La Tumba Sin Nombre

48

La noche cayó espesa y húmeda. Armaron la carpa en la zona del bosque, bajo árboles que parecían inclinarse para escuchar. El cielo estaba completamente nublado y, cuando empezó a llover, el sonido sobre la lona fue un tambor suave, constante, casi hipnótico.

La carpa era enorme. Entraban los cuatro sin rozarse demasiado, aunque el aire compartido tenía algo íntimo. Afuera, la lluvia. Adentro, linternas bajas y olor a tierra mojada.

—¿Saben cuentos de terror? —preguntó Verónica, acomodándose en su saco de dormir.

—Mi vida —respondió Athenas.

Verónica soltó una risa breve.

Daniel resopló.

—No creo en esas cosas… pero una vez me pasó algo raro.

Los tres giraron hacia él al mismo tiempo.

—Cuenta.

Daniel se aclaró la garganta.

—Estaba alquilando una habitación en un departamento construido encima de la casa de los dueños. La otra habitación era del sobrino de ellos. Todo normal. Un día llegué, cociné, hice lo de siempre. Me fui a mi cuarto, me acosté y empecé a ver el celular.

La lluvia golpeaba la carpa con más fuerza.

—De pronto escucho que abren la puerta del departamento. Era de hierro, pesada, siempre sonaba. Oí pasos. Luego la puerta de la otra habitación. Encendieron la luz. Se asomaron por la ventana.

Athenas frunció el ceño.

—¿Lo viste?

—Sí. Era el chico. Me saludó desde la ventana. Yo le pregunté qué hacía asomado. Las ventanas daban al patio interno de la casa de sus tíos. Él dijo que en su habitación no entraba señal.

Cyan asintió.

—Eso es común.

—Sí, allí la señal era malísima —continuó Daniel—. Después cerró la ventana, apagó la luz… y no escuché que saliera.

La lluvia bajó un poco, como si también estuviera escuchando.

—Seguí en el celular. Veinte minutos después, escucho la puerta de la casa de los dueños abrirse abajo. Escucho su voz saludando a sus tíos. Como si recién llegara.

El silencio en la carpa se volvió más denso que el aire húmedo.

—Cuando subió le pregunté si acababa de llegar. Me dijo que sí.

Verónica tragó saliva.

—¿Y?

—Nunca dije nada. Tiempo después, cuando ya tenía más confianza con los dueños, me contaron que antes alquilaban ese departamento a personas que practicaban rituales raros. Los sacaron cuando descubrieron que estaban matando animales.

El bosque crujió afuera. Quizá solo el viento. Quizá.

Daniel miró a los otros.

—¿Ustedes creen en maldiciones?

Cyan no dudó.

—Sí.

Athenas giró hacia él.

—¿Cómo?

Cyan mantuvo la mirada fija en la tela de la carpa, donde la lluvia dibujaba mapas invisibles.

—Porque existen cosas que no necesitan explicación para ser reales. Hay supersticiones, claro. Pero también hay maldiciones. Son más comunes de lo que creemos.

Daniel se acomodó incómodo.

—¿Y cómo explicas que ese… lo que sea… tomara la forma del chico?

Cyan habló con calma inquietante.

—Los espíritus pueden tomar la forma que quieran… siempre que la persona esté viva.

Athenas sintió un frío que no venía de la lluvia.

—¿Y si está muerta?

—Entonces no pueden usar esa forma.

El sonido de la lluvia se hizo más fuerte por un instante, como un aplauso oscuro.

La lluvia seguía golpeando la carpa, pero Athenas ya no escuchaba el sonido. Solo la idea.

Si los espíritus solo pueden tomar la forma de alguien que está vivo…

Entonces el otro Cyan podía hacerlo porque el real estaba vivo.

Eso le dio un alivio breve. Cyan respiraba. Reía. Existía.

Pero el alivio se rompió enseguida.

Si solo era una imitación… ¿qué eran esas sombras que a veces veía en él? No detrás. No alrededor.

En él. Y la manera en que sus ojos se ocurrencia de pronto.

Cyan comió una papita y le dio una sonrisa, esta se la devuelve.

Cuando estuvieron cansados, decidieron que era hora de dormir.

Estaban descansando cuando un trueno partió el cielo.

La carpa vibró. Verónica soltó un pequeño grito. Daniel se incorporó medio dormido. Athenas se sobresaltó más de lo que quiso admitir y, por reflejo, buscó con la mano algo sólido.

Cyan sujeta la mano de Athenas en medio de la oscuridad

—Tranquila —murmuró —. Estoy aquí.

Ella lo miró espantada.

—¿Sabes pelear?

—No especialmente.




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