La Tumba Sin Nombre

46

Mientras hablaban volvió el doctor.

—Lo siento chicas, pero se acabó el tiempo.

—Si

Ambas se ponen de pie. Raquel le da un abrazo.

—Hablaremos por internet —le prometió, casi como un pacto.

Raquel asintió, aferrándose a esa frase como a un hilo firme.

El doctor y ella empezaron a caminar en dirección a la salida.

El jardín quedó atrás y el sonido de las hojas bajo sus pasos marcó el regreso a los pasillos. El doctor caminaba a su lado, las manos en los bolsillos, el gesto cuidadosamente neutro. Athenas se detuvo de pronto.

—Doctor… ¿por qué me llevó a ver a su hija?

Él la miró, sorprendido, y luego soltó una risa baja, cansada.

—¿Tan obvio fue?

—Se parecen mucho —respondió ella— fisicamente.

—¿Irónico no? Un psicólogo con una hija encerrada en un hospital de salud mental es casi poesía.

—Lo es, pero también, creo que usted tiene la culpa.

—¿Por qué?

—¿Nunca vio a Alfredo?

El respiró.

—Lo que vemos, no siempre es lo que está allí.

—¿Por qué le dijeron que no veían nada?

—No sabíamos lo que estábamos viendo. Lo que veíamos, no era igual a lo que Raquel describía, ella describía a un hombre con ciertos rasgos, nosotros veíamos a una sombra.

—Pero pudieron decirle eso.

El doctor suspiró, como quien ha tenido esa conversación demasiadas veces, incluso consigo mismo.

—Eso alentaría su condición.

Athenas negó con calma.

—Tal vez hay cosas que usted no entiende. No porque no sea capaz, sino porque no están en un plano que se deje explicar tan fácilmente.

Lo miró de frente—. Si prestara más atención, no con ojos de diagnosticar, sino con ojos de entender… quizá admitiría que no todo en el mundo puede ser reducido a una explicación.

Él apretó la mandíbula.

—Raquel mató a una persona. Existen crisis repentinas, estados disociativos. Nada de eso justifica un delito.

—No busco justificarlo —dijo Athenas con firmeza—. No quiero un mundo donde cualquiera mate diciendo que un espíritu tomó su cuerpo.

Bajó un poco la voz—. Pero si ella no recibe otro tipo de ayuda, su condena no termina aquí. Será prisionera incluso si algún día cruza esa puerta como una mujer libre.

El doctor no respondió. Su silencio pesaba más que una discusión.

Athenas dio un paso al frente y lo abrazó. No fue un gesto largo ni teatral. Fue humano. Breve. Necesario.

—Debo irme —dijo al separarse—. Gracias por confiarme algo tan importante.

Ella se alejó por el pasillo, dejando atrás al doctor, que se quedó quieto, con la mirada perdida.

Cruzó la reja del lugar y el aire de afuera le supo distinto. No había avanzado ni diez pasos cuando escuchó su nombre.

—Sabía que te encontraría por aquí.

Verónica estaba apoyada contra un árbol, con esa postura relajada de quien observa todo sin parecer hacerlo. Llevaba una carpeta bajo el brazo.

—El doctor me dijo que te había traído a conocer a Raquel.

Se veía diferente, descansada, su ropa era más colorida, y su cabello estaba arreglado —¿Estas maquillada? — Le pregunta sonriente.

—Si — dice con normalidad.

Ella se alegró de verla cuidando más de sí misma —¿Vienes seguido? —preguntó Athenas.

—A veces ayudo con algunas actividades. Por petición del doctor.

Hizo una pausa teatral—. Creo que nos está encerrando poco a poco aquí dentro.

Ambas rieron. No con nerviosismo, sino con esa complicidad que nace cuando el mundo parece un poco absurdo.

—Vamos por algo —propuso Verónica.

La cafetería estaba a dos cuadras. Un lugar pequeño, mesas de madera, olor a café recién molido que parecía abrazar a quien entraba. Se sentaron junto a la ventana. Afuera, la ciudad seguía como si nada.

Athenas giró la taza entre sus manos.

—¿Has hablado con Raquel?

Verónica asintió.

—Claro. Está enamorada de un fantasma.

Se encogió de hombros—. Suena romántico hasta que recuerdas que ese fantasma la usó para vengarse de uno de sus asesinos.

Athenas sostuvo su mirada.

—¿Le crees?

—Sí —respondió sin titubear—. No tiene la misma condición que nosotras.

—¿Cómo lo sabes?

Verónica dio un sorbo a su café. Pensó antes de hablar.

Se inclinó un poco hacia adelante—. Incluso si todo fue producto de su mente, fue algo que la desbordó. No es lo mismo que convivir con algo desde siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.