Athenas decidió que ya no iba a posponer nada. Si el miedo quería sentarse a su mesa, tendría que pagar alquiler.
Se inscribió en clases de manejo.
Su padre había intentado enseñarle una vez. Terminó pálido y buscando un nicho en el cementerio.
La academia olía a café recalentado. Athenas ya había pagado en línea y esperaba su turno cuando vio un rostro conocido entrar por la puerta.
La vecina de Emily.
No parecía la mujer triste que dejaba flores en silencio.
En el cementerio siempre la había visto envuelta en abrigos oscuros, el rostro pálido como si viviera bajo una nube privada. Aquí, en cambio, llevaba pantalones ajustados color claro y una camiseta blanca con el logo azul de la academia estampado en el pecho. El cabello recogido en una coleta alta, gafas oscuras apoyadas sobre la cabeza, pasos firmes. Moderna. Ligera. Distinta.
Parecía alguien que sabía exactamente hacia dónde iba.
Se puso de pie casi por reflejo.
—Qué coincidencia —dijo la mujer, sonriendo con amabilidad tranquila.
Athenas no estaba segura de sí confiase su vida a esa señora que siempre parecía ligeramente distraída, como si estuviera pensando en otra cosa mientras hablaba. Pero se dejó llevar.
El auto era sencillo. Perfecto para aprender. Marta, así se presentó, ajustó el asiento con movimientos seguros.
—¿Desde cuándo es instructora? —preguntó Athenas mientras se colocaba el cinturón.
—Desde hace muchos años. De hecho, la academia es mía.
Eso la sorprendió.
La clase fluyó mejor de lo que esperaba. Athenas aprendía rápido. Coordinaba. Observaba.
—Cuando no se tiene miedo, todo viene con facilidad —dijo Marta—. Pero la clave es practicar.
—Siempre quise aprender —admitió Athenas—. Pero soy muy nerviosa. Lo heredé de mi padre.
Marta la miró de reojo.
—Curioso. Trabajan en un cementerio… y son nerviosos.
Athenas soltó una pequeña risa.
—No sabría explicarlo.
Hubo un silencio cómodo. Luego Marta mencionó a Emily sin dramatismo.
—¿Cómo estás después de su muerte?
—Bien —respondió Athenas—. Siempre sentí pena por ella.
Marta asintió.
—Era gruñona. Inestable. No le gustaba estar sola… pero alejaba a todos.
La clase terminó. Athenas bajó del auto con una mezcla de orgullo y alivio.
—Si sigues así —dijo Marta—, en un mes tendrás tu licencia.
Luego añadió:
—Te llevo a casa.
En el trayecto, mientras el tráfico avanzaba lento, Marta habló como si recordara algo pendiente.
—Debo ir a la universidad.
Athenas frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Emily no tenía familia cercana. Yo era su contacto de emergencia. El seguro llamó. Van a entregarme lo que quedaba de su pensión profesional.
Athenas giró hacia ella.
—¿Profesional? ¿A qué se dedicaba?
Marta pareció sorprendida.
—¿No lo sabías? Era profesora de Derecho romano.
El mundo se quedó sin sonido por un segundo.
Derecho romano.
Imperio romano.
Cleopatra.
Julio César.
Athenas sintió que algo encajaba dentro de su mente con un clic limpio.
La última pieza.
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Editado: 22.02.2026