había maceteros de plantas verdes, bien cuidadas.
Athenas apretó un poco los dedos.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Diez años —respondió—. Se llama Raquel.
Diez años. La cifra cayó pesada.
Siguieron caminando hasta una habitación llena de sillones no eran metálicos ni severos. Eran mullidos, casi hogareños, tapizados en telas cálidas que invitaban a sentarse y quedarse un rato más.
En teoría era un hospital.
En la práctica, se sentía como una casa grande con demasiados pasillos y demasiadas puertas cerradas.
—La chica cometió un delito —continuó él, con un tono sereno, sin dramatismo—. Y tristemente, eso no se puede borrar. Haya habido intención o no, no se puede devolver la vida a alguien. Por eso, incluso con su condición, debe pagar.
—Su madre murió hace cinco años, por una enfermedad —añadió—. Ella no lo sabe.
Athenas se detuvo un segundo.
—¿No lo sabe?
—No —dijo él—. Cree que le prohíben las visitas. Su padre… —hizo una pausa breve— su padre se hace pasar por la madre para enviarle mensajes, regalos, cosas pequeñas. Piensa que decirle la verdad sería peor para su condición.
Athenas sintió un pinchazo incómodo en el pecho.
—Ella necesita concentrarse en su recuperación —admitió el doctor—. Por eso quería que lo vieras tú misma.
Reanudaron el paso.
—Raquel tiene un comportamiento casi normal —continuó—. Nunca he visto nada abiertamente extraño en sus terapias. No creo que sea tan buena mintiendo —añadió—. Incluso bajo tratamiento, los síntomas suelen salir a flote. Algo siempre se filtra.
Se detuvo frente a una puerta abierta.
—Le dije que venías a conocerla —dijo— Quiero que la veas sin ideas previas —dijo—. Y que confíes en lo que percibas.
Athenas respiró hondo. Asintió.
Entraron a lo que parecía un acogedor jardín interno, bañado por una luz suave, filtrada por árboles jóvenes y enredaderas cuidadas. En medio, sentada en una banca de piedra, había una chica.
Su cabello castaño oscuro estaba recogido por una cola baja. Los ojos cafés se alzaron hacia ellos con una sonrisa tranquila, casi amable. Vestía ropa sencilla, una camisa clara y un pantalón sin pretensiones. Su piel era pálida, como la de alguien que no dormía del todo bien, algo que se delataba en las ojeras suaves bajo sus ojos.
—Raquel —dijo el doctor con naturalidad—. Ella es Athenas.
—Hola —respondió la muchacha—. Es un placer.
Se levantó y, con un gesto educado, invitó a Athenas a sentarse frente a ella. Athenas obedeció, todavía midiendo el lugar, la calma, la normalidad inquietante.
—Las voy a dejar solas —anunció el doctor, alejándose por el sendero sin mirar atrás.
Por un momento, no supo qué decir.
Raquel fue quien rompió el silencio.
—¿Es tu primera vez aquí?
—Sí —respondió Athenas.
—¿Y por qué empezaste las terapias con el doctor? —preguntó con curiosidad genuina.
Athenas dudó un segundo.
—Mis padres me llevaron cuando tenía catorce años. Me hice… un novio imaginario. Supongo que llegó a un punto que les pareció preocupante.
Raquel soltó una risa ligera.
—Muchas mujeres tienen novios imaginarios —dijo—. Al menos al inicio. Los reales suelen ser un poco difíciles de lidiar.
—Ni que lo digas —respondió Athenas, sonriendo sin darse cuenta.
Raquel ladeó la cabeza.
—¿Y Verónica?
Athenas se sorprendió.
—Bien, ella ya tiene novio y busca cada día cumplir tu rutina, ¿el doctor habla de otros pacientes contigo?
—Sí —respondió ella con naturalidad—. Conversa de todo un poco. Supongo que para medir mi interés en la realidad.
Athenas asintió lentamente.
—¿Cómo es un día aquí? —preguntó.
—Estable —dijo Raquel—. Pero aburrido. Tenemos rutinas obligatorias: cocinar, limpiar. Puedo pintar, tocar algún instrumento, tomar clases en línea.
—¿Qué estudias?
—Diseño gráfico. El próximo año, si paso algunas evaluaciones, decidirán si puedo trabajar a distancia. Desde aquí.
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Editado: 22.02.2026