La Tumba Sin Nombre

51

El mar estaba quieto. Demasiado quieto.

Antes de subir a la lancha, Athenas le puso la cuerda en la mano a Verónica.

—No puedo explicarte qué va a pasar. Pero si empiezo a decir incoherencias o a caminar hacia donde no debo… me amarras. Sin preguntas.

Verónica la miró como si evaluara si estaba bromeando. No lo estaba.

Guardó la cuerda en su mochila.

—Si te amarró, te voy a amarrar bonito.

Athenas sonrió apenas y avanzó hacia la orilla. Sabía que la única que la acompañaría y cedería sin preguntas era ella.

Emily ya estaba allí. No disfrazada. No con la piel prestada de Cyan.

Era ella. Serena. Transparente como el borde de una ola.

Extendió la mano.

—Creo que esta vez sé lo que te va a gustar. Ya que no tengo que fingir ser ese chico desagradable.

El agua las envolvió.

Y la fantasía no abrió con un palacio ni con una batalla.

Abrió con una puerta blanca.

La casa parecía haber sido diseñada por alguien que amaba dos mundos y decidió que no tenía por qué elegir.

Por fuera tenía un porche amplio y escalones de madera clara, con una mecedora que crujía suavemente cuando el viento la empujaba. Pero al cruzar la puerta, el espacio respiraba otra cadencia. Líneas limpias. Silencio intencional. Orden sin rigidez.

Los pisos de madera pulidos reflejaban la luz de las ventanas enormes que dejaban entrar la mañana como si fuera una invitada frecuente. No había cortinas pesadas, solo paneles ligeros que se corrían con un gesto suave. La casa olía a café recién hecho y a algo dulce horneándose.

En la sala, una mesa baja de madera oscura convivía con sillones amplios y cómodos. Sobre la mesa, un cuenco de cerámica con frutas y una tetera de hierro negro. En una esquina, una planta alta de girasol se inclinaba hacia la luz.

Las paredes eran un mapa de su libertad.

Viajes a Marruecos, Buenos Aires, Brasil, Venezuela, Italia, Perú.

Desde el jardín trasero podía verse, a lo lejos, la copa de los árboles del cementerio. No era una sombra sobre su casa. Era un recordatorio discreto.

Vivía cerca de lo que amaba.

Pero dentro de esas paredes, todo hablaba de elección. De movimiento. De futuro.

En esa fantasía, Athenas no era una versión exagerada de sí misma.

Era dueña de una agencia de viajes. La gente entraba con mapas en la mirada y salía con boletos en la mano.

La oficina quedaba a unas calles de su casa. Un local de fachada blanca con un letrero sencillo: “Athenas Viajes” en letras azul profundo. Nada ostentoso. Elegante. Seguro de sí mismo.

Al entrar, no había posters genéricos de playas imposibles. Había experiencias.

Una pared estaba cubierta de fotografías reales, muchas tomadas por ella. No imágenes perfectas, sino momentos: una señora riendo con un sombrero enorme en Sevilla, una pareja empapada bajo la lluvia en Irlanda, un chico solo en Machu Picchu con cara de “lo logré”.

También tenía una cafetería con Verónica. Tortas de chocolate húmedas, densas, generosas. Risas que no necesitaban permiso.

Manejaba su propio carro. Sin temblar.

Pagaba las cuentas de sus padres.

No pedía ayuda para existir.

Seguía viendo anime, pero no como refugio, sino como pasatiempo. Como quien disfruta algo sin esconderse detrás.

No había sombras pegadas a nadie.

No había ansiedad mordiéndole el estómago.

Emily la observaba desde la puerta de esa vida como quien muestra una casa en venta.

—No eres reina. No eres princesa. No eres sirvienta. Solo… tú.

Athenas giró sobre sí misma. Tocó la mesa. El volante. Las fotos.

Se rió.

—Es perfecta.

—Lo siento. Lamento lo que te hice, fue egoísta de mi parte.

—Si, lo fue, casi me vuelves loca. Pero hay algo que no entiendo, ¿Por qué Marta dijo que tu médico era Cyan?

—Al inicio yo podía alterar tu realidad. Marta no dijo Cyan, yo hice que tu mente escuchara eso, al igual que en el hospital. Pero al momento de empezar a conocer más al otro Cyan, quebrar tu realidad se me hizo difícil. En especial cuando tu amiga Verónica me escuchó.

—¿Qué fue lo que viste ese día cuando escapaste?

—Vi a La Vida, me indicó que ya no pertenencia a este mundo.

Ella meditó en eso y finalmente aceptó soltar esa situación.

—Te puedo perdonar, pero mataste a Leo, y eso no es justo.

Emily se extraña

—¿Quién es Leo? ¿Cómo que lo mate?

—Leo, el chico con el que salí. Lo mataste, hiciste que un carro lo atropellara.

Emily niega.




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