El día parecía recién estrenado. El cielo limpio, el verde intenso, el aire cargado de ese perfume a sal y hojas que solo existe cuando el bosque decide besar la playa
La reserva era amplia, generosa. Arena clara de un lado, árboles altos del otro, como si el mundo no lograra decidir si quería ser mar o tierra y hubiera optado por ser ambos.
Llevaban un buen rato caminando cuando, de pronto, Daniel se dejó caer dramáticamente sobre una roca.
—Verónica… esto es una pésima idea para pasar el día libre.
Ella soltó una carcajada.
—Eres un poco delicado.
Daniel, alto y delgado, con el cabello rizado castaño claro pegado a la frente por el sudor, miró al cielo como si estuviera negociando con él.
—Odio el calor. Y odio los zancudos. Y en este momento tenemos una convención internacional de ambos.
Cyan le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
—Respira. Vamos a la playa, más abajo. Descansamos, comemos algo. La brisa hará el trabajo que tu dignidad no está haciendo.
Daniel aceptó sin discutir más.
Cuando llegaron, la vista les robó el aliento. El mar se movía con calma, brillante bajo el sol. Las chicas no esperaron permiso. Se metieron al agua con un grito ahogado cuando la primera ola fría les golpeó las piernas.
—¡Está helada! —rió Athenas.
—¡Eso la hace perfecta! —respondió Verónica, lanzándole agua.
Jugaron con una pelota improvisada, chapotearon sin elegancia, como si la adultez fuera una prenda que habían dejado doblada en la orilla.
Luego se sentaron en la arena, con el cabello húmedo y la piel salpicada de sal.
Daniel comenzó:
—El otro día llegaron unos clientes al local. Se sentaron. Pasaron horas mirando el menú. Horas. Preguntaban por cada ingrediente como si estuvieran descifrando un tratado filosófico.
—¿Y qué pidieron? —preguntó Verónica.
—Agua… y una pizza.
Todos lo miraron.
—En el local no vendemos pizza —aclaró Daniel, indignado.
Verónica suspiró.
—Es lamentable. Pero no da risa.
—Necesitaba hacer catarsis.
Eso sí les dio risa.
Athenas miró a Cyan.
—¿Y tú? ¿Alguna anécdota laboral extraña?
Cyan se acomodó sobre la arena.
—La más rara… fue con una banda que quería una canción sobre el calentamiento global. Querían concientizar a la humanidad. Me pareció hermoso. Investigué, trabajé, compuse algo con peso, con imágenes del planeta ardiendo, mares subiendo, hielo quebrándose.
Hizo una pausa teatral.
—Se las llevé. Se quedaron mirándome. Y me preguntaron: ¿qué es esto?
Daniel ya empezaba a sospechar.
—Les dije que era la canción sobre el calentamiento global.
—¿Y? —preguntó Verónica.
—Me dijeron: ¿y por qué habla del planeta?
Athenas parpadeó.
—Porque… —dijo Cyan— es un fenómeno que afecta al planeta.
—Ellos pensaban que “calentamiento global” era cuando la gente veía masivamente pornografía.
Hubo un segundo de silencio.
Luego estallaron en carcajadas.
—Ese día —continuó Cyan, limpiándose una lágrima de risa— entendí que el problema no es el acceso a la información. Es la interpretación creativa.
—¿Tuviste que escribir otra canción? —preguntó Athenas.
—Sí. Mucho menos poética.
Ella lo miró con una sonrisa que se le escapó sola.
—Necesito escuchar la segunda.
Cyan la sostuvo la mirada, con esa chispa suave que no hacía ruido, pero iluminaba.
—La tocaré esta noche. Pero bajo protesta artística.
El mar seguía moviéndose detrás de ellos. Daniel ya no se quejaba. Verónica parecía más ligera que en días. Athenas sintió algo extraño en el pecho.
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Editado: 22.02.2026