Volvió a casa con la cabeza convertida en un rompecabezas que ya casi encajaba.
Se dejó caer en la silla frente a la computadora.
Emily.
Emily tomando la forma de Cyan. No el verdadero. No el hombre de carne y torpeza. El otro. El que aparecía cuando la realidad se afinaba demasiado. El que sonreía distinto. El que tenía sombras donde no debía haberlas.
Corrió a buscar casos similares. Suplantaciones espectrales. Apariciones persistentes. Entidades que adoptan rostros conocidos.
Nada.
Silencio digital.
Se quedó mirando la pantalla como si fuera a confesarle algo.
Emily aquel día había escapado de una silueta femenina que no se dejó ver. Después, no volvió a saberse nada de ella. Y luego, Cyan aparecía como una fantasía que ella no podía controlar.
Esa noche regresó al cementerio a la misma hora exacta en que la había visto por primera vez. El aire tenía esa quietud que precede a los secretos. Caminó hasta la tumba de Emily y dejó unos geranios azules sobre la lápida.
—Lamento tu incapacidad para morir —susurró—. Pero no es mi culpa.
Una brisa fría le rozó el rostro. No huyó. No esta vez.
Sintió otra brisa, esta vez en el cuello.
Se giró.
Allí estaba.
Emily como la conoció la primera vez. Su piel pálida, el cabello negro argo, el vestido gris antiguo.
La mirada clavada en ella con una frustración sin nombre.
—Ahora lo sé —dijo Athenas, sosteniéndole la mirada—. Tú eres Cyan, él que solo esta en mi mente.
Emily no respondió de inmediato. Solo la observó.
—Querías quedarte con mi cuerpo, creando fantasías que pensabas que podrían retenerme, pero no puedes vivir a través de mí.
—¿Qué más te da? — Expresa por fin — No es como si estuvieras viviendo mucho.
Ella entendió lo que decía
—Sé que a veces no quiero enfrentar mi realidad, es más fácil dormir e irme a un mundo de fantasía donde lo que me duele no existe, pero eso no significa que no quiera vivir o que merezca lo que me estabas haciendo.
De pronto las sombras se dejaron ver, ya no como parte de ella, si no en ella. Emily era una figura que luchaba contra la oscuridad, aquella que la reclamaba, ahora más que nunca.
Una pausa.
—¿Por qué me ayudaste con Osvaldo?
Pregunta confundida.
—Mi primer esposo fue un estafador —dijo finalmente, con voz baja y firme—. Se fue con otra mujer. Me dejó sin nada. Con sus deudas. Supuse que no sería justo que otro igual se saliera con la suya.
—¿Tu primer esposo?
—Me casé cinco veces. Cada una peor que otra, a la final nunca supe si no sabía elegir o los hombres son idiotas.
El viento movió los geranios.
Athenas tragó saliva.
—Lo siento. De verdad. Tal vez no viviste la vida que querías. Pero tienes que aceptar que terminó.
Los ojos de Emily brillaron con algo que no era rabia. Era hambre de tiempo.
—No entiendes —respondió—. Hay demasiadas cosas que no hice. Siempre creemos que tenemos todo el tiempo del mundo. Pero es lo único que no tenemos. No nos pertenece.
El silencio se volvió más denso.
—¿Qué querías hacer? —preguntó Athenas.
Emily dudó.
—Siempre soñé con bucear.
No era una confesión grandiosa, pero en su voz era un sueño sin cumplir.
Athenas la miró largo rato.
—Si te llevo a bucear… ¿te irías en paz?
Emily asintió.
Haría un trato con la mujer fantasma que quiso gobernar su cuerpo. ¿Qué podría salir mal?
#657 en Fantasía
#396 en Personajes sobrenaturales
#311 en Thriller
#129 en Misterio
Editado: 22.02.2026